En
esta edición retomamos nuestro constante compromiso de lucha contra la
corrupción. Constante en los años que tenemos como medio comprometido con la
verdad latinoamericana y con una responsabilidad que va más allá que la de
muchos otros medios cuyo compromiso no es más
que con el poder.
La corrupción
es como
un manjar, apetecible por muchos, gula responsable de penurias sin igual para la
sociedad. Flagelo de una pequeña minoría que se aprovecha de la ignorancia de
los pueblos enriqueciendo sus bolsillos.
Hay sociedades
comprometidas con la ignorancia. Gobiernos comprometidos con el poder, que
mantienen intencionalmente a sus ciudadanos en total ignorancia en la
desinformación o sin información alguna, con el mero objetivo de mantener el
control que les otorga el poder, no solo político, sino económico y hasta moral.
Es como una
plaga epidémica, contagiosa, que destruye los pueblos y los mantiene en la
pobreza física y moral, con la dignidad constantemente atropellada. A veces
llega al punto de perder el más mínimo sentido de la realidad, de asumir como
normal cualquier atrocidad.
Nos preocupa
grandemente como afecta algunos países, en los que sus ciudadanos son formados
con valores frágiles, con esperanzas pocas, con compromisos superfluos, con
dinero y status como meta.
Captemos lo
que esta ocurriendo en Latinoamérica y el Caribe.
Mirando
nuestra región identificamos varios países en los que existe un gran paralelismo
con esta realidad. De repente nos preguntamos si de hecho es como un trapecio
de coyunturas mas allá de lo que conocemos. Son muchas las coincidencias y
hechos relacionados para mencionarlos.
Mirando en
retrospectiva y pensando en mi Cuba de ayer cuando contemplo al pueblo
venezolano y su inmensa lucha por la libertad y la verdadera democracia puedo
entender lo que para muchos no es tan obvio.
La lucha en
contra de la corrupción esta en manos de las mayorías. Son los marginados, los
pobres, los reprimidos que realmente tienen el poder para erradicar a los
corruptos de sus tronos. Pero a veces, es esta misma mayoría, el pueblo, la
que no sabe como expresar su rabia, la que no sabe si teme o si ama, la que no
sabe o puede dejar de ser esclava o servil.
Entonces
responde a las manos que cree amiga, entonces rechaza lo obvio. Y entonces
derrama erradamente su sangre y confunde su rol y su responsabilidad civil. En
Brasil, en Argentina, en Haití. En mi tierra de Cuba, en mi tierra Dominicana.
También en la tierra Venezolana.
Como dijo José Martí, “Con los pobres de esta tierra quiero yo mi suerte echar”
©
Sahnya
Shulterbrandt