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Análisis sin
desperdicio del premio Nobel de Economía acerca de Argentina, publicado en
Pagina 12 el 18/8 |
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Las consideraciones
aquí emitidas no necesariamente representan la opinión
de Revista INTER-FORUM y /o su Directiva.
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Por Horacio Verbitsky
Si la Argentina no cumple el 9 de setiembre
con los casi 3.000 millones de dólares que debe pagar al Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, esas
instituciones son la que estarán en problemas. Así se lo dirá pasado mañana al
ministro de Economía Roberto Lavagna el Premio Nobel de Economía, Joseph
Stiglitz, quien acaba de llegar a la Argentina para presentar su libro “El
malestar en la globalización”, un best seller mundial. Pero Stiglitz no es sólo
un académico interesado en la teoría económica. En la década pasada ocupó dos
cargos fundamentales, tanto desde el punto de vista técnico como del político.
Fue el economista jefe del Banco Mundial y el jefe de asesores económicos del ex
presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton. Esta es la visión de Stiglitz
sobre la situación económica argentina, las responsabilidades por haberse
llegado a este punto y las perspectivas de salida.
-En su libro usted habla del fracaso del salvataje
argentino del FMI. Es una crítica dura al Fondo, pero en el contexto argentino
parece un enfoque ingenuo. Legisladores como Mario Cafiero y el mismo ex
ministro de Economía Jorge Remes afirman que el salvataje financió la fuga de
capitales, organizada por los principales bancos y empresas. Desde ese punto de
vista, no habría sido un fracaso, sino un éxito.
-(Se ríe ante la pregunta) Lo sucedido en la Argentina
fue muy similar a lo sucedido en otras partes del mundo. Aquellos que ganaron
dinero y gracias al FMI pudieron sacarlo del país en términos más favorables,
consideran que los salvatajes fueron un éxito. Pero desde un punto de vista
económico, para la sociedad en su conjunto, los salvatajes permitieron mantener
sobrevaluado el tipo de cambio, lo que a su vez permitió que aquellos que
sacaban su dinero recibieran más dólares por sus pesos de los que hubieran
recibido en un sistema de mercado. Los bancos occidentales que prestaron
retiraron su dinero cuando la cosa todavía funcionaba, hasta que el sistema
colapsó. El país quedó más endeudado, los contribuyentes dentro del país
tuvieron que pagar, la gente que sacó su dinero no tuvo que pagar. Esto prolonga
el problema e incrementa el endeudamiento.
-La deuda pública
argentina es de unos 150.000 millones de dólares y hay depósitos e inversiones
de argentinos en el exterior por unos 130.000 millones. ¿Hubiera sido posible
esta fuga sin la complicidad del FMI y de los países receptores de esos fondos?
-Hay dos aspectos de la
cuestión. Por un lado, el FMI y el Tesoro de los Estados Unidos presionaron a la
Argentina y a otros países por lo que llaman la liberalización del mercado de
capitales, de modo de hacer más fácil la salida del dinero del país. Si se
establece que la regla del juego es esta facilidad para sacar el capital, y si
el sistema económico no puede funcionar, porque la tasa fija de cambio nunca
funcionó en ningún lugar del mundo, lo que conviene es sacar el dinero y ponerlo
en un lugar más seguro. El segundo punto es que los salvatajes posteriores
permitieron sostener durante mucho más tiempo la sobrevaluación del tipo de
cambio. Incluso la gente que no pudo sacar su dinero primero, tuvo una segunda y
una tercera oportunidad para hacerlo después.
-¿Qué parte de la crisis
imputa al FMI y cuál a los gobiernos argentinos?
–La responsabilidad fue pareja. Cada gobierno es responsable por seguir o no con
el FMI. No se puede absolver al gobierno por esa responsabilidad. Además uno
tiene que preguntarse qué políticas fueron la causa fundamental del problema.
Por ejemplo, la sobrevaluación del peso y el tipo fijo de cambio, con el peso
atado al dólar, que a su vez estaba sobrevaluado, significan que el sistema no
podía funcionar. Hubiera fracasado aunque nohubiera habido nada de corrupción en
el gobierno. La corrupción lo hace fracasar antes y en peores condiciones pero
aun sin corrupción hubiera habido una crisis. El problema de fondo tenía que ver
con el régimen de convertibilidad que ató el peso al dólar. Otras políticas del
FMI agravaron la situación: la imposición de políticas fiscales contractivas, de
ajuste, en plena recesión; las privatizaciones mal hechas, lo cual hizo que la
Argentina, que ya era poco competitiva por su tasa de cambio, lo fuera aún menos
por los altos precios de la electricidad y de sus servicios públicos. La
privatización de la seguridad social, que desvió hacia otro lado ingresos que de
otro modo hubieran ido al Estado. No hubiera estado tal mal, si las cuentas se
hubieran manejado con prolijidad. El FMI no sabía cómo hacerlo, o al menos no lo
hizo. El presupuesto hubiera estado equilibrado a no ser por esas
privatizaciones, que provocaron un déficit del 3 por ciento. Y entonces el FMI
presionó aún más fuerte para ajustar. Como Argentina hizo con sus
privatizaciones lo que al FMI le parecía “correcto”, entre comillas, el FMI la
castigó forzándola a aplicar medidas aún más recesivas.
–En Estados Unidos sería impensable ajustar en
medio de una recesión...
–Hacen todo lo contrario. Ambos partidos,
republicanos y demócratas, estuvieron de acuerdo cuando la recesión de 1991, en
que las medidas tenían que ser expansivas, no contractivas. Y si se trata de
comparar el déficit, en 1992, en nuestra última recesión, si hubiéramos
privatizado la seguridad social como aquí, el déficit hubiera llegado al 8 por
ciento del PBI, el doble que en la Argentina.
–El Fondo Monetario reclamó a la Argentina que
derogara la ley de subversión económica, que castigaba el fraude empresarial, al
mismo tiempo que el presidente Bush enviaba al Congreso de los Estados Unidos
una ley para castigar esos mismos delitos. El Banco Mundial presiona para que se
apruebe una ley que proteja a las autoridades del Banco Central de su
responsabilidad penal. ¿De qué modo un país quebrado como la Argentina podría
librarse de estas condiciones irrazonables del FMI, que no tienen que ver con
los equilibrios macroeconómicos sino con la legislación penal interna?
–Cada país es responsable de su propio marco
jurídico y de la toma de sus decisiones. En Estados Unidos está claro que hubo
graves fraudes empresariales y se ejercieron presiones políticas para que el
gobierno no hiciera nada. Cuando yo integraba el consejo de asesores de la Casa
Blanca presioné para que se modificaran las reglas contables, que hubieran
obligado a las empresas a responder por las acciones entregadas a sus altos
ejecutivos. Y esa es una de las causas de los actuales problemas...
–Eso en los Estados Unidos. En la Argentina el FMI
presiona por legislación que nos impida defendernos del fraude empresarial.
–En aquel caso los mercados financieros y el
ministerio de Economía hicieron todo lo posible para que no se implantaran
mejores prácticas contables. Tuvieron éxito. Las consecuencias para los Estados
Unidos fueron graves. A menudo, salvo cuando hay un escándalo público, los
mercados financieros tratan de protegerse.
–Es decir que la
indignación pública y una prensa libre son importantes para controlar los
fraudes empresariales.
–Claro que sí. De no haber sido por la crisis de
2002 el problema de la contabilidad empresarial nunca hubiera sido enfrentado en
los Estados Unidos. Wall Street y el ministerio de Economía resistieron esos
cambios. Le doy otro ejemplo. Después de la crisis de Asia Oriental en 1997
todos decían que el problema era la falta de transparencia. Entonces se dijo que
no sólo se necesitaba transparencia en Asia Oriental, sino en todas partes.
Porque si en algún rincón fuera posible esconder algo, todo iría hacia ese
rincón. Eso quería decir que teníamos que hacer algo también respecto de la
banca offshore. De repente, el ministerio de Economíaperdió todo interés en la
transparencia. No lo decían así claro, pero lo que decían era “queremos decir
transparencia en Asia Oriental, no para nuestra banca offshore”. Y cuando hubo
una iniciativa para que la banca offshore fuera más transparente, el ministerio
de Economía de los Estados Unidos lo vetó. Esto fue antes del 11 de septiembre.
Sólo después del 11 de septiembre descubrieron que esa banca offshore que había
sido usada para el narcolavado y la evasión impositiva, para la corrupción,
también servía para financiar el terrorismo. Sólo entonces el gobierno de los
Estados Unidos cambió de posición.
–Hasta la década de 1970 la Argentina fue la
sociedad más integrada de América Latina. Hoy, la mitad de su población está por
debajo de la línea de pobreza. ¿Qué le sugiere este dato, en términos de
desarrollo y estabilidad económicos?
–Es imposible separar las consideraciones
económicas de las políticas y las sociales. Por ejemplo, en partes de
Latinoamérica, en los Andes, en Colombia, donde el desarrollo dejó grandes
cantidades de desocupados, violencia urbana y guerrilla. Sin eso habría un
ambiente mejor para los inversores. En la situación actual hay otros lugares en
el mundo donde pondrán su dinero. Los ejecutivos no serán secuestrados y el
resultado será el crecimiento. No se puede tener crecimiento económico de largo
plazo que no sea inclusivo, que abarque a todos los miembros de la sociedad. Las
estrategias que se centran en lo que estrechamente consideran económico están
erradas. Hay una relación clara entre las políticas seguidas y el
empobrecimiento. Cuando se abren las puertas a las importaciones y al mismo
tiempo se elevan las tasas de interés y las instituciones financieras no
funcionan, no se crean los nuevos trabajos sino que se destruyen los viejos. La
teoría de la globalización comercial dice que se desplazarán personas de
trabajos menos productivos a trabajos más productivos. Y todo el mundo se
beneficiará. Si fuera así todos se beneficiarían. Pero lo que ocurre a menudo es
que se pasa de empleos de baja productividad a la desocupación abierta. Y eso es
peor para los individuos y no tiene nada de bueno para la sociedad. La
desocupación es productividad cero. Y pasar de baja productividad a
productividad cero no ayuda a nadie.
–Un científico social brasileño, Moniz Bandeira,
escribió que la dureza del FMI con la Argentina tiene el objetivo de deteriorar
a Brasil y al Mercosur y así promover el Area Libre de Comercio de las Américas,
es decir los intereses comerciales de los Estados Unidos. ¿Le parece factible?
–Tal vez no sea la razón principal, aunque puede
ser parte. Oigo otro tipo de explicaciones, incluso por parte de ex funcionarios
del FMI. Su hipótesis es que es muy importante enseñarle a otros deudores que si
incurren en default el castigo serán muy pesado. Un chiste dice que el FMI no
puede aceptar un sí como respuesta. Cada vez que la Argentina acepta alguna
condición, el FMI le levanta la barra. La dureza se propone hacer entender a los
deudores que el precio del default es muy alto.
–El 9 de setiembre vencen compromisos de la
Argentina con el Fondo, con el Banco Mundial y con el BID por casi 3.000
millones de dólares. ¿Qué ocurriría con esas instituciones y con el país si la
Argentina no pagara el 9 de setiembre?
–Obviamente a nadie le gusta el default. Es
dañino. Pero lo que hay que entender es que Argentina no va a recibir flujos
efectivos de capital desde afuera. Esto es común para todos los países en la
situación argentina. Las negociaciones no son para obtener dinero de esas
instituciones para la Argentina, sólo para discutir cuánto enviará la Argentina
a Washington. Cuando se entiende esto se advierte que la Argentina está, o
debería estar, en una posición negociadora de fuerza. El daño de esta coyuntura
para los balances de estas institucionesfinancieras, si no renegocian y vuelven
a prestar, sería más grave que para la Argentina, que de todos modos no va a
obtener más dinero. La puesta en marcha de la economía argentina dependerá de lo
que ocurra aquí, no de un dinero que simplemente vaya de Washington a
Washington. En el caso del default ruso, los rusos lo entendieron bien y le
dijeron al FMI: “Si nos prestan dinero para que les paguemos a ustedes, muy
bien. Aceptamos. Pero hay que ser claros, no vamos a matar nuestra economía sólo
para que ustedes puedan prestarnos plata para que nosotros se la devolvamos a
ustedes”. Lo interesante de aquella situación fue cómo incluso el FMI fue muy
abierto sobre el carácter de la charada. Luego de entregar creo que 40.000
millones de dólares, el FMI dijo: “Ni un centavo de nuestro dinero irá a Moscú,
el dinero quedará aquí en Washington”. Fueron muy claros en el sentido de que
ese dinero no era para ayudar a Rusia, sino al FMI para que el default no
apareciera en su balance.
–¿La Argentina tiene condiciones para endurecerse
como Rusia?
–Rusia estaba en una posición distinta, era una
potencia nuclear, era consciente de eso y lo usó. Pero lo que es importante
entender es que todo el debate es acerca de cuánto dinero la Argentina está
dispuesta a enviar a Washington. Cuando se entiende eso, toda la retórica sobre
tener acceso al mercado de capitales, es falso, irrelevante. Los capitales no
volverán a la Argentina hasta que la economía argentina arranque y sólo podrá
arrancar por sus propios medios. Podrá tener ayuda de otros países
latinoamericanos, de España, de Europa, pero no del FMI.
–En su libro usted habla de las externalidades,
los efectos que los acontecimientos de un país tienen en otros. ¿La larga
recesión argentina, puede tener un impacto negativo global? Y en tal caso,
¿sería posible que el país obtuviera alguna ventaja de esa externalidad?
–La mayor externalidad que ha tenido la crisis
argentina ha sido en el pensamiento de América Latina y de otros países. Es el
reconocimiento de que la Argentina era el mejor alumno del FMI, el que hacía
todo bien, y sin embargo las reformas no funcionaron. Además, cuando las cosas
andaban, el FMI elogiaba a la Argentina, cuando empezaron a ir mal pegaron media
vuelta y se convirtieron en grandes críticos. Lo que no quieren decir es
“manejamos mal las privatizaciones, nuestras políticas fueron equivocadas, no
prestamos atención a los pobres”. Quieren hacer lo mismo que hicieron en Asia
Oriental, acusar a la víctima. Eso es la política que siguen, una y otra vez.
–El ministro de Economía de Estados Unidos, Paul
O’Neill, dice que su país no puede ayudar a la Argentina con el dinero de los
carpinteros y los plomeros norteamericanos. ¿Eso es algo más que una tontería?
–Es una pura tontería. Desgraciadamente tal vez él
ni siquiera entiende lo que pasa, lo cual es más grave. El hecho es que casi
siempre los créditos del FMI son devueltos, a veces con demora, pero casi
siempre, y los contribuyentes norteamericanos no corren riesgos. Son los
carpinteros y los plomeros argentinos los que deberían estar furiosos.
–Lo están.
–Son los que han sufrido las políticas
contractivas impuestas por el FMI, que agravaron las cosas. Después de alentar
una tasa de cambio condenada al fracaso, una privatización que empeoró el
déficit del presupuesto sin advertir sobre esas consecuencias, una privatización
que incrementó los precios de los servicios públicos, ahora empiezan a acusar a
la víctima. Y el Tesoro de los Estados Unidos, que es el único que tiene poder
de veto en el FMI, dice que los contribuyentes norteamericanos pagan el costo.
Eso debería enfurecer a los argentinos.
–En una nota al pie de su libro menciona el
impuesto Tobin a las transacciones financieras. ¿Cuáles cree que son sus méritos
y posibilidades?
–El impuesto Tobin plantea dos principios
importantes. Uno, que en estaépoca de globalización, de migraciones masivas, hay
necesidad de una mayor acción colectiva, del mundo como una sociedad global. Eso
requerirá dinero y tenemos que pensar en formas de conseguir ese dinero mejores
que las que tuvimos en el pasado. Segundo, que tratándose de una cuestión
impositiva es mejor gravar cosas malas que buenas. Es mejor gravar la polución,
los flujos de capital que causan enorme inestabilidad y autodestrucción en
tantos países. El tema más difícil es diseñar un impuesto Tobin que funcione.
Porque otro principio tributario es que un impuesto que no puede implementarse
en forma efectiva puede ser peor que su ausencia, porque puede causar enormes
distorsiones en la economía. Tenemos que recordar que los mercados financieros
son muy hábiles y estamos conviviendo con algunas de las consecuencias de eso.
Por eso llevará mucho trabajo el diseñar un impuesto Tobin que funcione.
–Conceptualmente usted es entonces más tobinista
que el propio Tobin.
–Sí. El tema es hacerlo funcionar.
INTER-FORUM es miembro del Consorcio Internacional de Publicaciones Académicas Alternativas
(ICAAP)
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Agosto
20, 2002
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