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Reflexionar
sobre “ética, política y democracia en tiempos de globalización”
exige no solo recordar al viejo debate, siempre actual, sobre las relaciones
de la política con la ética, sino a la vez analizar las circunstancias de
la realidad socio-cultural de nuestros países que condicionan o influyen la
moralidad de su vida política, como también sugerir posibles criterios u
orientaciones para afianzarla y mejorarla.
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Por
consiguiente, dividiré esta relación en tres partes:
1)
Vigencia de la ética en la política;
2)
Aspectos socio-culturales que condicionan la política en la realidad
latinoamericana y que impactan en la democracia;
3)
La incidencia de la globalización en el análisis de estas cuestiones.
Vigencia
de la ética en la política
Es
necesario recordar aquí la vieja polémica acerca
de si la política debe o no someterse a patrones éticos o, en otros
términos, si la moral es o no aplicable en el ámbito de la actividad política.
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Si
se cree, como Maquiavelo, que la política es una actividad ajena a la
moral, en la que los valores éticos no tienen aplicación y en que lo único
importante es el éxito, el debate que nos ocupa carece de sentido. Lo que
vale es solamente el poder.
Debemos
admitir, aunque nos repugne, que esta lógica tiene bastante vigencia
en la realidad. El éxito en política se mide habitualmente por la
posesión del poder.
Los
triunfos en política, por lo menos formalmente y en el corto plazo,
consisten en ganar poder.
En
una democracia, triunfa el partido que en las elecciones logra una mayoría
capaz de asegurar el gobierno y triunfa el político que es llamado a
gobernar. Y en un régimen de facto, triunfa el caudillo que en un golpe de
Estado usurpa el poder y el dictador que por cualquier medio prolonga su
gobierno.
El
poder constituye la gran tentación de los políticos. Incitados por esa
tentación, muchos de ellos gastan a menudo sus mayores esfuerzos y suelen
incurrir en sus peores renuncios para alcanzarlo o conservarlo. Cuando se
está lejos del poder, éste aparece como la palanca mágica que abre los
caminos a todos los proyectos. Los partidos políticos que están en la
oposición, confían que el acceso al gobierno les permitirá realizar los
cambios que postulan. Los revolucionarios imaginan que les bastara
conquistar el poder para llevar a la practica todas sus utopías.
Pero
tan pronto se alcanza esa meta se advierte que, aun estando en el gobierno,
no se puede hacer todo lo que se quiere. Entonces el poder del gobierno se
aprecia escaso y suele comenzar una nueva lucha por acrecentarlo. Los nuevos
gobernantes, cuando se sienten entrabados para realizar sus propósitos, se
empeñan en utilizar el poder alcanzado –con las múltiples posibilidades
que proporciona- para eliminar o reducir los obstáculos que significa la
oposición, generalmente con el sano propósito de facilitar el cumplimiento
de los objetivos de bien público del gobierno.
En
las democracias, el riesgo de estas tentaciones es generalmente débil, por
el freno que imponen las reglas propias del Estado de Derecho, el ejercicio
de las libertades de información y de opinión y los mecanismos de
fiscalización o control político y jurídico a que está sometida la
actuación del gobierno. En la misma medida en que estas libertades y
controles son cercenados o suprimidos, crece inevitablemente la tendencia al
abuso del poder. La historia de las dictaduras esta plagada de sórdidas
maquinaciones, peculados, enriquecimientos sorprendentes y crímenes
horrendos. La de los regímenes totalitarios muestra hasta qué punto y de
qué maneras el fanatismo ideológico conduce al aplastamiento y destrucción
del hombre por el Estado. Es la lógica inevitable de la política del
poder, en que el fin justifica los medios y para cuyo éxito Maquiavelo
aconseja a su Príncipe “aprender a no ser bueno”. Por eso Lord Acton
afirma que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto tiende a
corromperse absolutamente”.
El
anhelo de poder, junto con la avaricia o inmoderado afán de enriquecimiento
fácil, se convierten en los principales factores de la corrupción que
tanto amenaza y daña a los Estados y a las sociedades. Para defenderse de
esas lacras son necesarios mecanismos políticos, administrativos y jurídicos
como la separación de los poderes, base de todo ordenamiento democrático,
que Montesquieu propuso precisamente para que “el poder detenga el
poder”, los sistemas de publicidad y control de la gestión pública
–política y administrativa- y los mecanismos de responsabilidad de los
gobernantes y servidores públicos.
Pero
por eficaces que sean estos medios, no van al fondo del problema. Los
riesgos de corrupción y de abuso del poder público solo podrán
erradicarse mediante un cambio cultural sobre la naturaleza y fin de la política.
Mientras se crea, como Maquiavelo, que la política es una actividad ajena a
la moral, en la que los valores éticos no tienen aplicación y en que lo único
importante es el éxito, consistente en ganar, conservar y acrecentar el
poder, fin cuyo logro justifica cualquier medio, esos riesgos de corrupción
y abuso mantendrán viva su amenaza.
Si,
a la inversa admitimos que la política, en cuanto forma de actividad
humana, esta regida por la ética, que se ocupa precisamente de los actos
humanos en cuanto al bien o al mal que ellos entrañan, tendremos que
admitir que el fin de ella no es el poder sino el bien común, con respecto
al cual el poder no es más que un medio a su servicio, y que este medio es
siempre limitado por la dignidad de la persona humana, cuyos derechos
esenciales debe no solo respetar, sino también promover.
Planteadas
las cosas en esta perspectiva, cambia el concepto de lo que en política se
entiende por verdadero éxito. A la pregunta ¿qué saco con servir al
pueblo si pierdo el gobierno? han de oponerse interrogantes como las
siguientes: ¿tiene éxito un gobierno que lleva a su pueblo a la desgracia,
pero logra mantenerse en el poder, o el político cuya conducción divide a
su nación y la sume en el odio y la violencia, si logra conservar el poder?
¿lo tiene el que mejora las condiciones de vida de su pueblo, aunque pierda
el poder, o el que prefiere ceder el paso a un adversario a cambio de salvar
la unidad de su nación y lograr la paz social?
Objetivamente,
la razón nos dice que un gobierno tiene éxito cuando su política y sus
realizaciones satisfacen las aspiraciones más sentidas de su pueblo, le
permiten vivir en paz, justicia, libertad y bienestar y significan progreso,
independencia y prestigio para su Nación.
Eso
es lo importante para el país y no para quien detente el gobierno.
Por
lo demás, para hablar de verdadero éxito es necesario apreciar los
acontecimientos con sentido histórico, en términos de la vida de la Nación
y no de la vida de un hombre. Lo que mirado hoy, con ojos de presente,
parece éxito, puede resultar un desastre proyectado en el tiempo.
En
su ensayo sobre “El final del Maquiavelismo”, Maritain nos previene
contra la ilusión del éxito inmediato. Sostiene el que cuando Maquiavelo
afirma que el mal y la injusticia tienen éxito en política, se refiere al
éxito inmediato, circunscrito a la duración de la actividad del príncipe
o gobernante. Pero Maritain cree que “la dialéctica eterna de los
triunfos del mal los condena a no ser duraderos”.
Para
hablar de verdadero éxito hay que “tomar en cuenta la dimensión del
tiempo, la duración propia de las transformaciones históricas de las
naciones y Estados, lo cual excede considerablemente la vida de un
hombre”. Y con mucha fe afirma que “la justicia trabaja por medio de su
propia causalidad, hacia el bienestar y el éxito en el futuro, tal como una
savia sana trabaja hacia el fruto perfecto; mientras que el maquiavelismo
trabaja, por su causalidad propia, hacia la ruina y la bancarrota, tal como
el veneno en la savia trabaja hacia la enfermedad y la muerte del árbol”.
Pero,
como el mismo Maritain enseña, “los principios de la moral no son ni
teoremas ni ídolos, sino reglas supremas de una actividad concreta dirigida
a una obra que ha de realizarse en circunstancias determinadas y, en
definitiva, mediante las reglas de la virtud de la prudencia, nunca trazadas
de antemano, que aplican los preceptos éticos a los casos particulares, en
el medio ambiente, con una voluntad concretamente recta… La política, en
particular, tiende al bien común del cuerpo social; esta es su medida. Ese
bien común es un bien principalmente moral y por ello es incompatible con
todo medio intrínsecamente malo. Mas, por lo mismo que representa la recta
vida común de una multitud de seres débiles y pecadores, exige también
que para procurar lograrlo se sepa aplicar el principio del mal menor y
tolerar ciertos males cuya prohibición acarrearía males mayores”. Y al
respecto agrega: “El temor a mancharnos por penetrar en el contexto de la
historia no es virtud, sino una manera de escapar de la virtud”.
Algunos
parecen creer que meter nuestras manos en ese universo real y concreto de
las cosas humanas, donde existe y circula el pecado, es en si un pacto con
el pecado, como si este se contrajera desde fuera y no desde dentro. Esto no
es mas que un purismo farisaico; no es la doctrina de la purificación de
los medios”.
De
lo dicho se sigue otra conclusión, relativa a la importancia de los
derechos humanos en cuanto limite al ejercicio del poder político. Si
admitimos que dicho poder no es más que un medio para buscar el bien común
y que este es el bien de una comunidad humana, es decir, de una multitud de
personas cada una de las cuales constituye en sí mismo un todo que, aunque
en ciertos aspectos forma parte de la sociedad política, en lo que respecta
a su dignidad espiritual y a su destino último lo trasciende, debemos
necesariamente concluir que el poder del Estado, órgano secular de la
sociedad política, no es absoluto frente a las personas.
En
el largo bregar de la Humanidad hacia formas de vida civilizada, es decir,
auténticamente humanas, adecuadas a la dignidad del hombre, ocupa un lugar
muy importante la demarcación del limite entre lo que es del Estado y lo
que pertenece a las personas. Diversas formulaciones sobre los derechos
fundamentales del hombre frente a los gobiernos han ido encarnándose en la
historia, frutos de arduas y gozosas conquistas de la criatura humana en su
lucha por poner coto al ejercicio arbitrario y brutal del poder del Estado y
someterlo al imperio de la razón y la justicia. La conciencia común de los
hombres de nuestro tiempo los expresa en la Declaración Universal de
Derechos Humanos y en los numerosos Pactos Internacionales que la
complementan.
El
preámbulo de esa Declaración, enunciando los principios en que se
fundamenta, precisa –entre otras cosas- que “la libertad, la justicia y
la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca
y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia
humana”; que “el desconocimiento y menoscabo de los derechos humanos han
originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la
Humanidad” y que es “esencial que los Derechos Humanos sean protegidos
por un régimen de Derecho a fin de que el hombre no se vea compelido al
supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.
De
lo dicho resulta que el poder de cada Estado, por muy soberano que sea,
tiene un limite en los derechos de las personas, tal como han sido
consagrados en esos documentos; en la medida en que excede de ese limite, su
ejercicio es abusivo e ilegítimo.
Así
lo entiende, cada vez con mayor certeza, la conciencia moral del hombre común,
que considera bueno el respeto y promoción de los Derechos Humanos y que
repudia como malo todo lo que los atropella o menoscaba.
A
partir de los principios y criterios precedentemente expuestos, es posible
encontrar orientaciones o pautas directrices para dilucidar gran parte de
los cuestionamientos éticos que surgen con relación al acontecer político.
Tales
son, entre otros: el tema de los medios legítimos para conquistar el poder
político y para retenerlo; el del populismo y la demagogia como
instrumentos para esos fines; el del uso del poder del Estado para
acrecentar el poder político personal o partidista; el de la corrupción;
el del rol de los medios de comunicación como instrumento de roselitismo,
de desprestigio a los adversarios y de tergiversación de la verdad; el del
resguardo al honor y dignidad de las personas; y el de la separación o los
límites entre la vida pública y privada.
En
todas estas situaciones hay comprometidos valores morales, entre otros la
verdad, la justicia, la dignidad u honor de las personas y el respeto a los
derechos humanos, que por su naturaleza deben prevalecer.
Realidad
socio-cultural latinoamericana
Hasta
aquí me he referido al tema de “la ética y la política” en abstracto,
en un plano meramente conceptual, sin considerar las circunstancias propias
de la realidad latinoamericana.
Nuestros
países latinoamericanos son naciones jóvenes, hijas de la mezcla entre los
europeos que han llegado a partir del siglo XV, primero como conquistadores
y después como inmigrantes, con los pueblos aborígenes del continente. Los
periodos de conquista y colonial, a que solo en el siglo pasado pusieron fin
las revoluciones de la independencia, dejaron en nuestras sociedades una muy
fuerte huella de dominación. Han sido y en gran medida siguen siendo
sociedades bastante heterogéneas, marcadas por el signo de la desigualdad
en que conviven sus diversos estratos, niveles o clases sociales.
Aunque
nuestras Constituciones proclaman solemnemente la igualdad ante la ley, lo
cierto es que en nuestra América esa igualdad sigue siendo más formal que
real. En mayor o menor medida, en nuestros países subsisten profundas
diferencias entre sectores a los antiguos propietarios de la tierra o sus
sucesores, los cuadros militares superiores, los grandes y medianos
empresarios y los profesionales universitarios, por una parte, y por otra
los trabajadores asalariados, sean del campo, de la minería, de la
industria, del comercio o de los servicios domésticos.
En
ambos estratos hay, naturalmente, sectores diferentes; así como no es igual
la situación ni influencia de los grandes empresarios que la de los
medianos y pequeños, también difieren en el mundo laboral las situaciones
de los funcionarios del Estado, de los profesionales, de los trabajadores de
la industria y de la banca, de los campesinos, mineros y otros sectores. En
mayor o menor medida, en el curso de este siglo ha ido consolidándose en
todos nuestros países una clase media cada vez más numerosa e influyente.
Pero es dramático el hecho, al que parecemos acostumbrados, de que cerca de
doscientos millones de latinoamericanos, casi la mitad de nuestra población,
vivan en la pobreza y, en cierto modo, en la marginalidad, mientras en casi
todos nuestros países hay sectores minoritarios –y a veces muy
minoritarios- que exhiben niveles de existencia análogos a los del mundo
rico. Y es necesario tener presente que de ese estrato marginal de pobreza
formen parte, sino todos, la mayoría de las comunidades indígenas o aborígenes
de nuestra América.
Esta
realidad social de tan notorias desigualdades –tácitamente reconocidas
como si fueran fenómeno natural- no es irrelevante para el tema que nos
preocupa, porque explica el hecho de que en nuestra cultura popular
prevalezca la creencia de que el poder y la riqueza dan derechos que, justos
o no, han de aceptarse como se admiten, aunque no nos gusten, las
inclemencias climáticas. Solo así se explica la conformidad con que en
algunos de nuestros países se ha aceptado, como si fuera algo natural, el
enriquecimiento de los gobernantes durante su mandato, o sin ir tan lejos,
generalmente se reconocen variados privilegios a las personas que ejercen
alguna autoridad y aun a los que exhiben ciertos niveles de riqueza.
El
dicho “autoridad que no abusa pierde su prestigio”, es expresivo de esta
mentalidad, aun frecuente en nuestros países. Todavía el modesto
campesino, el indígena o el ciudadano pobre que acude a un servicio público,
admite como casi natural que se le cite para otro día o, simplemente, se le
atienda mal.
Instituciones
tan tradicionales como el patronazgo en las relaciones laborales y el
caudillismo o el clientelismo en el ámbito político, erosionan el concepto
de ciudadanía y favorecen una cultura de la ilegalidad. Mas allá de las
normas que establecen o regulan derechos y deberes, lo que opera
efectivamente para muchos es la informalidad, el favoritismo, la excepción.
Tanto miembros de nuestras elites como vastos sectores populares, no sienten
la necesidad de desarrollar una sociedad igualitaria, participativa y
deliberante; por el contrario, perciben el poder como un privilegio que
naturalmente da ventajas y oportunidades, que corresponde ejercer con
indulgencia y al cual cabe solicitar favores o beneficios.
Se
explica así la frecuencia con que el modesto ciudadano que accede a cargos
o situaciones de poder tiende a abusar de sus prerrogativas en beneficio
propio, de sus familiares o de sus amigos.
Nuestra
región se caracteriza por la debilidad de la sociedad civil y la
precariedad ciudadana. Es un hecho evidente que en nuestras naciones hay
todavía grandes sectores de su población que no se expresan ni participan
socialmente, no están organizados, ni tienen una adecuada representación
política.
A
estos rasgos tradicionales de la realidad latinoamericana debe agregarse, en
los últimos años, la implantación creciente de una cultura económica que
hace de la riqueza el valor o bien más importante y, consiguientemente,
convierte a su búsqueda en la primordial tarea tanto de las naciones como
de los individuos.
Cada
día es mas fuerte el peso de la economía, tanto en la vida privada de las
personas como en la marcha de las sociedades. Y a medida que nuestras
naciones se van insertando en el proceso de globalización financiera y económica,
menor es la autonomía de los Estados para defender el interés nacional
mientras se torna mayor la concentración de la riqueza y más desigual la
distribución de los ingresos.
Cada
día el poder económico es más decisivo y la economía reclama mayor
autonomía respecto a las demás dimensiones de la vida, sosteniendo que sus
leyes son incuestionables desde otras perspectivas de lo humano.
Como
bien sabemos, los sistemas de economía de mercado, que hoy se imponen prácticamente
en todo el mundo, si bien se muestran eficientes para crear riqueza, son
injustos para distribuirla. El mercado es cruel, porque excluye a los que
carecen de bienes materiales para participar en él, porque castiga a los
que no están en situación de competir y porque generalmente favorece el
triunfo de los más poderosos y los más audaces.
No
cabe discutir que para superar la pobreza es indispensable el crecimiento
económico, lo que las economías de mercado logran hacer. Pero el
crecimiento, siendo necesario, no es suficiente para eliminar la pobreza, y
si no se complementa con políticas eficaces de desarrollo Social, aumenta
las desigualdades.
Los
asombrosos progresos científicos y tecnológicos de los últimos decenios
han generado, entre muchos otros efectos –como el achicamiento del mundo,
cada vez mas convertido en “aldea global”-, cambios muy profundos en las
posibilidades de trabajo de la gente; cada vez se necesitan mas trabajadores
con alta calificación, al día en las técnicas más modernas para producir
o prestar servicios eficaces, y disminuye la demanda de trabajo no
calificado. Lo que junto con generar desocupación en el ancho mundo de los
pobres que no han tenido posibilidades de estudiar y prepararse, genera
crecientes desigualdades en el nivel de las remuneraciones.
Paralelamente,
el fenómeno de la globalización reduce o disminuye la soberanía de las
naciones, que cada vez dependen más de su inserción en el mercado mundial.
Dentro de este, el papel de los países de la periferia o mundo en
desarrollo tiende a reducirse al de proveedores de materias primas –muchas
veces agotables- y de mano de obra barata.
Las
decisiones, a menudo especulativas, de grupos financieros internacionales,
pueden sumir en graves crisis a esos países, con el consiguiente
empobrecimiento de sus poblaciones. La publicidad inherente al sistema,
destinada a estimular los mercados y sostenida abrumadora y persuasivamente
por los medios de comunicación, estimula hábitos de consumismo que
terminan esclavizando a la gente y sumiéndola en el endeudamiento.
La
creciente concentración de la propiedad y control de los medios termina
generando un verdadero monopolio de la información, que valiéndose de las
modernas técnicas de la comunicación manipula a la opinión pública con
la apariencia de no hacer otra cosa que recoger y difundir las opiniones de
la gente.
Todo
lo cual esta deshumanizando la vida de nuestras sociedades, en que los seres
humanos son cada vez más esclavos de las cosas, más egoístas y centrados
en si mismos, menos solidarios y menos capaces de amar al prójimo.
Desafíos
éticos de la política latinoamericana
Lo
expuesto precedentemente proporciona algunos criterios básicos para
cualquier esfuerzo que se proponga mejorar la calidad ética de la política
en nuestros países.
Se
trata, en mi concepto, de un desafío cultural que ha de operar en la
conciencia colectiva de nuestras sociedades. Es preciso, en primer termino,
que se entienda y acepte que el fin de la autoridad política no es el poder
sino la búsqueda del bien común, para cuyo logro el poder no es sino un
medio, y no el único. Y es también necesario como natural consecuencia de
lo anterior, que se conciba o entienda la actividad política como forma de
“servicio público” y no como instrumento para lograr influencia o
ventajas personales.
Junto
con ello, es fundamental inculcar en la conciencia colectiva los conceptos
de dignidad esencial de todo ser humano, titular de derechos fundamentales
proclamados en la Declaración Universal, de la consiguiente igualdad de
todos los hombres y mujeres y de respeto a la ley como regla de convivencia
civilizada.
En
la medida en que en nuestras sociedades se generalicen las ideas de que los
gobernantes, legisladores, jueces y demás autoridades públicas son
servidores de la comunidad y no mandamases titulares de un poder arbitrario,
de que todas las personas por igual son titulares de derechos esenciales que
deben serles respetados y tienen a su vez ciertos deberes frente a la
sociedad y de que la ley, norma general obligatoria –y no la voluntad
arbitraria de ninguna persona- es la regla que regula la convivencia
colectiva, los riesgos de arbitrariedades, discriminaciones, favoritismos y
otros abusos disminuyen al mínimo.
Debe
ser claro, en mi concepto, que la moralización de la política depende o es
reflejo de la moral colectiva. Si en una sociedad prevalece la creencia de
que el poder es por naturaleza arbitraria y se acepta como natural o lógico
que quien le ejerza abuse, se enriquezca, favorezca a sus amigos o persiga a
sus adversarios, no podrá esperarse que la política sea ejemplo de
moralidad.
En
este sentido, el desafío de elevar la calidad ética de nuestra política
no solo choca con algunos hábitos derivados de la cultura histórica de las
sociedades latinoamericanas –a que antes nos referimos-, sino también con
algunos rasgos que tienden a prevalecer en la cultura de nuestros días al
menos en el mundo occidental. Me refiero especialmente al excesivo
individualismo, al consumismo desenfrenado, a la tendencia al
enriquecimiento rápido, a la liberalidad sexual y al menosprecio del Estado
como órgano del bien común.
No
puede esperarse una política de alta calidad moral en sociedades en que el
sentido comunitario de nación esta fuertemente debilitado por el egoísmo
de individuos que solo se interesan por su bienestar, anhelan comprar todo
lo que el mercado ofrece, tienen como objetivo fundamental de sus vidas
hacerse ricos, ven al Estado como un estorbo y menosprecian a los servidores
públicos como parásitos.
Sin
perjuicio de lo anterior, es evidente que el sistema jurídico constituye un
elemento importante para mejorar la calidad moral de la política. Una
adecuada definición de las competencias funcionarias, un régimen estricto
de incompatibilidades e inhabilidades, una legislación penal que tipifique
y sancione adecuadamente los hechos constitutivos de corrupción, una
judicatura independiente y eficaz, son elementos importantes para proteger
el nivel moral de la vida pública.
Especial
significación tiene, en este aspecto, la legislación que regule el sistema
electoral de generación de los poderes públicos, sobre todo en lo relativo
al financiamiento de las campañas; un
régimen transparente en la materia es indispensable para asegurar la
independencia de las autoridades elegidas.
Pero
ninguna legislación, por perfecta que sea, bastara por si sola para
moralizar la vida política de una nación.
La
política, en definitiva, el espejo o reflejo de la respectiva sociedad. Y
admitido que ella, como toda actividad humana está sujeta a la moral, su
calidad ética o moralidad será la que prevalezca en la comunidad Humana en
la cual se ejerce.
El
gran desafío moral de la vida política consiste en crear condiciones que
permitan a los seres humanos realizar su anhelo de vivir en paz.
Paz entre las naciones; paz al interior de las mismas. Lo cual supone
y exige ciertas condiciones que es necesario cumplir.
Un
viejo aforismo afirma que la paz es obra de la justicia. Y en su Encíclica
Pacem in Terris, Juan XXIII sostuvo que “la paz en la tierra, suprema
aspiración de la humanidad a través de la historia”, debe fundarse en la
verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Es claro que estas
condiciones están lejos de darse en el mundo en que vivimos.
Falta
a la verdad un mundo que no vive los valores que formalmente proclama.
Hay
mucho de hipócrita convencionalismo, por no decir falsedad, en la realidad
de nuestros días. Los valores que a menudo se proclaman, no se respetan en
la vida cotidiana. No es vivir “en la verdad” contentarse con exhibir
excelentes cifras macroeconómicas de crecimiento y estabilidad o ufanarse
en la exhibición del progreso y la belleza de los barrios ricos de las
grandes ciudades, mientras al mismo tiempo se silencia la escandalosa
desigualdad en la distribución de los ingresos y la miseria en que viven
los sectores marginales.
No
es justo un mundo –como el de nuestros países latinoamericanos-, en que
importantes sectores de la población –en algunos casos mayoritarios-, no
tienen adecuado acceso a la salud, la educación, la vivienda y el trabajo
bien remunerado. La primera y fundamental exigencia de justicia es la
igualdad de oportunidades para todos. Si se invocan criterios de justicia
para regular las remuneraciones o ingresos de cada cual según su capacidad
y rendimiento, esos mismos criterios exigen que todos inicien esa
competencia desde un mismo punto de partida, con análoga capacitación y
posibilidades. Esta es, sin duda, una exigencia ética fundamental.
Como
lo es que el sistema judicial sea parejo para todos, con arreglo al viejo
adagio de que “la ley pareja no es dura”. Pero todos sabemos que en
nuestros países la justicia no es pareja, porque ante ella no comparecen en
reales condiciones de igualdad los ricos y los pobres.
¿Y
qué hablar del amor? El individualismo consumista que prevalece cada vez más
en nuestras sociedades, reduce el amor casi exclusivamente al ámbito
interno de las familias. El concepto cristiano del prójimo, a quien deberíamos
amar como a nosotros mismos, prácticamente ha desaparecido en la vida
moderna, salvo en el mundo de los más pobres y marginados cuyo desamparo
los fuerza a ayudarse unos a otros.
Marchamos
como autómatas, cada uno encerrado en su pequeño mundo propio, del cual
solo nos sacan grandes remezones colectivos, como las catástrofes
naturales, las epidemias o las revoluciones. Cada vez se reduce más la
dimensión comunitaria de la existencia humana, que es el terreno propicio
para el cultivo del amor al prójimo.
Finalmente,
si bien esto ocurre en nombre de la libertad –la libertad individual, la
autonomía de la voluntad de cada cual, base fundamental, junto con la
propiedad, del orden prevaleciente-, no podemos desconocer el hecho brutal
de que los márgenes de libertad no son los mismos para todos; un pobre no
tiene igual libertad que un rico; un analfabeto carece de la libertad del
ilustrado; el obrero cesante que necesita cualquier trabajo para comer y
alimentar a su familia, no tiene la libertad de la que puede decidir si le
da trabajo o no.
Las
reflexiones precedentes ponen de relieve la magnitud del desafío. El noble
propósito de que la política sea regida por la ética no se reduce a
defenderla del peligro de corrupción. Esta es solo una de las amenazas, la
más burda o grosera.
El
desafío es mucho más profundo y amplio; se trata de la vigencia de los
valores éticos en todo el ámbito de la conducta humana, de la que depende
el bien común de las sociedades, que es –en definitiva- el fin ultimo de
la política. El ordenamiento de las sociedades que hoy se llaman modernas
reposa fundamentalmente en los valores de la libertad y la propiedad.
En
mi concepto, si no somos capaces de complementar esos valores con los de la
justicia, la solidaridad y el bien común, no podremos lograr la primacía
de la ética en la existencia colectiva.-
(1)
Defensor del Pueblo de la Nación Argentina (mandato cumplido)
Ex Presidente del Instituto Internacional del Ombudsman.
Ex Ministro de Justicia de la Nación Argentina.
Doctor en Jurisprudencia.
Consultor Internacional del Alto
Comisionado de los DDHH.
Profesor Titular de Derecho Administrativo.
www.jorgeluismaiorano.com
jmaioran@fibertel.com.ar
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Diciembre
31 , 2001
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