De
los muchos lenguajes que existen uno hay donde podemos expresar a plenitud
nuestra existencia. Con él podemos nombrar el mundo y manifestar los
sentimientos más íntimos. Este es el sitio, el lugar de todos, la común
manifestación humana para expresar, entre otros sentimientos, las pasiones de
nuestras vidas: amor, dolor, dulzura.
Siendo el
lenguaje humano el sitio del encuentro obligado para perpetuarnos como especie,
cada uno de nosotros se manifiesta en particularidades un tanto más
específicas: la lengua y el habla... hasta las maneras idiomáticas y
dialectales que nos marcan en tanto usuarios de una parcela de la realidad
cultural de un pueblo.
El habla,
dice
Heidegger (1958) no es sólo un instrumento que el
hombre posee entre otros muchos, sino que es lo primero en garantizar la
posibilidad de estar en medio de la publicidad de los entes. Sólo hay mundo
donde hay habla, es decir, el círculo siempre cambiante de decisión y obra, de
acción y responsabilidad, pero también de capricho y alboroto, de caída y
extravío. Sólo donde rige el mundo hay historia. El habla es un bien en un
sentido más original. Esto quiere decir que es bueno para garantizar que el
hombre pueda ser histórico. El habla no es un instrumento
disponible, sino aquel acontecimiento que dispone la más alta posibilidad de
ser hombre.
Así las
cosas, cada uno de nosotros al utilizar en su cotidianidad las manifestaciones
del lenguaje, está posesionado de una realidad simbólica con la que continúa
creando sobre un discurso infinito.
Hablamos porque tenemos necesidad de nombrarnos, de afirmar nuestra libertad y
declarar al mundo nuestro absoluto derecho a existir. Entendemos entonces que
somos seres que existimos por el lenguaje en tanto seres comunitarios.
Individuos que nacemos y nos relacionamos a partir de una vida en comunidad.
Comunidad y comunicación son no sólo términos similares (del latín
communitas=comunidad; comunicatio=comunicación) más bien esencias que
caracterizan a los seres humanos que existen en el lenguaje. Por ello el
lenguaje posee una condición ontológica en el devenir del hombre histórico.
Hombre que inaugura su acción en la existencia de potencialidades de
realización en un conglomerado social que por esencia natural lo determina como
individuo hecho para vivir en libertad.
Sin
embargo, y así lo consideramos, la libertad no es un fenómeno social, es
condición inherente a la naturaleza humana. Su manifestación, su certeza está
en la capacidad de todo ser humano para apropiarse de un lenguaje que exprese
esa libertad. Así, el tamaño del mundo será proporcional a la capacidad
idiomática que un hombre tenga para expresarlo. De igual manera, el tamaño y
características de la libertad que posea un hombre, estarán directamente
vinculadas con la capacidad para ennoblecer su lenguaje.
Lenguaje y libertad están indisolublemente unidos por la lectura que del mundo
y de la vida tenga un hombre.
Acá no
nos estamos refiriendo a la lectura de un libro específico, más bien a la
lectura del mundo, del entorno donde un hombre se manifieste. Saber leer
implica descifrar la simbología del mundo: percibir la palabra reveladora en lo
que está siempre más allá (meta-féro)
metáforas que la vida misma nos entrega. Por ello los libros son registros
que alguien, después de haber experimentado la vida, deja constancia de ella en
eso que siempre desea poseer y que está en metáforas.
No
queremos entrar a analizar de manera técnica los procesos por los cuales se
asume que una determinada persona sea considerada un lector independiente o
fluente. Baste decir, en todo caso, que existen dos procesos en los análisis de
lectura, que se deben atender. El eferente, por medio del cual se aborda
de manera lógica, coherente y discursiva la obra de arte: el libro. Es un
proceso de acercamiento analítico, por secuencias inferenciales y de hipótesis
que reafirman o cambian nuestros pre-juicios (juicios previos) sobre el libro.
El otro es el estético; la plenitud que colma la lectura de un texto que
ya no nos permitirá ser iguales. Esa intensidad de la lectura que nos despoja
de toda atadura cotidiana y nos devuelve a la libertad. Libertad ontológica
manifiesta por el lenguaje y por nuestra capacidad para trascendernos como
individuos socialmente inmersos dentro de la complejidad de la vida.
Sin
lenguaje quedamos en el extravío, relegados al silencio de la duda existencial.
Toda forma de conferir sentido, dice
Echeverría (1996), toda forma de comprensión o
entendimiento pertenece al dominio del lenguaje. Por lo tanto,
continúa indicando Echeverría, el lenguaje
no es una capacidad individual, sino un rasgo evolutivo
que, basándose en condiciones biológicas específicas, surge de la interacción
social.
El
primer texto que todo hombre lee está referido al inmenso libro que es la vida.
De esa manera cuando nos acercamos al discurso escrito que subyace en un libro,
lo decodificamos a partir de nuestras experiencias de lecturas anteriores. Por
ello hacemos constantemente, mientras estamos leyendo, sucesivos acercamientos
al libro, a la concepción que tenemos del mundo y de la lectura misma, hasta
alcanzar una múltiple significación. De allí que el libro es una realidad
Única, en tanto ha sido la
experiencia señalada por un alguien que denominamos escritor. Pero también es
una realidad Múltiple, en tanto es
internalizado en sus experiencias por un alguien que denominamos lector. De
ello resulta la re-escritura
permanente del libro.
La
comprensión, interés y concepción de la lectura son términos que tienen
profundas implicaciones en el proceso de la lectura y escritura, ya que deben
apoyarse en experiencias que se relacionan entre sí y hacen referencia a
determinadas capacidades intelectuales del ser humano. Igualmente los aspectos
involucrados en la compleja capacidad humana de la lectura son abordados, de
una u otra manera, según sea el enfoque que se adopte para realizar su estudio.
En lo
que se refiere a la comprensión lectora, algunos autores centran su definición
en los aportes del neo-lector en el proceso de construcción del significado.
Afirman que el ser humano desempeña un rol activo y selectivo (*) en el acto
lector, por cuanto:
-
Realiza
anticipaciones de significado y utiliza estrategias para verificar sus
hipótesis a partir de la información visual proporcionada por el texto.
-
Selecciona la información a partir de:
a.
sus
conocimientos previos,
b.
sus
intereses, y
c.
el grado de
compromiso previamente asumido, con respecto de la temática del texto.
( Smith, 1983).
La
forma en que cada individuo lea y comprenda un texto determinado dependerá
entonces de:
La etapa en que se encuentre en su proceso de construcción del conocimiento.
El
conocimiento previo que el sujeto tenga sobre el tema tratado en el texto.
La
competencia lingüística del sujeto. (**)
..................................
(*)
Sobre este punto debemos manifestar que el hombre es por naturaleza un ser
selectivo, esta actitud lo conduce o genera en él una tendencia hacia la
individualización de determinados actos, entre ellos y por lo hasta ahora
expuesto, el acto de leer, que pareciera ser por principio, un proceso
individual en todo ser humano que luego de comprenderse e internalizarse, se
comparte con otros, para reafirmar o modificar lo que la lectura ha comunicado.
(**) La
competencia lingüística está referida a las ideas que conforman la estructura
mental del individuo, su concepción del mundo. Esta competencia se expresará en
actos verbales o de hablas, donde el individuo demostrará o pondrá en ejecución
su "competencia lingüística".
La
comprensión del proceso de lectura exige el conocimiento previo de la forma
como el lector, el escritor y el texto contribuyen a dicho proceso, ya que esto
implica una serie de transacciones entre el lector y el texto.
En
estas transacciones el texto, que ha sido escrito por un autor específico y
donde se presenta un tema particular, es asumido por el lector de una manera
individual, otorgándole valores singulares que traen como consecuencia una
reelaboración del discurso escritural y por tanto, la existencia de la obra en
la vida del lector de forma individual y única. Por ello, la obra literaria,
sea esta un cuento, novela o poesía es Una
y Múltiple. Esto es, ha sido
creada por un artista con un tema particular, pero el lector la continúa
incorporándola a sus vivencias (*).
En este
sentido el texto de lectura debe verse como una obra literaria con existencia
propia: ella existe por sí sola y a partir de nuestra relación con lo que ella
expresa. Por ello, cuando se establece la relación comunicativa entre
lector-escritor, el texto es el medio que posibilita el acto del diálogo, que
no es más que dos monólogos (silencios) que se funden.
En un
sentido más amplio debemos indicar que el hombre procede de un monólogo, un
hablarse a sí mismo y quien se dirige inevitablemente al
Otro (Lacan, 1966) para iniciar un diálogo. El diálogo es
un monólogo que se intercambia y es precisamente en esa proximidad, ese rozarse
las puntas de los dedos, donde se instaura lo dialógico, eso nombrado
comunicable: bordes de un acontecer monológico.
Heidegger (1958), menciona que el diálogo y su
unidad es portador de nuestra existencia (Dasein). Unidad
esta aquí referida a lo Uno y
Primigenio del habla: el ser que
monologa en y
con nosotros.
El
tiempo que soporta el diálogo acumula la temporalidad (gramaticalidad) del
hombre histórico reducido a un pasado, presente y futuro que lo transforma en
prisionero de su mundo. Lo monológico carece de tiempo, si lo hay es ese
illo tempore (Había una vez...)
donde el eterno presente es un devenir de acontecimientos que se suceden unos a
otros en una ahistoricidad (mítico-simbólica) que deslumbra y desarraiga, nos
atrapa en su silente abismo.
El
yo del sujeto que dialogiza está
encadenado al círculo tempo-espacial, la verbalidad detrás de la cual palpita
amordazado el ser monológico.
.....................
(*) Al
decir de Foucault, (1977) y en referencia al enunciado en un juego discursivo:
Dos personas pueden decir a la vez la misma cosa y como son dos habrá dos
enunciados distintos. Un único sujeto puede repetir varias veces la misma
frase, y habrá otras tantas enunciaciones distintas en el tiempo. La
enunciación es un acontecimiento que no se repite; posee una singularidad
situada y fechada que no se puede reducir.
Convencional por definición, ajena a nuestras exigencias imperiosas, la palabra
está vacía, extenuada, sin contacto con nuestras profundidades no hay ninguna
que emane o descienda de ella.
(Cioran, 1977).
Por
ello la palabra escrita (la literatura dirigida a niños) tendrá que transcurrir
en un nombrar lo esencial. La palabra, toda palabra se asume entonces como una
revelación, un compromiso con la existencia: asombro y lucidez.
El acto
comunicativo monológico es una relación profunda de amor en libertad del
individuo con su ser. Merced a esto el hombre se reconoce naturaleza integrada,
identidad consciente de sí y
para sí y quien busca expresar su
reflejo para con los otros.
Cierta
vez, mientras dictaba un curso sobre Literatura Latinoamericana, una de mis
alumnas, una señora de cerca de setenta años y maestra de escuela, después de
haber estado analizando el libro Cien años de Soledad, de Gabriel García
Márquez, me confesó que ella hacía cerca de quince años que lo había leído y
ahora, mientras de nuevo lo releía, de repente se acordó que la primera vez que
lo leyó fue mientras su madre estaba hospitalizada. Rápidamente recordó la
parte que leía para ese entonces: era el pueblo y las matas de plátanos.
Intentó volver a leer ese pasaje y encontrar esas matas pero cuando llegó a la
lectura... las matas de plátano habían cambiado. Eran otras. También su madre
había muerto.
La
lectura de un texto es un acontecimiento único e irrepetible: sucede una vez.
Por eso aunque leamos muchas veces un mismo texto, siempre lo haremos por
primera vez. Son las circunstancias internas del lector y su vinculación con el
entorno quienes establecerán el acto dialógico que permitirá energizar la
apertura a una lectura posible.
Siempre
nuestra lectura de un libro cambia como cambia nuestra lectura del mundo y de
la vida. Por eso resulta tan necesario la vuelta constante al silencio
reflexivo que tanto el libro como la vida nos proporcionan.
En su
aparte sobre la Historia del Silencio, de su libro
La Metáfora y lo Sagrado, Murena
(1973) afirma que la palabra portadora de misterio
demanda una lectura lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de absorber
lo inconmensurable: pide relectura. Arquetipo son las escrituras de las
religiones, que invocan el fin de sí mismas, la restitución del secreto
fundamental. Arquetipo, también, las grandes obras de la literatura, aquellas
cuya esencia es poética, pues la metáfora, con su multivocidad, pluralidad de
sentidos, dice que está procurando decir lo indecible, el silencio.
Por
ello, en la enseñanza-aprendizaje de la obra literaria y específicamente en lo
que respecta a la literatura venezolana, los espacios de silencio son
importantes y necesarios para permitirle al neolector un acercamiento
individual al libro. No basta con el acercamiento analítico a nuestra
literatura nacional. Para garantizar la permanencia de nuestra literatura en la
población: su conocimiento y trascendencia como valor cultural, es urgente
formar un lector autónomo, capaz de apreciar la obra literaria venezolana a
través de un proceso de lectura que constantemente le permita contrastarse con
el texto e interiorizar aquellas experiencias significativas que muestra la
obra literaria nacional.
Reducir
la literatura venezolana al análisis literario aséptico para encontrar rasgos
estéticos que la vinculen con la literatura universal, apartando la promoción
de la literatura venezolana como fuente de placer estético y estudio integral
de la cultura venezolana, es mantener criterios mecanicistas que van en
detrimento del lector, restándole importancia a su condición de promotor
natural de la literatura venezolana.
Sobre
lo anterior se afirmará que en el proceso lector el lenguaje es tratado dentro
de un contexto funcional y relevante, donde el lector realiza una contribución
activa y significativa al texto literario, existiendo un enriquecimiento mutuo
entre texto y lector. La única manera de entender el lenguaje y comprender lo
impreso, es extrayendo su significado que es predicho por el lector en la
medida que va avanzando en su proceso lector.
Lo
objetivable en el proceso lector es aparente certeza discursiva que se soporta
en lo analítico de seres que intercambian mundos semánticos. Por eso
Witgenstein (1972) reduce la certeza a un juego del
lenguaje. La realidad viene interpretada a través de un
mediador, el lenguaje.
Para
nosotros el mundo existe a través del lenguaje y por el mundo en cuanto tal.
Intuimos e interpretamos significativamente los reflejos de los objetos, sus
sombras. Modelamos mundos de lectura y escritura a través de sus reflejos.
En
síntesis, la propuesta que se maneja actualmente es que los individuos aprendan
a leer leyendo, (Smith, 1983).
Por lo
tanto el objetivo de todo lector frente al texto escrito es lograr su cabal
comprensión. En la medida que pueda darse ese proceso interactivo de
comprensión, se afirmará que la persona pueda leer con autonomía o sea
considerada un lector independiente o fluente.
La
lectura es renovación constante de nuestras experiencias como seres humanos. En
su proceso existe una acción permanente del pensamiento y los sentidos en
procura de la comprensión lógica de los acontecimientos que se suceden.
Esa
comprensión lógica, esa manera de actuar reflexivamente a través del acto
silencioso que implica la lectura de un texto literario, es condición
indispensable para acceder al sentimiento y la acción de la libertad. Por ello
no es ninguna garantía saber que una constitución, leyes orgánicas, leyes,
normativos, reglamentos y disposiciones y procedimientos nos señalen hasta
dónde un Estado nos fija los límites de nuestra libertad, mientras desconocemos
el mundo y estamos relegados a un lenguaje nuclear (apofántico) de
sobrevivencia.
En este
sentido y como podemos apreciar en la sociedad actual y en la educación
nacional, nuestra literatura y con ello el referente obligado que perpetúa su
permanencia en el tiempo, el lector, no se considera importante ni se le da
valor como lector intelectualmente independiente, razón por lo que el Estado
venezolano otorga poco o ninguna importancia a la formación de lectores
reflexivos y conscientes que valoren la literatura nacional. Esto debería
llevarnos a considerar el cómo se está tratando y difundiendo en
los centros de enseñanza, nuestra literatura. Cuando se sabe que gran cantidad
de maestros y docentes del área de castellano y literatura presentan agudos
síntomas de desinterés, no sólo hacia la enseñanza-aprendizaje de la literatura
venezolana sino sobre todo aquello que esté relacionado con los procesos de
promoción de la lectura y escritura.
Finalmente quisiéramos indicar que se es libre porque se accede a un lenguaje
que nombra el mundo y determina en nosotros la condición humana de existir. La
sociedad donde nos desarrollemos, sus maneras de expresión institucionales,
como la Iglesia, la Educación y las pautas que regulan, a través de un contrato
social nuestras relaciones, sistematizan la conciencia objetiva en todo hombre
para considerarse ciudadano que existe por el lenguaje y que a través de la
lectura de la Obra literaria asume una conciencia para vivir y expresar su
libertad.
1)
[Juan
Guerrero]
Docente-investigador de La Universidad de Guayana, Venezuela. Candidato a
doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo-España.
Bibliografía
CIORAN, E.
(1977). Breviario de Podredumbre. Barcelona: Taurus.
ECHEVERRÍA, R. (1996). Ontología del lenguaje. Santiago de Chile:Dolmen.
FOUCAULT, M. (1977). La arqueología del saber. México: Siglo XXI.
HEIDEGGER, M. (1958). Arte y poesía. México: FCE.
LACAN, J. (1966). Ecrits. París: Seuil.
MURENA, H. (1973). La metáfora y lo sagrado. Buenos Aires: Tiempo
Nuevo.
SMITH, F. (1983). Comprensión de la lectura. México: Trillas.
WITGENSTEIN, L. (1981). Observaciones. México: Siglo XXI.
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Noviembre 30, 2002
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