De Euskadi al Caribe
¿Quién
les iba a decir a los puertorriqueños, perennemente a la greña por el “estatus”
político, que su modelo sería exportable? ¿Quién le habría podido decir a Luis
Muñoz Marín, el primer gobernador de la isla elegido por sus ciudadanos, a los
veintidós años de su muerte, que su invento, denostado por unos, defendido por
muchos, calificado como colonia en diversas latitudes, que la criatura
reviviría en... el País Vasco?
Lo que se creía
como una anomalía caribeña, surgida en el patrio trasero de los Estados Unidos
para sacarse de encima en 1952 la mala conciencia de haber mantenido a la isla
en un limbo colonial, se ha convertido de repente en una referencia para salir
del atolladero político del País Vasco. Sin embargo, la mención de “asociación
libre”, insertada por el Lehendakari en su insólito discurso del viernes 27 de
setiembre, parece ser la única semejanza creíble entre las realidades de Puerto
Rico y Euskadi.
Un invento
pragmático
El Estado Libre
Asociado (ELA), conocido en inglés como Commonwealth, una etiqueta de
connotaciones históricas con cierto toque británico, fue la fórmula mágica para
tener contentas a medias a todas las partes (menos la acérrima independentista,
claro está). Se procedía así a la segunda etapa que solamente en 1917 comenzó a
corregir el simple y llano estatus de ocupación de la isla por los
estadounidenses, como resultado de ser la torna por la guerra del 98 en Cuba.
Hasta 1917, curiosamente, Puerto Rico siguió poblada por los que técnicamente
podrían seguir siendo súbditos españoles, a los que no se había impuesto,
otorgado u ofrecido otra ciudadanía. Eran como los indígenas de las encomiendas
españolas.
En
1917 se les extendió, por la ley Jones ratificada por Wilson, sin apenas
consultarles, la ciudadanía norteamericana, pero manteniendo a la isla en una
situación entre colonia tradicional y territorio según las normas de
Washington. Aunque se suavizó el estatuto personal, la isla se asemejaba
entonces a un repartimiento de vieja tradición española, donde un gobernador
norteamericano hacía las funciones de corregidor. Como consecuencia, los
puertorriqueños entonces fueron sujetos al reclutamiento militar obligatorio y
su debut fue en la Primera Guerra Mundial. En 1948 Muñoz Marín, quien había
evolucionado pragmáticamente de un pasado independentista, se convirtió en el
primer gobernador elegido libremente por sus conciudadanos. En 1952 se forjó el
ELA.
Desde entonces, el
apoyo al ELA ha ido evolucionando desde el 60% de los años 60 (típicamente
expresado por los votantes del Partido Popular Democrático, de afinidad
demócrata en el contexto global norteamericano, fundado por Muñoz Marín), por
40% de exigencia de la estadidad (según los que apoyan al Partido Nuevo
Progresista, de inclinación republicana, y inspirado por Luis Ferré), a
aproximadamente
la
mitad para cada uno, según cómo se pregunte. Mientras, la demanda de la
independencia ha quedado reducida a unos grupos testimoniales como legado del
pensamiento de Albizu Campos. En el pasado, algunas facciones tuvieron
repercusiones sonoras, como cuando en 1950 intentaron asesinar en Washington al
presidente Truman, y en 1954 asaltaron el Congreso e hirieron a cinco de sus
miembros.
Puerto Rico se
rige por su propia constitución y una legislatura compuesta por el Senado de 27
escaños y una cámara baja de 51, ambas compuestas por miembros elegidos en una
combinación de jurisdicciones mayoritarias y proporcional. Los puertorriqueños
no pagan impuestos federales, y por lo tanto no pueden elegir al presidente de
los Estados Unidos (quien sí puede mandarlos a la guerra), pero sí los tributos
locales y el que financia la Seguridad Social. Para defender sus intereses en
Washington eligen a un representante residente que puede incluir en la
legislación federal con impacto en Puerto Rico, pero no votar.
La dificultad del cambio
El mayor
escollo para convertirse en un estado de la Unión, aparte de su autonomía
fiscal, es que el entramado constitucional de los Estados Unidos no permitiría
ciertos aspectos de la “autonomía” de Puerto Rico, como su especificidad
cultural (el español es idioma oficial) o su exteriorización en el mundo del
deporte, lo que transformaría el sistema norteamericano en uno de “federalismo
asimétrico”.
Diversos
aspectos de la anomalía puertorriqueña salen frecuentemente a la superficie y
se resisten a desaparecer. En cuando a la lealtad nacional, la más sonora
polémica estalló cuando el anterior gobernador Carlos Romero Barceló declaró
que su nación era la norteamericana, ante los que respaldan el ELA y los
independentistas respondieron que solamente tenían una nacionalidad, y ésa era
la puertorriqueña, distinta de la ciudadanía de los Estados Unidos, que
consideran simplemente como un atributo jurídico. Curiosamente, las dos
opiniones son compatibles, ya que la aceptación de la nacionalidad
norteamericana como propia se refiere a la adopción de una nación política de
opción (“francesa” o “norteamericana”), opuesta a la cultural romántica o
étnica (“alemana”).
Más intrigante
resultó la decisión de algunos independentistas en renunciar a la ciudadanía
estadounidenses ante cónsules norteamericanos en el exterior, con lo que
técnicamente se convertían en apátridas. Insólitamente, las autoridades
federales se abstenían de acción alguna y seguían reconociendo a los
renunciantes como ciudadanos. Curiosamente, los independentistas
puertorriqueños podían reclamar la ciudadanía española que tuvieron sus padres
o abuelos, sin haber nunca renunciado a la misma, ni siquiera al haber recibido
la norteamericana.
Polémicas
aparte, el mantenimiento de la identidad nacional sigue siendo objeto de
admiración y meditación sobre ese pueblo amable, ya que para algunos
independentistas “lo increíble no es que Puerto Rico pueda ser acusada de ser
una colonia”, sino que “lo increíble es que todavía haya puertorriqueños”.
En conclusión,
las semejanzas de este caso con el caso vasco son prácticamente nulas, pero la
referencia no deja de ser intrigante. Puede convertirse en objeto de
monografías académicas y columnas de opinión y análisis, como ésta, por
ejemplo, Pero, nada más.
1)
Joaquín Roy
es catedrático ‘Jean Monnet’ de integración europea en la Universidad de Miami
jroy@miami.edu
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Noviembre 11, 2002
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