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Cuando la Unión Europea (UE) adoptó el
euro como moneda común, se derribó uno de los dos pilares fundamentales de
la soberanía nacional de los Estados. El control del territorio mediante la
regulación de los mecanismos monetarios es paralelo al monopolio de la
fuerza por medio de la policía y los ejércitos. El euro no era una etapa
económica más. Solamente quedaba el sensible sector de las relaciones
exteriores y la defensa para que la UE tuviera un perfil definidamente
federal.
Hacia una unión
más profunda
La reciente
historia de la UE revela cambios impresionantes en el terreno económico y en el
político. El Acta Unica de 1986 completó el Mercado Común visionado por el
Tratado de Roma de 1957. El Tratado de Maastricht de 1992 convirtió la antigua
Comunidad Europea en Unión Europea.
Se usó la
imagen de los tres pilares para darle forma a la nueva estructura. El primero
estaba compuesto por las políticas comunes primordialmente económicas y
sociales. El segundo era ocupado por los asuntos de seguridad y defensa y el
tercero por los de orden interior, fiscal y de justicia.
Mientras
el tercer pilar está destinado a desaparecer a medida que más competencias son
“federalizadas”, el segundo se resiste. La UE eligió el compromiso. Se creó la
posición del Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC),
que se encomendó a Javier Solana (ex Secretario General de la OTAN), al que
también se nombró Secretario General del Consejo de la UE, el órgano decisorio
y legislativo compuesto por los ministros de los Estados. En la Comisión
Europea se racionalizaron las competencias exteriores (comercio, diplomacia,
ayuda, ampliación), y se encargaron a Chris Patten (alto dirigente del Partido
Conservador británico, y ex gobernador de Hong Kong).
Aunque el poder
fáctico de Solana es aparentemente superior, la realidad es que Patten quien
tiene el control de los fondos directamente asignados. La UE domina más del
tercio del comercio mundial y aporta más del 50% de los fondos asistenciales.
Pero Solana tiene la directa responsabilidad de coordinar la labor de un Estado
Mayor, un centenar de militares que están preparando la Fuerza de Reacción
Rápida.
En pleno debate
de la Convención que presentará un borrador de Constitución el año próximo, el
reto es dotar a UE de una faz exterior clara y coherente. Si a las posiciones
duales de Solana y Patten se añade que el Presidente de la Comisión (Romano
Prodi) teóricamente debiera actuar como una especie de primer ministro, y la
máxima representación de la UE es detentada semestralmente por el máximo
mandatario del país que detenta la presidencia, la complicación estructural es
preocupante.
Patten y/o Solana
Al
parecer, la dualidad supranacional (centrada en las competencias de la
Comisión) y la intergubernamental (monopolio del Consejo) continuará. De ahí
que se hayan sondeado pragmáticos esquemas, soluciones insólitos e innovadores,
e incluso utópicas ideas. Aparte de la creación de una presidencia efectiva por
cinco años, la propuesta más osada es la fusión de las posiciones de Patten y
Solana en una sola. Pero no soluciona el problema de dónde ubicarla. Unos
piensan que debiera estar en la Comisión y otros en el Consejo. Se sugiere que
Solana se convierta en miembro de la Comisión, sin voto, mientras Patten
pasaría a ser adjunto en el Consejo.
De
momento, el precario entramado se mantiene en pie gracias a la impecable
colaboración personal entre los dos mandatarios (un socialista español y un
‘tory’ británico), quienes han conseguido que las más que posibles fricciones
entre los dos entes (Comisión y Consejo) no envenenen el ambiente. Otra cosa
será cuando en 2004 ambos probablemente desaparezcan de la escena comunitaria.
De ahí que algunos recen por su continuidad.
Europa del
este o/y América Latina
La
reestructuración institucional está íntimamente ligada al dilema de las
prioridades geográficas. El reto de la ampliación de la UE, que llegará a
contar con casi 30 miembros en pocos años, convertirá a la entidad es más
europea oriental que nunca. Las necesidades de ayuda a los nuevos miembros
serán monumentales, y el presupuesto es, lamentablemente, limitado. Se teme que
la factura de la ampliación la pagará América Latina. Se entraría en un ciclo
novedoso en los intereses de la UE parecido al “desdén benigno”, la marca de la
política de los Estados Unidos cuando la región no merece atención.
Aunque los
dirigentes de la UE se esfuerzan por desmentirlo, los resultados de la reciente
cumbre Europeo-Latinoamérica son desalentadores. No conviene culpar a la UE de
la falta de progreso en los acuerdos con subregiones. En Europa se nota
cansancio por la falta de progreso en la integración latinoamericana. Ante la
inercia del CARICOM y la deriva de Centroamérica, los problemas políticos
económico-políticos de la zona andina, surge la crisis grave de MERCOSUR, la
única red latinoamericana que cuenta con la mínima semejanza a la UE.
De ahí que la
UE haya preferido cerrar acuerdos de libre comercio con países individuales,
como Chile y México. Simultáneamente, parece haber abandonado la obsesión de
antaño en imponer el modelo de integración profunda a nivel subregional. Para
Bruselas, la pelota está en el tejado latinoamericano.
Después de
todo, la atención política hacia América Latina no se corresponde con su baja
importancia comercial: solamente
el 4,8% de las importaciones de la UE proceden de América Latina, y apenas el
5,8% de las exportaciones europeas tienen como destino Latinoamérica.
Mientras, se opta por reconstruir el suburbio de la Europa del este.
1)
Joaquín Roy es catedrático ‘Jean
Monnet’ de estudios de la Unión Europea en la Universidad de Miami.
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Octubre 14, 2002
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