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Hace
seis años, cuando por primera vez pisé las calles de Santiago, la emoción
fue grande al detenerme frente a La Moneda y observar el histórico
balcón desde el cual tantas veces Salvador Allende, el “Compañero
Presidente”, saludó a su pueblo. Y fue grande la tristeza, e inmensa la
desazón, al comprobar cómo ese mismo pueblo que había sido capaz de elegir a
ese hombre que proponía la construcción del socialismo por una vía
democrática, se debatía entre romper cadenas, miedos y años de mentiras o
pactar con el olvido garantizándole la impunidad a los dictadores.
Volví a Santiago
en una fecha histórica, el 11 de setiembre, treinta años después del golpe
militar que acabó con el gobierno democrático y con la vida de quien, por su
dignidad, su actitud y su compromiso pagó así por mantenerse leal a su pueblo.
Volví invitado por
el Partido Socialista de Chile para participar de los actos de recordación de
aquella fecha y de un hecho simbólico pero de enorme contenido político: la
apertura de la puerta de la calle Morandé, en el Palacio de la Moneda, el lugar
por donde salió por última vez, ya muerto, el compañero Allende, mientras el
edificio aún ardía como resultado del criminal bombardeo de la aviación
golpista. A la hora de la reconstrucción la dictadura había anulado la puerta
de Morandé 80, como había intentado anular la memoria de los chilenos y en
algunos sectores lo logró.
Las
jornadas vividas en Santiago estuvieron cargadas de emotividad. El Patio de los
Naranjos de La Moneda se colmó de invitados que vieron a través de una pantalla
gigante cuando el presidente Ricardo Lagos hacía su entrada por la histórica
puerta, mientras la Orquesta Filarmónica de Santiago y un coro exquisito
interpretaban la cantata sobre el drama de Abel y Caín, una parábola para nada
subliminal sobre la historia reciente de Chile. Lo único fuera de lugar fue el
discurso del presidente Lagos, una pobre pieza digna del olvido, en la que se
rehusó a poner la verdad como eje y pretendió construir puentes entre el pueblo
y sus asesinos.
Luego fue el turno
del homenaje en el cementerio de Santiago, donde frente al mausoleo que
recuerda al presidente socialista unos mil invitados participamos del acto
recordatorio organizado por el Partido Socialista. Desde mi sitio, entre Isabel
Allende -hija del Compañero Presidente y actual presidenta de la Cámara de
Diputados- y el joven diputado socialista Orlando Lethelier -hijo del canciller
de Allende, asesinado en Washigton por los comandos de la dictadura-, sentí una
profunda emoción al ver cómo se escapaban lágrimas de los ojos de Isabel, que a
treinta años y después de haber vivido hechos similares a través del tiempo, no
pudo contenerse ante el recuerdo de su padre, rodeada por cientos de compañeros
que nos despedíamos del lugar cantando la mítica Venceremos. Las palabras del
presidente del PS, Gonzalo Martner, en el cierre del homenaje, quedarán
imborrables en el recuerdo de todos: “No hay mañana sin ayer para renacer en
primavera”.
La jornada
continuó en la Plaza de la Constitución, donde los partidos que conformaron lo
que fue la Unidad Popular reunieron a un número de participantes nunca
registrado en actos de estas características. Y donde brillaban por su ausencia
los dirigentes de la Democracia Cristiana, actual aliada del PS en el gobierno,
ausentes también durante la apertura de la puerta de Morandé 80, al mediodía en
el cementerio y a la noche en el Estadio Nacional. Ausentes siempre, con
declaraciones en contra de todos y cada uno de los actos de recordación. Ante
la evidencia, muchos nos preguntamos si Lagos no está hoy durmiendo con el
enemigo, con los enemigos de Allende y del pueblo chileno, aquellos que como
Eduardo Frei (padre) y Patricio Aylwin fueron los abanderados civiles del golpe
de Estado. Pese a ello, el marco y la presencia y la voz de Silvio Rodríguez
entonando el “Te Recuerdo Amanda” de Víctor Jara, eran sensaciones que se
disfrutaban mas allá de las contradicciones que empezaban a hacerse palpables.
Fuimos muchos los que agradecíamos por poder estar presentes allí, en el lugar
exacto y a la hora justa.
De noche, el
Estadio Nacional -centro de tortura y detención en aquella triste primavera
chilena del 73- fue el punto de reunión de las organizaciones de familiares o
ex presos políticos, que rodearon el perímetro enrejado del ahora Estadio
Víctor Jara con un largo camino de 3.000 velas, una por cada desaparecido,
quebrando la oscuridad. Vale apuntar un dato que no es menor: los tres actos
donde estuvimos presentes fueron cerrados por poetas con sus versos
referenciales a aquel 11, un hecho justo en estas tierras de inolvidables
poetas (Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Neruda, Huidobro, Alegría).
Ese día terminó
con el cansancio y la vuelta en la cálida noche santiaguina, haciendo a pie
algunas cuadras como para ayudar a bajar el salmón, los mariscos y ese vino
inconfundible de la tierra chilena. Mientras, conversábamos con el presidente
del Partido Socialista uruguayo y senador del FA-EP ( Reynaldo Gargano), con
el compañero Secretario General de la UGT española (Cándido Méndez), con el
senador socialista y vicepresidente del PS chileno (Jaime Gazmuri). Y la
política dio lugar al deporte y a las campañas de los cuatro grandes del fútbol
mundial: Vélez Sarfield, Peñarol, Colo-Colo y el Real Madrid. Antes de cerrar
los ojos y entregarnos al sueño recordé cómo, treinta años antes, otro 11 de
setiembre de cuando era un pibe de 12 años, estando en la plaza del barrio
alguien trajo la noticia del golpe militar en Chile y de la muerte de ese
presidente que era socialista, como el Viejo y el Abuelo; cómo diez años
después, en alguna visita al exilio de la Tía , llegó a nuestras manos un
cassette pirata con las últimas palabras de Salvador Allende en una grabación
entrecortada de Radio Magallanes.
Entonces, el Compañero Presidente daba su última lección:
“Compatriotas:
”Es posible que
silencien las radios, y me despido de ustedes. Quizás sea
ésta la última oportunidad
en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza
Aérea ha bombardeado las
torres de Radio Portales y Radio
Corporación.
”Mis palabras
no tienen amargura, sino decepción y serán ellas el castigo
moral para los que han
traicionado el juramento que hicieron, soldados de
Chile, comandantes en
jefes titulares, el Almirante Merino, que se ha
autoproclamado, el general
Mendoza, general rastrero que sólo ayer
manifestara su
solidaridad, también se ha denominado Director General de
Carabineros.
”Ante estos
hechos sólo me cabe decirle a los trabajadores: Yo no voy a
renunciar. Colocado en un
trance histórico pagaré con mi vida la lealtad del
pueblo. Y les digo que
tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a
la conciencia digna de
miles y miles de chilenos no podrá ser segada
definitivamente.
”En nombre de
los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la patria,
los llamo a ustedes para
que tengan fe. La historia no se detiene ni con la
represión ni con el
crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un
momento duro y difícil. Es
posible que nos aplasten, pero el mañana será del
pueblo, será de los
trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de
una vida mejor.
”Trabajadores
de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre
tuvieron, la confianza que
depositaron en un hombre que sólo fue intérprete
de grandes anhelos de
justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la
Constitución y la Ley, y
así lo hizo.
”Es éste el
momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a
ustedes. Espero que
aprovechen la
lección.
El capital foráneo, el
imperialismo unido a la
reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas
rompieran su
tradición, la que señaló Schneider y reafirmara el comandante
Araya, víctimas del mismo
sector
social que hoy estará en sus casas
esperando con mano ajena
conquistar el poder para seguir
defendiendo sus
granjerías y sus
privilegios.
”Me dirijo,
sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina
que creyó en nosotros, a
la
obrera
que trabajó más, a la madre que supo de
nuestra preocupación por
los niños.
”Me dirijo a
los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a
los que hace días están
trabajando contra la sedición auspiciada por los
colegios profesionales,
colegios de clase para defender también las ventajas
de una sociedad
capitalista.
”Me dirijo a
la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y
su espíritu de lucha.
”Me dirijo al
hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a
aquellos que serán
perseguidos,
porque
en nuestro país el fascismo ya estuvo
hace muchas horas
presente, en los atentados terroristas, volando los
puentes, cortando las vías
férreas, destruyendo los oleoductos y los
gaseoductos, frente al
silencio de los que tenían la obligación de proceder.
Estaban comprometidos. La
historia los juzgará.
”Seguramente
radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no
llegará a ustedes. No
importa,
me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a
ustedes, por lo menos mi
recuerdo será el de un hombre digno que fue leal
con la patria.
”El pueblo
debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse
arrasar ni acribillar,
pero
tampoco debe
humillarse.
”Trabajadores
de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros
hombres este momento gris
y amargo, donde la traición pretende imponerse.
Sigan ustedes sabiendo
que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las
grandes alamedas por donde
pase el hombre libre para construir una sociedad
mejor.
”¡Viva Chile,
viva el pueblo, vivan los trabajadores!
”Estas son mis
últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no
será en vano. Tengo la
certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral
que castigará la felonía,
la cobardía y la traición”.
El viernes 12
comenzó con la visión de los Andes nevados desde la ventana de la habitación
del hotel y la sorpresa de las tapas de los diarios, en las que competían la
foto de Lagos entrando por Morandé 80 y la del dictador Pinochet en el acto de
los golpistas recordando también su 11. Los medios jugaron su juego para meter
su cuña en esta sociedad que todavía no ganó el debate por la libertad.
En
el camino hacia el Centro de Convenciones pude darme el gusto de caminar por el
medio de la amplia Alameda hasta sentirme, casi, parte del discurso de Allende
que hoy se ha hecho símbolo en su lápida-monumento, en los posters, en los
libros. En el Centro de Convenciones -donde estaba invitado a participar del
seminario “Salvador Allende, orgullo socialista, orgullo de Chile”, para
exponer sobre concertación social, flexibilidad laboral y empleo digno-, pude
conversar con la ministra de Defensa, Michelle Bachelet, simpática ella al
explicar cómo había sido su nombramiento en un cargo en el que debe lidiar nada
menos que con los militares chilenos que mamaron la doctrina del golpismo. “Fue
un gesto muy valiente del presidente”, dijo, a lo cual respondí que la valentía
era de ella, por haber aceptarlo semejante
responsabilidad.
Haberme convertido
en el repartidor del periódico de la CTA me sirvió, sin proponérmelo, de carta
de presentación y para explicar, en parte, cuál era nuestra postura como
central sobre la flexibilización y el empleo digno. Como explicar en pocas
palabras que en nuestro país la flexibilización es una constante y que el
empleo digno es un hecho del pasado; que la pobreza y la desocupación son
funcionales al modelo económico imperante. Que ante esa realidad debemos volcar
nuestros esfuerzos en lograr una redistribución para que el 20% de la población
no siga concentrando el 80% de la riqueza. En ese sentido, el seguro de empleo
y formación, impulsado por la CTA, es una respuesta concreta al déficit laboral
en Argentina, lo que me ayudó a sintetizar nuestra propuesta.
Antes de terminar
la jornada y participar del acto de cierre en el que hablaron el secretario
general del PS, Arturo Barrios -un joven de 32 años que confirma el proceso de
renovación generacional del partido-, su presidente, el presidente del PT
brasileño, José Genoíno, y la primera dama y senadora argentina Cristina
Fernández -recibida con una ovación, quizás provocada más por su apretado
pantalón rojo que por motivos políticos o ideológicos, lo que demuestra el
grado de preferencias y gustos de los compañeros chilenos-, corrí a darle la
última mirada al cuadro que cuelga en el salón de ingreso al palacio, una tela
donde se ve a Salvador Allende saludando desde el histórico balcón y,
enfrentado a él, el balcón vacío y bombardeado. La sorpresa fue grande. Pese a
todo, la memoria es más fuerte que las intenciones de borrarla, aun en este
Chile.
En una próxima
visita, próxima o lejana, podré comprobar la dimensión simbólica que asumirá
esa puerta donde las manos anónimas ya empezaron a dejar flores, cartas, fotos,
mensajes. Una de esas cartas, dirigida al “Presidente Allende”, decía -como
justificación del pasado y apuesta al presente- que “el 11 de setiembre de 1973
tenía apenas 11 años y mi familia estaba feliz por el golpe militar y yo
también me sentía contenta, sin entender demasiado lo que pasaba. Hoy 11 de
setiembre de 2003, treinta años después y frente a Morandé 80, lugar por donde
salieron tus restos, te pido perdón por la alegría que sentí en el pasado”.
Firma: “Quien te admira y piensa que el sueño aún existe”. Otra, firmada por
Juan Maino Canales, un detenido-desaparecido: “Que esta puerta no se cierre
nunca”. Y otra, apenas garabateada: “Aquí estoy, junto al presidente Allende”.
Las flores dejadas allí por el MIR, los GAP, los sindicatos, la Juventud
Socialista se agregan y están convirtiendo a esa calle y a esa puerta en algo
así como un santuario laico.
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Octubre 12, 2003
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