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Desde
el 11 de septiembre, ningún asunto público ha captado nuestra atención
tan firmemente como el de la seguridad nacional, y con razón. Los ataques
de ese día fueron un brutal recordatorio del peligro que los hombres
malvados significan para las sociedades abiertas y democráticas, del valor
de nuestra manera de vivir y de la necesidad de nuestro liderazgo en el
mundo. Nuestra primera guerra del siglo XXI es típica de nuestros tiempos.
Nuestro enemigo no es un estado rival poderoso, sino una mortífera
combinación de redes criminales transnacionales y organizaciones
terroristas dedicadas a derrocar gobiernos y el orden internacional, que
tienen los recursos y la voluntad de provocar destrozos terribles.
Desafortunadamente esa combinación no es única. Hoy, muchos desafíos
a nuestros valores e intereses surgen de esas combinaciones, incluso aquí
en nuestro hemisferio.
Las traficantes de narcóticos y los terroristas están librando una malvada
campaña de violencia política en Colombia, que mata a 3.000 personas cada
año.
Los
tres grupos terroristas en Colombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las
Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), no son movimientos populares.
No representan fuerzas en favor del progreso social. Buscan el poder, el
control del territorio y los dólares del tráfico de drogas ilícitas que
resultan de ello. Sus tácticas -- asesinato, bombazos, secuestro y
asesinato -- demuestran sus verdaderos motivos. El pueblo y el gobierno
democráticamente elegido de Colombia son sus objetivos.
Este es un momento decisivo en la historia de Colombia y del Hemisferio
Occidental. Colombia es un convulsionado país en una parte del mundo donde
las repúblicas democráticas luchan para superar el legado de la pobreza,
el estatismo y el autoritarismo. Hace 20 años apenas una cuarta
parte del pueblo gozaba en América Latina del régimen democrático. Hoy
toda América Latina tiene gobierno democrático, con excepción de Cuba.
Las ideas de libertad e igualdad han comenzado a ponerse en práctica a través
de la democracia y los mercados en todo nuestro hemisferio. Es un
acontecimiento bienvenido, que contiene enormes posibilidades para todos
nosotros, aunque el final de esta histórica evolución no es una conclusión
prestablecida. En algunos países la transición a la democracia está
dificultada por conflictos latentes y por la oposición al progreso. En
Colombia la oposición es mortífera. Los 40 millones de colombianos
merecen vivir libres del terror y tener la oportunidad de participar
plenamente en la nueva comunidad democrática de los estados
americanos. Sirve nuestro propio interés ver que puedan lograrlo.
Los problemas de Colombia se irradian hacia afuera, llegando incluso a
nuestras playas. Colombia es la tercera nación más poblada de América
Latina. Su economía es parte integral de la región, y la prosperidad de la
región es importante para la nuestra propia.
Estados Unidos le vende a América Latina y al Caribe más que a la Unión
Europea. Nosotros le vendemos más al Mercado Común del Cono Sur
(MERCOSUR) que a China. América Latina y el Caribe son nuestro
mercado de exportaciones de más rápido crecimiento. Lo que es igualmente
importante, necesitamos asociados fuertes en el hemisferio para suprimir la
migración ilegal, el tráfico de drogas ilícitas y el terrorismo. Sólo
los gobiernos democráticos prósperos y estables pueden aportar la
cooperación que precisamos.
La frustración deliberada, por parte de las FARC, del proceso de paz y el
reinicio de la campaña de terrorismo, esta vez con el asesinato de alcaldes
rurales y atentados con bombas en la capital, ha obligado al gobierno de
Colombia a solicitar la ampliación de ayuda por parte de Estados Unidos. Al
reconocer que nuestros intereses en el éxito de la democracia colombiana
son grandes, el presidente Bush pidió al Congreso autorizarnos a dar ayuda
militar y de inteligencia al gobierno colombiano para su guerra contra el
terrorismo.
Colombia puede derrotar a los terroristas, pero necesita ayuda de sus amigos
para conseguirlo.
A pesar de la violencia y la intimidación para alejar al pueblo colombiano
de las urnas, el futuro presidente de Colombia, Álvaro Uribe, ganó una
victoria electoral en la primera ronda, algo sin precedentes, haciendo campaña
con un programa para terminar la corrupción, respetar los derechos humanos,
crear puestos de trabajo, fomentar el crecimiento y combatir a los
terroristas. El señor Uribe comprende la necesidad de contar con una
estrategia social, económica y militar para ganar esta guerra.
Colombia no quiere o no necesita tropas de Estados Unidos, pero sí necesita
entrenamiento, armamento, equipos e inteligencia para aplicar con éxito una
estrategia militar.
Nuestro liderazgo es determinante para el éxito y la prosperidad de las repúblicas
democráticas en nuestra región. No podemos permitir a los criminales
y terroristas amenazar a nuestros amigos y vecinos. Si los 800 millones de
personas en las Américas van a lograr concretar la promesa y el potencial
de este hemisferio vasto y pleno de recursos, Estados Unidos debe trabajar
con sus asociados y aliados para ampliar y fortalecer la democracia en la
comunidad americana. Nuestros valores, nuestra seguridad y el futuro de
nuestro hemisferio están ligados a la victoria de Colombia en su guerra
contra el terrorismo.
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Julio
22, 2002
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