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Jaime
Sabines padeció un conflicto perenne con su mismidad. En una ocasión dijo
que a él le hubiera gustado representar a Pancho Villa o a Lucio Blanco y
no a Jaime Sabines. Lo mismo en su rol de poeta: prefería ser un simple
peatón que poeta.
Para
Sabines la poesía es un “acto gratuito, un misterio tremendo al que hemos
buscado durante años en nuestra juventud, en ese encuentro tremendo de las
palabras con el misterio de la vida. La poesía es un suceso, un acontecimiento, una
ocurrencia de todos los días”.
Sabines
no creía en los poetas de la vocación, sino en los poetas del destino,
porque la poesía es como una maldición o como una bendición “que nos
salva del diario morir”.
La
soledad, uno de los temas recurrentes de Sabines tiene su origen en el hecho
de que todos estamos tremendamente solos. “Vivimos una gran soledad, y la
poesía como un gesto amoroso, es un puente que tendemos entre una isla y
otra isla. La isla de Sara, la isla de Jaime; un puente entre nuestras
propias vidas. La poesía no es más que un puente que tendemos entre una
soledad y otra”.
DEL
PAPEL DE LA POESÍA
La
poesía es un medio de comunicación, una manera de contacto humano. Uno
escribe para los demás no para uno mismo delante del espejo, sentenciaba
Sabines. Durante siglos, explicaba el escritor, todos los poetas han tratado
de definir qué es la poesía. La poesía es indefinible por naturaleza. Sólo
se puede hablar de ella como una aproximación. Para Sabines es el retrato,
el testimonio de la vida. Su vida. Eso hacía Sabines: retratarla en el
momento preciso en se conectaba con los demás. Hablar del amor o del dolor,
de la muerte, de la angustia… de la soledad. De ahí que
la poesía sea un testimonio, el retrato de una emoción más que de
una idea. Estaba en contra de idealizar la poesía porque se corre el riesgo
de hacer tratados de filosofía. La poesía es intentar; tratar de contagiar
una emoción.
Jaime
Sabines desdeñó a los poetas que se enamoran de las palabras y juegan con
ellas. No obstante, reconocía que la poesía es un problema de palabras. No
se puede hacer poesía con los pies, por lo que se debe aspirar a tener las
menos palabras posibles para comunicar las emociones más auténticas del
hombre. “El poema se da muchas veces gratuitamente. Es como un don que
crece entre nosotros, que sale, aflora”.
En
ocasiones -decía Sabines- me di cuenta que el poema no fue construido, sino
entregado gratuitamente. Casi nunca reescribía el poema, siempre le salían
las palabras a flor de piel. “El poema salía como el fruto; el durazno da
durazno, el peral da peras, así de esta manera gratuita, de un don, de un
milagro fluye la magia del poema”.El verdadero poema se entrega
de forma tal que este deja de pertenecer al autor. Cuando llego a
releer el poema, afirmaba Sabines, me doy cuenta de que no sé quien lo
hizo.
En
relación al trabajo de la poesía para el escritor chiapaneco es un oficio,
pero debe haber la voluntad del poeta. “El poema nace, pero además se
hace, por eso el poeta tiene que hacerse, conocer el instrumento de su
trabajo: el idioma. Y además tiene que aplicarlo. Hacer poesía es como
aprender a nadar. Te tienes que meter al agua y nadar todos los días para
aprender a ser buen atleta, asentaba el poeta. Para él el oficio de
escritor se aprende escribiendo y escribiendo y desde luego leyendo a mucha
gente, escuchando a otra, investigando algunas cosas. Pero sobre todo
escribiendo.
¿Quiénes
influyeron en el poeta? De los 17 a los 19 años tuvo influencias marcadas
de Pablo Neruda, también las tuvo de Gabriel García Márquez, de Juan Ramón
López Velarde y de Rafael Alberti, aunque sólo fueron pasajeras. Fue con Horal
cuando descubrió que ya tenía una voz propia y que sería su voz en
adelante.. Posteriormente reconoce influencias, pero de estilo o de carácter
moral o espiritual. Dos autores que le transformaron su visión fueron
Aldoux Huxley con su Filosofía
perenne y James Joyce, quien con su Ulises
lo “golpeó como si lo voltearan como calcetín”. Ese autor, aunque
no lo influyó literariamente, le dio un resplandor de vida, de excelsitud o
generosidad de la vida, confesó Sabines.
No
obstante, la influencia más profunda de
Sabines provino de su padre el Mayor Sabines. Cuando niño, este les leía
diariamente Cantar del Mío Cid y Las mil
y una noches, a pesar de que era un hombre inculto, hombre de la
vida real, un revolucionario.
NO
ERA AMANTE DE REESCRIBIR SUS POEMAS
El
Poema se da o no se da en el momento que se escribe, aunque esta regla no la
consigna Sabines cómo fórmula. De hecho reconoció que algunos de sus
amigos escribían un poema y luego se encerraban y lo reescribían veinte
veces; eso también es legítimo. Pero el autor chiapaneco prefería
borrarlos o eliminarlos si no le gustaban. Por cada libro que publicó hay
una serie de poemas que se guardó; sólo la quinta parte de lo escrito fue
publicado, lo cual refleja la rigurosidad y la exigencia del escritor.
Un
poema, expresaba, no se puede volver a escribir. Su dialéctica le decía
que la poesía encierra un concepto determinado en el tiempo. “Uno es
distinto de hoy a mañana; cada día se es una persona distinta”. Y porque
la poesía toma precisamente un instante de vida, entonces al otro día ya
no tienes derecho a meterte con él, reconocía el poeta. Sabines escribía
el poema de una “sentada” y si salió, salió.
DE
LOS AMOROSOS
Uno
de los poemas más reconocidos y recitados, Los
amorosos fue escrito en 1949. Sabines observaría que ese poema
fue, en cierta forma, un vaticinio de de los temas esenciales de sus poesía:
el amor, la soledad, la presencia de la muerte y el amor
a la vida fundamentalmente. Ya en los amorosos aparecen los trenes
que se despiden, los gallos en la madrugada, la soledad, la angustia, el
hecho de que el amor no puede ser permanente sino frágil; los alacranes en
las sábanas, la sabana que flota como sobre un lago, temas que se
reconcentran en la soledad, hablan de la soledad del hombre y de su amor. De
ese amor que tiene que ser renovado perpetuamente a través de una mujer y
de otra, a través de un hijo y de otro, de una soledad y otra.
De
porqué registra el dolor y no la alegría lo explicó así: El dolor humano
es contagiable, se contagia el dolor con la mayor prontitud. Si veo llorar a
una persona, decía el poeta, las lágrimas son de lo más contagioso del
mundo. Pero en cambio si es la alegría, el gozo de vivir es mucho más difícil
de expresarlo. Pocos artistas, músicos o pintores han contagiado la alegría.
En la poesía es mucho más difícil de contagiar la alegría, porque la
alegría es casi exclusiva, cerrada y permanente de nosotros. “En cambio
el dolor es un hilo que nos ensarta a todos”.
EL
FINAL
Poco
Antes de morir, Sabines había percibido ya la presencia de la muerte, la
sentía cerca. Se dio cuenta de ello al escribir los siguientes versos:
“Yo,
yo, yo, yo, el más amado,
el elegido de mi corazón,
el solitario, el fuerte porque he
representado fielmente
el papel del hombre y he ascendido
la cuenta biológica
desde la dulce infancia
irrepetible hasta el cañón del eco
de la vejez,
donde ya empiezo a gritar mi nombre.
Tendré que dejar, con dolor,
Con dolor, dejar el mundo,
Dejar el mundo. Ah, dejar,
Dejar, dejar el mundo”.
Y
Sabines se dio cuenta de ello y gritó desesperadamente: “No, yo amo la
vida”. Pero no escapó a su destino y se fue dejando esta hermosa vida.
Junio
03, 2002
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