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El
Síndrome de la Abuela Esclava es un problema
sanitario y social muy frecuente y grave en mujeres adultas,
potencialmente mortal, a veces por suicidio. En los siguientes párrafos se
resumen el perfil y proceso de génesis de una "abuela esclava",
así como el papel que todos los ciudadanos podemos desempeñar para su
erradicación.
A. El Origen
En
origen una "abuela esclava" es una mujer adulta con
responsabilidades directas de ama de casa, voluntariamente asumidas con
agrado, que, por razones educacionales y psicológicas, tiene un
extraordinario sentido del orden, la responsabilidad, la dignidad y el
pudor.
Con
tan magníficas virtudes es natural que, durante muchos años, estas mujeres
han sido extraordinarias hijas, amas de casa, madres y esposas.
Se
hicieron abuelas sin darse cuenta, estando en la flor de la vida, fuertes,
sanas, incluso bellas. Con agrado asumen la crianza y cuidado de los nietos,
como si volvieran a ser madres por segunda vez, pero con un carácter aún más
placentero, gratificante y cariñoso.
B.
El Tiempo
Pasan
los años sin darse nadie cuenta.
Las
cargas y el estrés familiares se multiplican:
Más
yernos y nueras, a veces dupli o triplicados por divorcios, separaciones y
todo tipo de emparejamientos.
Los
nietos crecen, así como sus necesidades y las responsabilidades de quien
los tutela en la práctica diaria.
Los
nietos y sus padres con frecuencia traen a familiares y amigos para que
gocen de la hospitalidad de la envidiable abuela.
Para
colmo un hermano que enferma o se separa y hay que echarle una mano, y a
veces unos padres o tíos queridos que aún viven, y que, aunque los nietos
ya se encargaron de ingresarlos en una residencia, la hija o sobrina (la
abuela esclava) todavía debe de visitarlos al menos de vez en cuando.
La
capacidad física y emocional de la abuela también se resiente al paso de
las hojas del almanaque. A veces una enfermedad asociada merma aún más sus
fuerzas.
C. El Desequilibrio
Llega
un momento en que las capacidades y la voluntad de la abuela no son
suficientes para cumplir con las tareas que desde hace años está desempeñando.
Pero
no renuncia a ellas.
Se
produce un desequilibrio.
Si
no se pone oportuno remedio se genera una nueva abuela esclava.
Una
más, entre millares.
D.
Inexpresividad y Ceguera
Ni
la abuela ni sus hijos se dan cuenta, con suficiente clarividencia, de lo
que está ocurriendo.
Solo
creen, o quieren creer, que la ligera hipertensión o la trivial diabetes o
la ansiedad que se le ha metido a la abuela son la causa de que ésta, en
los últimos meses, haya perdido la alegría de vivir, se sienta mal y
empiece con achaques: pinchazos por el pecho, malestar indefinido, dolores,
flojeras, mareos, etc.
La
abuela acude reiteradamente a médicos y servicios de urgencia, contando sus
achaques, pero sin desvelar claramente el tipo de estrés a que está
sometida.
Si
tiene enfermedades orgánicas no responden adecuadamente a los tratamientos
convencionales. Si no tiene enfermedades orgánicas, los ansiolíticos,
vitaminas, psicoterapias, quiromancias y esoterismos no solo no la mejoran
sino que en general la agravan.
Los
ingresos de varios días en el Hospital, las estancias en hoteles con grupos
de jubilados afines, o la permanencia como huésped (de descanso) en casas
de familiares le mejoran extraordinariamente.
Los
síntomas reaparecen al reasumir las tareas habituales.
Razones
educacionales y psicológicas le impiden pedir auxilio con suficiente
expresividad.
Está
frustrada porque sus hijos están ciegos ante la situación, y no la
entienden ni siquiera cuando ella, tímidamente, intenta expresarse.
Teme
especialmente a la Ley del Todo a la Nada. Sus hijos pueden reaccionar
exageradamente diciéndole: "No te preocupes, si estás malita no te
traeremos a los nietos, para que no te molesten". La interrupción drástica,
brutal, del contacto gratificante con los nietos, para este tipo de abuela,
es peor que morir.
E. La Sinrazón
Se
auto inculpa: Ya no sirve para nada, y cada día será peor.
Tras
la incomprensión de sus seres más queridos, a los que ama en forma
indescriptible, empieza a vislumbrar recelos, reproches, a veces sorna y
desamor.
¿Quizás
mañana el desprecio? En ese punto le asalta un pensamiento fijo
autodestructivo.
La
pobre loca de amor familiar llega a creer que la única manera de descansar
definitivamente será dejando este ingrato mundo.
En
su desvarío está segura de que la familia será más feliz si se libera de
esa carga inútil en que ella cree haberse convertido.
¡Una
Luz, Dios, Una Luz!
Ojalá
alguno de los miembros de la unidad familiar se dé cuenta a tiempo de la
naturaleza del proceso y acierte a convencer a los demás parientes para
redistribuirse equitativamente las cargas excesivas de la abuela.
Entre
todos es fácil liberar a la abuela de las tareas que más le estresan:
todas aquellas que precisan cumplimiento en un tiempo fijo o que comportan
responsabilidades directas.
La
abuela debe seguir en el centro de la unidad familiar, con el máximo
contacto con los elementos más jóvenes. Ella será quizás la principal
fuente de amor para los nietos, que les permitirá crecer emocionalmente
saludables.
Pero
la abuela jamás debe sentirse responsable de la seguridad de sus nietos.
Prevenir e impedir los accidentes domésticos debe ser tarea asignada y
asumida por otras personas más jóvenes.
Y
nosotros, ¿qué pintamos en este entorno?
Siendo
una enfermedad muy frecuente y grave, que puede provocar la muerte, incluso
por suicidio, tiene la particularidad de que su completa curación
generalmente está en manos de los familiares más queridos de la paciente.
Lástima
que suelen estar ciegos, ciegos, cegatos.
En
algunos desgraciados casos no hay ninguna posibilidad factible familiar de
descargar a la abuela de sus cadenas, o, si la liberación se produce, es
sin el adecuado equilibrio y repartición de tareas, lo que da lugar a que,
antes o después, se generará una nueva abuela esclava en aquella persona
que hereda las cadenas de su antecesora.
Para
resolver estos últimos supuestos la Sociedad debe estar suficientemente
concienciada e informada del problema, para encontrarse en condiciones de
generar oportunamente una ayuda social familiar justa cuando el caso lo
requiera.
Para
conseguir este objetivo de difusión y concienciación, no solo de las
familias implicadas, sino también de la sociedad en general y de los
agentes sociales más activos en particular,
es imprescindible la colaboración de todos nosotros y de los medios
de comunicación.
Tengamos
en cuenta que si la abuela y sus familiares más íntimos ya estuviesen
alertados, concienciados y dispuestos a actuar, con toda seguridad ya habrían
solucionado el problema que les incumbe. Desgraciadamente seguimos
conociendo demasiados casos donde no ocurre así.
En
sociedad, armónicamente, unos a otros deberíamos abrirnos adecuadamente
los ojos, con delicadeza pero sin paralizante pudor, y no sorprendernos de
que todos nosotros, nosotros, nosotros mismos, los humanos, con frecuencia
vemos antes la mota depositada en el ojo ajeno que la viga introducida en el
nuestro propio.
El
más eficaz agente sanitario para acabar con esta plaga de nuestro siglo XXI
puede ser justamente usted, amigo o familiar, generalmente algo lejano, de
la esclava, que conoce bien el problema y lo puede enjuiciar más
objetivamente que los propios miembros del núcleo familiar.
Si
conoce uno o más casos de abuela esclava lo debería comentar públicamente,
con datos concretos, aunque sin identificar a las familias implicadas,
mediante cartas abiertas a los directores, redactores o editores de los periódicos,
radio y TV, así como participando personalmente o colaborando por teléfono
en los debates o tertulias que se generen respecto al tema.
Vamos
todos a contar lo que sabemos. Sin ofender a nadie, ya que nadie en este
tema es "culpable", pero sin quedar pasivos ante una injusticia
social tan inexplicablemente "ignorada".
Hagamos
lo que nuestra conciencia nos demande.
Sin
pudores esclavizantes ni temores infundados.
Liberemos
por fin, entre todos, a las sufridas abuelas esclavas.
Porque
es justo y se lo merecen.
Actuemos
por todas las abuelas esclavas, por todas ellas. Por las que hoy lo son, por
las que en el futuro pueden llegar a serlo, e incluso, aunque solo sea como
homenaje, por aquellas que lo fueron y dejaron de serlo, tanto por justa y
oportuna liberación como por un final menos afortunado.
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Bibliografía
1)
A. Guijarro Morales. El Síndrome de la Abuela Esclava. Pandemia del Siglo
XXI. Grupo Editorial Universitario. Granada, octubre 2001.
Información en: http://personales.jet.es/aguijarro/abuela
Junio 3, 2001
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