|
La
predecible elección de Álvaro Uribe, en primera
vuelta, con el aproximadamente el 53% de los votos, seguido por Horacio
Serpa al 32%, representa un
alivio para la mayoría de los colombianos. Ahora ya saben quién encarará
los gravísimos problemas nacionales en la crisis terminal en la que se
encuentra el país. Ahora bien, los problemas se resisten a desaparecer. Las
decisiones para corregirlos se convierten ahora en un enigma.
El
sólido triunfo debe ser estudiando en el contexto de una abstención
(causada por el desdén y la peligrosidad que supone votar en ciertas zonas
dominadas por la guerrilla o los paramilitares) superior al 50%. Por otra
parte, casi la mitad de los votantes optaron por las candidaturas que se veían
de salida como perdedoras, pero que sus respaldadores no cejaron
hasta última hora. El voto de aproximadamente un tercio del electorado
efectivo que ha recibido Serpa es digno de consideración. Más que el
aproximadamente 5% recibido por la excanciller Noemí Sanín, es importante
el casi 6% que reunió el candidato de la izquierda sindicalista Lucho Garzón.
Pero, lo que cuenta al fin de cuentas es el mandato de Uribe, quien ahora
deberá enfrentarse a las expectativas del sólido bloque que lo ha apoyado.
Ahora bien, ¿por qué lo ha hecho?
Los
votantes han catapultado a Uribe por la percepción de las promesas de mano
dura y resultados instantáneos. De una posición de oscuridad (aunque fue
alcalde de su ciudad natal, Medellín) y de una apariencia de profesor
dubitativo o médico de cabecera, al máximo cargo de un estratégico país
al borde del colapso, Uribe pasó por encima de la maquinaria de los
partidos y se alzó como un salvador irresistible. Al mismo tiempo, no
consiguió el apoyo de los que consideran que sus planes o promesas no harían
más que agravar la situación.
Tres
ejes básicos de su campaña quedan en el tapete. Por un lado, no estaba de
acuerdo con la táctica de su predecesor Andrés Pastrana, con respecto al
tratamiento de las guerrillas de las FARC, a las que, como incentivo de
negociación, les había cedido un territorio desmilitarizado. Tardíamente,
Pastrana se vio obligado a romper la baraja. Por otro lado, Uribe había
prometido doblar los efectivos militares que, según los cálculos de todos
los analistas, son insuficientes para derrotar a una guerrilla favorecida
por una geografía intrincada y una red de narcotráfico que le permite su
autonomía. Finalmente, pretendía implicar en la agenda nacional a más de
un millón de ciudadanos a los que designaría como una especie de
“sheriffs” informantes, armados o controlados por las fuerzas de
seguridad.
Naturalmente,
nunca se aclaró cómo podría pagar estos planes, en una economía
destrozada y en una sociedad donde los impuestos son aleatorios. Para
conseguir el reforzamiento de las fuerzas de seguridad no podría más que
recabar el apoyo y la autorización de los Estados Unidos para dejarle usar
la ayuda militar diseñada contra el narcotráfico, directamente en la lucha
contra la guerrilla. Con el fin de pagar los necesarios programas de
reconstrucción económica, a la vista de la carencia de recursos propios,
solamente la comunidad internacional (principalmente Europa) es la fuente
alternativa. En un clima de guerra acrecentado por las expectativas de mano
dura, no se observan señales alguna de que los donantes internacionales
acudan en masa, sobretodo si se tiene en cuenta que las promesas europeas se
quedaron en apenas 300 millones de dólares, destinados a préstamos y
proyectos de alcance local.
En
el frente interno, además de tener que lidiar con la intransigencia de las
FARC, quienes tienen mucho que perder con la paz que les privarían de los
“negocios” del narcotráfico y el secuestro, Uribe deberá tener una
inteligente política para suavizar a la otra formación guerrillera, el
ELN. A sus espaldas, deberá encarar la neutralización de los paramilitares
de la Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), para erradicar la percepción
de ser sus aliados. Un ascenso de su influencia convertiría a Colombia en
dos bandos irreconciliables. La ayuda norteamericana y europea devendría
imposible.
Por
último, habrá qué ver qué pasa con los partidos tradicionales. Salido
del liberalismo, el triunfo de Uribe puede significar el surgimiento de un
bando de liberales en la oposición y otros en el gobierno, con lo cual el
hipotético apoyo de la Internacional Socialista (en la que teóricamente el
Partido Liberal está encuadrado) se haría virtualmente imposible. Mientras
los conservadores (que no presentaron candidato)
desaparecerían del mapa. El 6% de Garzón es una incógnita sobre el
surgimiento de una izquierda activa.
Son
demasiadas preguntas para las expectativas de los votantes de Uribe.
Mientras tanto, la mayoría de los colombianos que quieren la paz estarán
con el alma en vilo, deambulando del campo a la ciudad huyendo de los
horrores de los enfrentamientos, o solicitando un visado para irse a los
Estados Unidos o Europa.
Subir
1) Joaquín
Roy es catedrático de Relaciones Internacionales e investigador
senior del Centro Norte-Sur, de la Universidad de Miami.
Mayo
28, 2002
Subir
|