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El
contexto nacional e internacional de fin de siglo se caracteriza por la
presencia de nuevos actores políticos, económicos y sociales que han
adquirido mayores márgenes de maniobra. En diferentes proporciones y con
distintas modalidades, estos nuevos actores han invadido el campo de acción
del Estado, tanto a nivel interno como externo, a través de la captación
de mayores márgenes de maniobra derivados del
proceso de globalización, la flexibilidad y penetración tecnológica
y la autonomía y la diversidad de los medios de comunicación(1).
Esta nueva situación presenta para el Estado nuevos desafíos, ya que, el
mismo se encuentra afectado por una pérdida de autoridad
y de legitimidad que en muchos casos llega a
cuestionar la propia identidad soberana.
Desde
la Paz de Westfalia el Estado fue concebido como el actor central tanto a
nivel interno como externo. En el plano interno, dicha centralidad fue
concebida por la corriente contractualista como la resultante de un acuerdo
social que daba base a la legitimidad del estado. El Estado, para esta
corriente del pensamiento político, aparece como árbitro ante los
conflictos sociales; a través del uso legítimo de la fuerza goza del poder
suficiente para ejercer un poder de policía necesario para salvaguardar las
garantías individuales y la paz social. Si bien, para los contractualistas,
el sistema de mercado como institución se ubica en la esfera de lo privado,
diferenciándose de lo público, sólo puede funcionar en medio de una
racionalidad que el Estado como institución legítima puede garantizar. Así
recae en el Estado la responsabilidad de garantizar las condiciones
suficientes para el desarrollo de las capacidades productivas, económicas y
comerciales. La paz social es condición previa para el progreso económico
y social de una nación. Sin embargo, hoy el mercado parece haber suplantado
al Estado en su rol de coordinador de la actividad económica. El creciente
liberalismo económico, que se difunde a escala global, ha replanteado esa
visión contractualista, donde el mercado aparecía limitado por la
centralidad del Estado como actor soberano que gozaba de la responsabilidad
de dar un marco de orden interno necesario para el desarrollo de las
relaciones privadas. El mercado hoy, es concebido como una mano invisible
que cuenta con una racionalidad propia que supera la racionalidad del orden
garantizado por el Estado, al menos en términos económicos, para imponer
la competencia como único mecanismo efectivo para alcanzar el desarrollo y
el progreso.
El mercado concebido de
esta manera, la aparición de nuevos actores que interactúan en el sistema
internacional, la profunda interconexión de áreas temáticas y el
desdibujamiento de las fronteras nacionales como productos del proceso de
transnacionalización, en la actualidad socavan el histórico rol soberano
del Estado. Sin embargo, dicha institución no sólo se ve amenazada por la
competencia económica internacional, sino que a su vez comienza a percibir
un alto grado de cuestionamiento interno derivado de nuevos procesos. La
sociedad civil ha empezado, no sólo a reclamar la satisfacción de sus
intereses sino que, en muchos casos, pelea por nuevas alternativas políticas
y sociales, como medio necesario para salvaguardar necesidades básicas.
La
evolución del sistema capitalista en las últimas décadas ha dado lugar a
cambios estructurales que encuentran su raíz en el acelerado ritmo de los
conocimientos científicos y el cambio tecnológico. La tierra, la
mano de obra y el capital ya no son factores claves de la producción
sino que ahora la importancia recae sobre la combinación del capital, la
información y la energía, a la vez que, la producción para los mercados
locales y nacionales cede lugar a la producción para los mercados globales (2).
Los
cambios mencionados han traído como consecuencia una profunda concentración
del poder económico a escala global que ha acentuado las diferencias entre
los Estados al mismo tiempo que se han acrecentado las diferencias económicas
y sociales a nivel interno. De ello, que esta nueva forma de desarrollo del
sistema capitalista no siempre cuente con una base de apoyo a nivel social y haga desestabilizar al estado como institución, a través de
la pérdida de autoridad y legitimidad.
La rapidez del cambio
tecnológico, la mayor movilidad de los flujos financieros, de masas
poblacionales y de capitales parecen desdibujar las fronteras nacionales y
eso atenta contra la posibilidad estatal de definir políticas en estas áreas
de cuestiones. Así, nos encontramos con una agenda internacional de mayores
dimensiones por la incorporación de cuestiones que sobrepasan lo
tradicionalmente entendido por áreas exclusivas de la actuación estatal.
El profundo proceso de
transnacionalización que presenciamos ha transformado a la interdependencia
en un patrón de relacionamiento tanto a nivel estatal como privado. No sólo
los Estados son interdependientes entre si, sino que, las economías
nacionales están cada vez más interrelacionadas. Empresas que producen en
diferentes países, responden a las políticas que se diseñan y se imparten
desde los países centrales, donde se ubican los centros de decisiones y
donde tiene su origen el capital transnacional. Además, las cuestiones políticas,
culturales, sociales y ecológicas se han transformado en áreas de
preocupación global. Un desastre ecológico que pueda ocurrir en cualquier
lugar del mundo, tiene repercusiones a escala global, dado que las
comunicaciones hacen que la noticia se desparrame instantáneamente hasta
cualquier rincón del planeta. Las diferentes culturas, por su parte, tienen contactos cada
vez más profundos y ello hace que la más fuerte puede influenciar
notablemente sobre las demás. Proceso que ha dado origen a una cultura que
intenta consolidarse a nivel global a través de la imposición de
valores y principios fundamentales sobre los cuales debe basarse la
sociedad para alcanzar un mayor grado de desarrollo y bienestar.
Susan
Strange, resume a los cambios estructurales a nivel internacional de la
siguiente manera (3):
Hay
un gran número de asimetrías de la autoridad de Estado. Mientras que el
gobierno de Estados Unidos puede haber sufrido cierta pérdida del control
de la autoridad, la pérdida ha sido frente a los mercados y no frente a los
otros Estados; en tanto que para los otros Estados, su vulnerabilidad ha
crecido notablemente no sólo de cara a las fuerzas de los mercados
mundiales sino también de cara al mayor alcance global de la autoridad de
Estados Unidos (4).
Cierta
autoridad sobre asuntos menos sensibles políticamente ha pasado de los
Estados nacionales a autoridades internacionales de varias clases, tanto
instituciones interestatales como organizaciones privadas y comerciales. O
sea un cambio hacia arriba, y hacia los lados (5).
En este punto consideramos también oportuno, agregar que se dan casos de países
donde el cambio de autoridad se ha dado hacia abajo, o sea que la autoridad
central ha perdido poder para pasar a las autoridades locales o regionales.
En otros, como el colombiano, el poder estatal es cuestionado por grupos
guerrilleros que se han aliado con los narcotraficantes como modo de dar
batalla a las instituciones democráticas.
Como
resultado de la integración de la economía mundial, en finanzas,
transporte, comunicaciones y producción, aparecen responsabilidades
importantes para las autoridades políticas, que nadie, en un sistema de
Estados territorialmente definido están en posición de ejecutar
completamente.
Tomando como base el
supuesto de que el proceso de transnacionalización no sólo tiene como
consecuencia profundos cambios a nivel internacional sino que a su vez nos
impone un replanteo de la función y las capacidades del Estado–Nación,
intentaremos hacer una breve reseña acerca de cuales son las dimensiones
sobre las cuales es necesario reflexionar para poder diagnosticar las
principales amenazas a esta institución.
Para ello, también tenemos en cuenta que el sistema internacional lejos de
ser anárquico presenta una creciente tendencia a la jerarquización que se
retroalimenta a través de la presencia de Estados capaces de influenciar al
resto de la comunidad internacional por medio de la imposición de pautas
culturales, políticas y económicas. La formación de una cultural global,
por su parte, está apoyada por un grado de institucionalización
internacional, que por más que aún es incipiente, nunca antes había
alcanzado un grado tal de desarrollo. La Organización Mundial del Comercio,
la ONU, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional actúan como
mecanismos de diseminación de la cultura global, avalando la cultura
occidental como un modelo a seguir, a pesar de no gozar de consenso mundial.
Redefiniendo el
concepto de soberanía estatal
La
creciente pérdida del poder estatal a nivel internacional y los
cuestionamientos internos que sufren los estados ha hecho aparecer nuevas
formas de definición de soberanía que nos llevan a pensar que ésta no es
un atributo absoluto, sino que por el contrario se ha transformado en un
atributo relativo, pues puede ser alcanzado en diferentes dimensiones.
Si
bien sigue vigente el concepto de soberanía jurídica, a través del cual
se le reconoce a los Estados su capacidad para detentar el poder sobre un
territorio determinado, ha aparecido, tal como lo señala el Profesor Juan
G. Tokatlian, nuevas nociones de soberanía que abarcan cuestiones antes no
tenidas en cuenta para el análisis de la capacidad soberana de los estados.
Según este autor, en la actualidad la noción de soberanía tiene tres
formas de ser definida; jurídicamente, políticamente y operativamente (6).
Jurídicamente,
la soberanía es entendida como el derecho que adquiere un estado al ser
reconocido como tal por parte de la sociedad internacional y que hace que
detente la capacidad de controlar un territorio determinado donde él es el
garante de la seguridad. Al amparo de esta dimensión podemos decir que
existe una igualdad de los estados en el marco del sistema político
internacional. En la medida que un estado es reconocido como tal, goza de
los mismos derechos y atribuciones que el resto de sus pares y por ello es
sujeto de derecho internacional.
La
definición política
de soberanía es aquella que hace referencia a la capacidad de un
Estado para garantizar bienestar a sus habitantes, más allá de la
seguridad militar. La soberanía definida desde el plano positivo es
detentada por aquellos estados que garantizan un bienestar mínimo a sus
habitantes en términos de calidad de vida, condiciones de desarrollo y
participación política.
Por
último, la noción
de soberanía operativa hace referencia a que un Estado es
soberano en la medida que
cuenta con la capacidad suficiente para poder guiar y coordinar
transacciones económicas que son utilizadas para lograr un mayor grado de
desarrollo en términos económicos.
Son
estas dos últimas dimensiones las que incorporan la posibilidad de
distinguir el grado de soberanía de que goza un Estado. En el sistema
internacional podemos distinguir Estados que detentan la soberanía en sus
tres dimensiones, algunos que detentan dos de ellas y otros, que dado su
escasez de atributos detentan solo la dimensión jurídica. Coincidiendo,
una vez más con el profesor Tokatlian, podemos citar que Estados Unidos,
los países miembros de la Unión Europea (como región) (7)
y China son los Estados que cuentan con mayores atributos y por ende, con el
poder necesario para detentar una soberanía que abarca las tres
dimensiones. Por su parte, Canadá, Alemania (8),
Japón e India están dentro del grupo de Estados que cuentan con la
capacidad de detentar al menos dos de las tres dimensiones de la soberanía.
Si bien estos países, además de ser soberanos en términos jurídicos y
garantizar el bienestar y seguridad de sus habitantes, encuentran limitada
su soberanía operativa por las preferencias y poder de otros Estados con
mayores márgenes de maniobra a nivel internacional. El resto de los países
son soberanos en términos jurídicos pero no tienen las capacidades
suficientes como para garantizar el bienestar y la seguridad de sus
ciudadanos como tampoco cuentan con suficiente capacidad de transacción y
negociación internacional para imponer sus preferencias tanto frente a
otros Estados como ante los
sectores económicos privados que operan en el ámbito global.
De
este modo, la soberanía de un Estado ya no es una cuestión exclusiva del
reconocimiento que sus pares hagan de su condición de tal. Por el
contrario, su poder soberano depende de su capacidad de maniobra política,
social y económica tanto a nivel interno como externo.
En
el plano interno, la soberanía hoy es cuestionada en la medida que
distintos sectores sociales no encuentran garantizado su inserción nacional
tanto en el plano económico como político. El conflicto interno que sufre
Colombia como consecuencia del enfrentamiento de los paramilitares, el
narcotráfico, la guerrilla y el estado nacional, es una muestra clara de la
forma en que un estado ha
perdido su capacidad soberana de controlar la situación interna y por ende
garantizar el control del territorio y la seguridad de sus habitantes.
La
soberanía así entendida nos da la pauta de que el sistema internacional
cuenta con una jerarquía determinada. Jerarquía que deriva de la
diferencia que presentan los Estados en el sustento de la soberanía y que
permite a algunos de ellos mantener mayores cuotas de poder y maniobra
internacional tanto en las relaciones interestatales como en las
transnacionales.
Pérdida
de centralidad del estado en el plano internacional
Desde
una visión internacional, la centralidad del Estado como actor único
podemos decir que adquirió relevancia a partir de la búsqueda de mayores
recursos productivos. Una concepción territorialista hizo durante el último
siglo y medio pensar en la necesidad de una Estado fuerte como único medio
capaz de lograr la supervivencia a través de la conquista territorial y la
imposición del poder. La política
de poder, explicada por la escuela realista, que surge a mediados del siglo
XX, parece sintetizar la lógica de la competencia estatal que permite no
solo alcanzar la supervivencia y el desarrollo, sino que garantiza la
supremacía del Estado como actor del sistema internacional. Es en esta lógica,
donde la soberanía definida jurídicamente pareció ser la única forma de
entender cual era el alcance del poder estatal para garantizar su
supervivencia y desarrollo. Pero la aparición de nuevos actores en el
contexto internacional y un cambio en la naturaleza de la competencia
estatal, hoy hacen necesario buscar modelos alternativos que nos permitan
analizar la realidad internacional desde visiones más abarcativas.
El
Estado, en la actualidad, encuentra limitado su accionar como producto de
una estructura internacional donde él ya no es el actor único sino que
debe enfrentarse a una nueva
realidad de competencia internacional con otro tipo de actores. La realidad
del Estado, se complica más si pensamos como la pérdida de dicha
centralidad internacional trae aparejados cuestionamientos internos.
Cuestionamientos que aparecen sobre todo en aquellos casos de países que
deben ajustar su comportamiento económico a recetas que provienen de los
foros de negociación internacional comprometiendo su bienestar y su
desarrollo autónomo. Para los países menos desarrollados las opciones con
que cuentan no son demasiado alentadoras ya que deben elegir entre
comprometer su inserción económica internacional a través de la aplicación
de recetas económicas populares, o bien subsumirse a las reglas del
liberalismo económico imperante a escala global, el cual no siempre
beneficia a la mayoría de la población. Dado que el poder del Estado, no sólo
se legitima a través de su control exclusivo del uso de la fuerza,
fronteras adentro, sino que también lo hace a través de su capacidad para
el mejoramiento de las condiciones de vida de los habitantes de una nación,
podemos observar como para el caso de los países menos desarrollados la
relación entre política interna y política externa, se ha tornado más
intensa y conflictiva.
El proceso de
transnacionalización le da una dinámica distinta a las relaciones entre
los distintos actores, sean éstos de carácter económico, político o
social. Las empresas multinacionales, los organismos no gubernamentales y
las agencias interestatales se relacionan ilimitadamente y ello hace que los
conflictos y áreas de confrontación traspasen el área de influencia
estatal. Estos conflictos se dan dentro de una lógica de interconexión de
áreas donde a veces los Estados son meros instrumentos al servicio de
actores que han logrado imponer sus intereses por sobre los del resto de la
sociedad civil. La relación del Estado con estos nuevos actores, que han
adquirido mayores márgenes de maniobra, pone en juego su actuación
soberana tanto a nivel político como operativo, a través de la afectación
de áreas donde antiguamente el Estado era el único actor capaz de decidir.
La interconexión de áreas y la interdependencia derivadas del proceso de
transnacionalización han provocado que los Estados no puedan ejercitar sus
tradicionales funciones sin recurrir a formas de cooperación y coordinación
internacional (seguridad, desarrollo económico, protección de la salud,
seguridad social, etc.). Son las propias demandas internas de las naciones
las que exigen a los gobiernos a entrar en relaciones más estrechas con los
sujetos que operan a nivel transnacional y que se ocupen de problemas que
pertenecen preferentemente a dicho nivel; es decir, que las políticas
nacionales ya no son pensadas sólo en términos internos sino que están
fuertemente influenciadas por las políticas globales.
Podemos afirmar que la
existencia de un sistema interestatal no está en cuestionamiento sino que más
bien lo que se encuentra bajo discusión es la naturaleza de la competencia
estatal. Esa competencia ya no pasa por una cuestión territorial sino más
bien por una captación de recursos que se mueven a nivel transnacional y
que son concebidos como base para un desarrollo sostenido en el plano económico
y político. Los recursos económicos han adquirido una movilidad tal, que
traspasan rápidamente las fronteras que definen el campo de actuación
soberana del Estado.
Asimetrías
en la pérdida de poder estatal
Esta
realidad, sin embargo no afecta por igual a todos los estados. La pérdida
de soberanía y poder estatal es asimétrica. Los estados más poderosos son
quienes se encuentran en mejores posiciones de poder y son menos afectados
que los países más pobres. El gran desarrollo económico de Estados
Unidos, la Comunidad Europea y Japón les facilita su relacionamiento con
los nuevos actores que han adquirido relevancia dentro del sistema
internacional. Como ejemplo de ello podemos mencionar la privilegiada relación
que estas naciones gozan con el capital financiero y económico
internacional. Ellos son los países que detentan mayores atractivos en términos
de mercado interno, seguridad jurídica para las inversiones, contando con
una más estrecha relación con el sector privado como consecuencia de ser
exportadores de flujos de capital. Los intereses económicos de estos países
parecen presentar menos puntos de conflicto con el capital privado en términos
de intereses. Su crecimiento y desarrollo se ven menos afectados por
decisiones de orden privado, al mismo tiempo que son también estos países
quienes tienen la capacidad de imponer y difundir reglas de juego. La política
macroeconómica de Estados Unidos lejos de perder importancia se ha
transformado en la actualidad en un dato clave para la evolución del
sistema económico – financiero internacional. La política macroeconómica
de la Unión Europea, por su parte, tiene amplia repercusión sobre los países
de menor desarrollo a nivel global y la de Japón se proyecta como el modelo
a guiar el desarrollo de los países del sudeste asiático, a su vez que va
adquiriendo cada vez mayor importancia para los propios países
desarrollados. La influencia que las políticas macroeconómicas de los tres
centros de poder económico se puede visualizar claramente al analizar como
responde el capital financiero y económico internacional a los estímulos
que de ellas derivan. La expansión o retracción de los flujos de inversión
extranjera y flujos financieros a nivel global, muchas veces depende de las
decisiones que se toman en el orden interno de los países más
desarrollados. Así, podemos observar como la suba o la baja de la tasa de
interés en los Estados Unidos es un dato fundamental que marca la retracción
o expansión de los flujos financieros en el orden global y como el
nivel de subsidios agrarios aplicados por la Comunidad Europea se
convierte en una barrera de gran peso para la comercialización de los
productos primarios de gran parte de los países menos desarrollados.
En
el caso de los países subdesarrollados y en vías de desarrollo la relación
con los actores no estatales se ve empañada por la dicotomía de intereses
que existe entre ellos. Los intereses nacionales para este tipo de países
no siempre tienen su correspondencia con los de los demás actores del
sistema internacional. Las tendencias del sistema internacional, son para
los países menos desarrollados una red que limita su accionar tanto en términos
políticos como económicos y por ende, cuestiona su capacidad soberana
tanto política como operativamente. Sus capacidades son sobrepasadas por
las de otros tipos de actores que comprometen con su accionar el desarrollo
y la evolución interna de los países menos desarrollados. La fuerza política
de los estados más poderosos y la fuerza económica de éstos, sumados a la
amplia capacidad de maniobra de nuevos actores son impedimentos que los países
menos desarrollados deben buscar de sortear a través de políticas
nacionales que muchas veces no cuentan con un alto grado de legitimidad
interna. La sociedad civil, ha adquirido, de este modo, una mayor relevancia
como actor interno a la vez que su posicionamiento adquiere una relevancia
transcendental fronteras afuera del Estado nación.
Existe una noción de
soberanía recortada dada las asimetrías de poder entre los estados (9).
Dicha noción es producto de la transnacionalización creciente que se ha
dado a partir de la década del setenta y ello contribuye a que los países
más desarrollados, que a su vez son quienes cuentan con la capacidad
soberana en sus tres acepciones, se beneficien de un excedente de
legitimidad gracias a que logran globalizar su cultura a través de su poder
económico y político que transciende sus fronteras.
Procesos
de regionalización; ¿una forma de salvar asimetrías en cuanto a poder
estatal o una fuente más, de pérdida de soberanía del estado nación?
Parece
ser entonces, que los procesos de regionalización son una forma de hacer
frente a la creciente interdependencia económica y a las desventajas que
ella implica en términos de soberanía del Estado – nación. Esta opción,
que ha devenido por fuerza de la historia, lejos de significar la desaparición
del Estado – nación, implica una oportunidad para defender la
supervivencia de las instituciones nacionales capaces de entrar en crisis
como consecuencia de no dar opciones de desarrollo a sus integrantes.
A
nuestro entender, la marginalidad social y económica en que pueden estar
inmersos distintos sectores sociales de un estado – nación, es mucho más
peligrosa como fuente de conflicto y desintegración, que la pérdida de
autonomía que puede sufrir un Estado como consecuencia de estar inserto en
un proceso de regionalización. De ello, que la soberanía en su dimensión
política, se transforme en una encrucijada para las naciones menos
desarrolladas. En la medida que no se logra cumplir con las expectativas de
los habitantes de un país, tanto en términos sociales, políticos y económicos
la supervivencia del mismo transita por una cuerda floja capaz de hacerlo
saltar al vacío.
La
cultura global
La transnacionalización
tiene no sólo un impacto económico sino que también ha dado lugar a la
conformación de una cultura global, que si bien es fuente de progreso
cuenta con una contra cara negativa para muchos países menos desarrollados
donde ha acentuado las diferencias internas en el plano social y cultural.
La influencia de la cultura dominante no es igual ni homogénea para todos
los países como tampoco lo es hacia el interior de los mismos. En muchos
casos, además de posibilitar el acceso a mayores avances tecnológicos y
dotar de mayor información ha profundizado las diferencias internas, dando
lugar a un quiebre social que
lleva a la aparición de un proceso de fragmentación. Los valores y normas
de esta cultura global, en los países menos desarrollados, sólo son
compartidos por las elites dominantes y sectores nacionales que, dado su
bienestar económico, se sienten insertos a escala global. Podemos decir que
estos sectores son los que se encuentran más occidentalizados o
americanizados. Mientras que los sectores más desprotegidos y o
desfavorecidos parecen insertarse en una lógica de desculturización que
los hace reaccionar frente a la estandarización a través de la
reivindicación de la voluntad de los sujetos individuales para definir sus
propios valores y reglas. Este es otro proceso que mina la legitimidad del
Estado, tanto internamente como externamente. La fragmentación es un
proceso esencialmente sociopolítico causado por grupos sociales que como
consecuencia de una falta de identificación con las instituciones estatales
o simplemente con los gobiernos de turno buscan autogobernarse, es decir,
elegir sus propias instituciones y darse sus propias leyes. Dicha tendencia,
produce un efecto de deslegitimización interna en los países menos
desarrollados.
La
deslegitimización de las instituciones aparece como producto de la
disconformidad que presenta una parte importante de la sociedad civil y ello
se ve acentuado en los países menos desarrollados. En la medida en que un
Estado no logra encontrar alternativas de desarrollo nacional o encuentra
algunas que significan un alto grado de marginación social, cultural y económica,
las instituciones se transforman en el blanco de las críticas que la
sociedad civil promueve dado la insatisfacción de sus necesidades básicas.
En muchas partes del
mundo, esta insatisfacción ha dado lugar a que la religión y la
identificación cultural se manifieste por medio de movimientos integristas
o fundamentalistas que llenan el vacío que el Estado - nación y el nuevo
orden mundial no son capaces de llenar para muchos individuos, grupos y
etnias. Este tipo de reacciones que tienen como objetivo, reafirmar
diferencias como forma de oposición a la globalización de la cultura también tienen consecuencias negativas para el Estado – nación,
ya que producen un quiebre interno capaz de hacer caer el pacto
social en el cual se fundamenta la legitimidad de las instituciones. A modo
de ejemplo podemos citar el caso de la Crisis Yugoslavo y el caso de Kosovo.
A modo de reflexión,
cabe preguntarnos si una de las herramientas más fuertes a la que ha
apostado la cultura occidental (la imposición cultural) no será acaso su
propia espada de Damocles en la medida que provoca fuertes reacciones por
sectores que no se siente parte de la misma
Conclusión
La
propia evolución de la historia nos demuestra que
lejos de perpetuarse, las instituciones han nacido, se han desarrollado y
han presenciado su propia muerte. Sin embargo, la muerte de las
instituciones no siempre ha sido causa de un determinismo histórico. Por el
contrario, la falta de adaptación y ductilidad siempre han sido factores
que han estado presentes en las grandes crisis institucionales. Creemos que
es hora de entender que los cambios no siempre significan la muerte de las
instituciones, sino que ellos a veces pueden ser la garantía de su
supervivencia. Por eso, en nuestro trabajo hemos intentado, aunque con
limitaciones, repensar ciertos aspectos que incumben al Estado – nación y
que creemos son los más relevantes para entender porque se habla de crisis
del Estado.
La actual crisis del
Estado – nación, no tiene un solo origen, sino que es producto de una
serie de cambios estructurales que demandan un replanteo acerca de cuales
serán en el futuro sus ámbitos de incumbencia y cuáles serán sus márgenes
de maniobra. Sin embargo, para poder hacer esto cada Estado – nación
deberá poner en claro ciertas cuestiones como:
El
rol que dentro del sistema internacional ocupa. El sistema internacional
lejos de ser anárquico está demostrando que ha logrado una jerarquización
que tiene sus fuentes en el grado de legitimidad y éxito que cuenta cada
Estado - nación.
El
grado de soberanía detentado. Una revisión de las dimensiones jurídica,
política y operativa de la soberanía hará delimitar cuales son las
ventajas y desventajas con que cuenta y es a partir de ellas que se debe
basar una estrategia de acción tanto interno como externo.
Ninguna
otra institución, hasta el momento, ha suplantado al Estado en su rol
incuestionable de ser árbitro de última instancia ante los
conflictos sociales y de intereses transnacionales, pero dicha función está
requiriendo una replanteo de cuáles son las capacidades gozadas para no
emprender estrategias mesiánicas. La prudencia ante los cambios
estructurales es una de los factores que garantizará la supervivencia. El
Estado está en crisis no por su obsolescencia como institución, sino
porque tiene nuevos desafíos. Desafíos que provienen de un mundo cada vez
más interdependiente y globalizado, donde las esferas de lo público y
privado, lo interno y externo son más permeables y difusas.
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Mayo
12, 2002
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1.Castells, Manuel, 1998.
2.Strange, Susan; 1995, pág. 156.
3.Ibid. 1995, pag. 156 a 157.
4.Ibid.
5.Ibid.
6.Tokatlian, Juan Gabriel; Diario Clarín, 6 de enero de 2002, Sección Zona, pag.11.Buenos Aires.
7.La Unión Europea es un caso de soberanía compartida, típica de los procesos de regionalización; este concepto será trabajado en otro punto del trabajo, por la importancia que el mismo detenta.
8.Nótese, que Alemania como estado-nación individual difiere de su capacidad soberana de la que detenta la Unión Europea, proceso de interacción en el cual este país es partícipe.
9.Strange, Susan, 1995, pag.160.
10.Aguilar Villanueva, Luis F.; 1998, pág. 51.
Mayo
12, 2002
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