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El
carácter dictatorial y cruel del régimen que oprime al pueblo iraquí no está
en duda.
Un
gobernante único y un partido único rigiendo los destinos de un país por un
tiempo prolongado e indefinido no puede mantenerse en ninguna parte si no es
por la fuerza. El argumento de la voluntad monolítica de un pueblo tras los
designios omnímodos de un líder que pretende interpretarla es una falacia que
niega la diversidad humana y el derecho de todos y cada uno de participar en
las decisiones públicas o, al menos, de ser consultados para ellas.
El
carácter agresivo de la dictadura de Saddam Hussein tampoco está en duda.
Fue el
agresor en dos guerras en los últimos 20 años contra el Irán y contra Kuwait
respectivamente. No ha tenido escrúpulos tampoco en su abierto apoyo a los
grupos terroristas más extremistas que explotan la tragedia Palestina en una
agenda que fomenta el odio étnico y religioso, y con un programa de venganza y
exterminio en toda la región del Oriente Medio.
Por
añadidura, el carácter despiadado y criminal de este gobernante se ha
manifestado abundantemente con su empleo de armas químicas y biológicas en
ambas guerras de agresión, con total desprecio por los convenios
internacionales. Armas que ha utilizado también dentro de sus fronteras para
aplastar la resistencia legítima de minorías étnicas o religiosas que se
defienden del abuso y la arbitrariedad. No hace falta demasiada imaginación
para suponer lo que habría hecho si contara con armas atómicas quien, además,
es responsable de la muerte de decenas de miles de opositores y críticos.
Durante más de 10 años este mismo gobernante se ha estado burlando de
inspectores y resoluciones de las Naciones Unidas, hasta el extremo de cerrarle
las puertas a la Organización mundial desde fines del siglo pasado,
aprovechando la debilidad de carácter del entonces Presidente de los Estados
Unidos, quien se limitaba a bombardeos esporádicos cuantas veces quería desviar
la atención de sus problemas personales.
Esa
actitud de desprecio es común en dictadores de la calaña de Hussein, como lo ha
hecho el propio Castro desde Cuba en su desacato a repetidas resoluciones de la
Comisión de Derechos Humanos, que aspiraban y aspiran a enviar sus funcionarios
al país caribeño con el propósito tan humanitario e inofensivo de investigar
las denuncias de violaciones a los derechos humanos y las libertades
fundamentales de los cubanos.
No
tiene sentido que se defienda la paz acusando de agresores a quienes han tomado
la decisión de iniciar medidas decisivas para desmantelar este régimen iraquí
probadamente dictatorial, cruel, agresivo, despiadado, criminal y mentiroso. Si
acaso habría que conmiserarse y lamentar la torpe diplomacia norteamericana que
se desmoronó con poses arrogantes y casi unilaterales frente a una comunidad
internacional que no simpatiza ni puede simpatizar con un tirano iraquí que
abusa de su pueblo pero que tampoco se ha convencido de que se hubieran agotado
todas las opciones a la guerra.
La
política exterior y la diplomacia norteamericana no han sido convincentes por
su ofuscada incoherencia y su turbia escala de prioridades. La ambivalencia del
mundo árabe/musulmán, más notablemente entre países que tradicionalmente
mantienen buenas relaciones con los EE.UU., se debe al sesgado favoritismo que
condena y combate con ardor el terrorismo de los extremistas islámicos pero se
hace de la vista gorda ante el evidente abuso de los extremistas sionistas que
manipulan peligrosamente los destinos de Israel con una política expansionista,
racista y teocrática que sojuzga al pueblo palestino y lo priva de sus tierras
ancestrales y sus derechos más básicos.
Una
política clara y más imparcial frente a este conflicto, con el respeto debido a
los intereses, la libertad y la seguridad de ambos pueblos, habría sido
suficiente para disipar entre los países árabes más allegados las ahora
justificables suspicacias.
La
negligencia y casi criminal indiferencia demostrada por la política exterior
norteamericana en el conflicto árabe-israelí desde que Sharón tomó el poder y
se dedicó a poner obstinadamente en práctica sus designios sionistas, la
torpeza diplomática del gobierno de Bush, la arrogancia norteamericana ante a
la justa incertidumbre de la comunidad internacional y la falta de prioridades
coherentes frente al terrorismo y las dictaduras criminales que asolan a tantos
países en los cinco continentes, son elementos que han enturbiado
innecesariamente este conflicto con el régimen del Irak, que debió resolverse
mediante la acción concertada y firme de los países libres y democráticos.
Si los
EE.UU. no aprenden la lección y no se aprestan con mayor humildad a actuar en
concierto con otras naciones democráticas, perderán la oportunidad de
liderarlas hacia un futuro de paz donde imperen la democracia, la libertad y el
respeto mutuo.
Asimismo, si otras naciones amantes de la paz y del imperio del derecho toman
actitudes antinorteamericanas como un recurso demagógico de falsa popularidad o
una aspiración envidiosa de poder e influencia internacional, estarán
renunciando ciegamente a la estabilidad mundial que sólo es posible mediante la
cooperación y la defensa incondicional de los derechos humanos en todas partes
y a cualquier costo.
El
concepto contemporáneo de soberanía no se aplica a los Estados sino a los
pueblos. Ningún Estado puede alegar soberanía frente a la injerencia extranjera
mientras esté controlado por un régimen dictatorial y despótico, es decir,
mientras no respete la soberanía de su propio pueblo y su derecho inalienable a
decidir libremente su destino y los medios ideológicos, políticos y económicos
para que esas decisiones fomenten el bienestar y la paz.
En
esta guerra ya el mal está hecho, los errores han sido cometidos y las
rivalidades envidiosas han prevalecido sobre la cordura y la cooperación
internacional.
Toca
ahora a los líderes mundiales limar las asperezas para reconstruir al Irak y
darle una oportunidad democrática a un pueblo ávido de libertad. Toca a los
líderes mundiales coordinar esfuerzos para imponer una solución justa en
Palestina que devuelva a ese pueblo su dignidad y le ofrezca esa oportunidad
democrática de decidir sus destinos y buscar su bienestar, y que garantice
también a los israelíes un futuro de paz dentro de fronteras seguras.
Sólo
así abriremos las puertas hacia un porvenir sin dictadores ni tiranos; hacia un
futuro donde impere el derecho, se respete la libertad de los pueblos y su
soberanía y reine la paz.
No
pueden basarse las soluciones, por muy justas que sean, sólo en la fuerza bruta
de las armas. Han de basarse en la cooperación internacional y en la búsqueda
del consenso para realizar acciones punitivas multilaterales cuando ése sea el
único camino a tomar frente a los opresores de pueblos.
1)
Gerardo E. Martínez-Solanas.
Doctor en Economía (CUNY) y Licenciado en Ciencias Políticas (CCNY).
Asesor Financiero y funcionario retirado de las Naciones Unidas.
Autor de: "Gobierno del Pueblo: Opción para un Nuevo siglo";
Ediciones Universal, 1997.
En proyecto (en
inglés): "Democracy: The Right to Dissent".
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Abril 22, 2003
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