José
Luis Rodríguez Zapatero anunció que las prioridades del nuevo
gobierno en política exterior serían Europa, el Mediterráneo y
América Latina, en ese orden. Obviedad para cualquier observador de
la realidad política, geográfica, y económica de España, choca con
la evidencia contraria mostrada por el anterior gobierno de José
María Aznar.
España, durante
los últimos ocho años (y más desde el 11 de setiembre), se deslizó hacia una
agenda que primaba la relación con los Estados Unidos (justificándola por estar
poblados de 40 millones de hispanos), Irak, una “nueva” Europa atribuida por
Rumsfeld, y la defensa de unas inversiones en América Latina, en ese orden. El
precio que se pagó fue el abandono del proyecto europeo (congelación de la
Constitución), la fricción con Marruecos (invasiones y recuperaciones de
islotes), la ambivalencia acerca del conflicto de Israel y Palestina, y la
incomodidad en América Latina que culminó con el lobby de Aznar ante Chile y
México para apoyar a Bush.
Las prioridades
desde ahora se canalizarán por la senda del mejor interés nacional de una de
las más viejas naciones del planeta. España había cimentando desde 1976 su
posición razonable, y dentro de sus posibilidades como potencia media, en el
concierto mundial.
España regresa
ahora a la única Europa posible, la “vieja”. Vislumbrada por Jean Monnet y
Robert Schuman en 1950 sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, la Unión
Europea es el foro de los compromisos y la convivencia, donde España había sido
vetada durante décadas por seguir siendo gobernada por el último parque
jurásico de raíces fascistas que existía en Europa (incluso Portugal se le
adelantó en sacarse de encima el salazarismo).
En la UE España
había conseguido una notable cota de influencia que Aznar en los últimos años
había despilfarrado y sustituido a la deriva por poder de bloqueo. Desde las
elecciones del 14 de marzo y la crisis del gobierno de Polonia se respira
ambiente de optimismo para aprobar la Constitución, mediante un razonable
compromiso sobre el voto en el Consejo.
Al encarar el
problema de la ocupación de Irak, el gran reto de Rodríguez Zapatero va a ser
conseguir un consenso en las Naciones Unidas para que una parte importante
(utópico sería una entrega total) del poder de la administración internacional
del país pase a depender de la ONU. De lo contrario, la presión social será
notable y no le va a quedar más remedio al gobierno español que cumplir su
promesa electoral de retirar las tropas.
En el
Mediterráneo, sobretodo con Marruecos, el desafío es también enorme, ya que el
PSOE regresará al punto de partida. Por un lado sigue latente el inmovilismo de
ciertos sectores españoles con respecto a Ceuta y Melilla, con pocas ingeniosas
fórmulas de cara el futuro, y por otro el gobierno español deberá encarar el
constante reto de la inmigración incontrolada y el uso demagógico que siempre
hará el monarca marroquí del impasse sobre las ciudades españolas en territorio
africano. Con el descubrimiento de que la autoría intelectual y material de la
masacre de Madrid apuntan a Tánger, la clave estriba en una perfecta sintonía
con las autoridades marroquíes para blindar el territorio español de un
integrismo a tiro de piedra.
En
América Latina, el PSOE encara un continente atomizado, entre gobiernos
conservadores y celosos de sus estratégicas alianzas con Washington (casos
notorios de Colombia y la mayoría de los países centroamericanos) y los
progresistas de diverso calado en el Cono Sur. En todo caso, España deberá
centrarse en el continente en dos ejes primordiales: la revitalización de la
Comunidad Iberoamericana de Naciones (reducida ahora a unas cumbres
desangeladas) y la reconversión de una política de ayuda selectiva y
condicionada a una verdadera de desarrollo y defensa de derechos humanos. La
primacía de la atención prestada por el anterior gobierno hacia la seguridad
jurídica de las inversiones debe coordinarse con la lucha contra pobreza y la
marginalización.
Con Washington,
se impone una dosis de cautela para no implicarse en un debate interior que
desembocará en las elecciones de noviembre. Sí conviene insistir en el discurso
de la primacía del orden internacional basado en el multilateralismo y en la
necesidad de que los grandes y urgentes temas pasen a ser tratados tanto en las
Naciones Unidas como, sobretodo, en lo que implica los intereses estratégicos
de España, en el marco de la Unión Europea, donde España va recuperar la
influencia perdida en los últimos años. Solamente de esa manera se va a forzar
al gobierno estadounidense a insertar las referencias a la UE (ausente en el
discurso de la Casa Blanca) como protagonista ineludible del concierto
internacional.
Joaquín Roy es
catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la
Universidad de Miami.
jroy@miami.edu
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Abril 19, 2004