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La
transferencia de mando y la delegación de poder se complementan siendo dos
elementos vitales para que una empresa pueda crecer y desarrollarse
robustamente. Al mismo tiempo son, para muchos directivos, el área más
difícil de conquistar, esto obviamente, aplica igualmente a los Estados y
gobiernos.
Una
empresa no puede prosperar y crecer sin una cultura sólida fundamentada en
la transferencia de poderes y delegación de funciones.
El logro de este objetivo es uno de los más complejos retos para
cualquier emprendimiento, quizás él más difícil.
El
transferir poderes y/o delegar tiene un costo perceptible
y psicológico. El tangible se
refiere no solo a la búsqueda e inversión en los RRHH capacitados, también
hay que tomar en consideración los errores que estos van
a cometer en el proceso de acoplamiento y aprendizaje.
El aspecto psicológico es, en muchos casos, el más gravoso y duro
de superar. Los empresarios,
por norma, primero son lideres y segundo apremian él “sentirse en control
total”. Por consiguiente,
obvian que no existe control total y que él aprender a delegar es la clave
del éxito empresarial y personal.
¿Qué
envuelve la transferencia de poderes y la delegación?
Entender
y aplicar cuatro conceptos
básicos es un buen empezar:
Desaprender los modelos paternalistas y conceptos
anticuados de negocios de familia.
Una empresa es una entidad “viva”, un ente aparte, un hijo o hija
que hay que criar. Esto
significa que durante las etapas iniciales (corto y mediano plazo) de
sacrificio y cuidado debemos entender que llegará un momento en que la
entidad comenzará su etapa de pubertad y que va ha convertirse en un ente
“independiente”, no necesitará más de nuestra ayuda
directa.
Al igual que nuestros hijos, los negocios son una inversión para el
futuro, requieren un esfuerzo y sacrificio, no somos dueños de ellos,
simplemente somos un instrumento que moldea y enseña para que cuando sean
libres y adultos puedan devolvernos la inversión.
No hay gran diferencia, pues, entre los hijos o hijas y los negocios.
Entender y suscribirse a la idea que al delegar o
transferir poder la otra parte va a cometer errores y/o lo que nosotros pudiésemos
entender como desliz.
Un
ejecutivo toma más o menos 100 decisiones diarias. Si esta acertado en el
60% se puede decir que esta “delante de la bola” (ahead of the game).
Entonces, lógicamente debemos esperar un margen de error por parte
de la persona que designemos y aceptar que, de hecho va a desacertar en
ocasiones. Tomemos en cuenta que
lo que pudiésemos considerar como error quizás no lo sea, erramos a diario.
Por lo tanto, una idea nueva o una acción puede ser certera aunque
entendamos que sea equivocada, inoportuna o descabellada.
Esto significa, que “necesitamos flexibilidad mental” para poder
escalar la montaña de la delegación objetiva.
Estar
íntegramente consientes que la competencia es lo más saludable y
beneficioso que pudiésemos desear.
En los deportes “no se juega sucio”, se practica como principio
fundamental “la buena conducta deportiva” (Good Sportmanship).
Cuando deleguemos o hagamos transferencia de poderes, seamos
suficientemente inteligentes para no cortarle la cabeza a quien queremos
darle poder. Esto pasa con frecuencia y a veces no nos percatamos que lo
estamos perpetrando. Si no
fuese así no hubiese Paternalismo o dictaduras, no es verdad?
Mientras más nos tratemos de proteger menos vamos a lograr.
No digo que no debemos ser cautelosos o que no reaccionemos para
defender nuestros intereses. Estoy
planteando que la filosofía paternalista o dictatorial jamás conllevo a
nadie a nada y el que no sabe jugar limpio y ser buen perdedor nunca ganará.
No
pedir a nadie lo que nosotros no podemos hacer.
Una regla cardinal. El
demandar de otra persona lo que nosotros no somos capaces de realizar es un
fallo ético y de procedimiento empresarial.
Debemos primero estar en capacidad de ejecución y en control antes
de poder ejercitar la delegación. Como
empresarios solo respondemos a nosotros mismos, por ende, la auto-reflexión
y la sabiduría de lo que somos capaces de hacer o tolerar es un factor a
conquistar previo a desarrollar el arte de delegar.
La
inevitable globalización y rápida evolución comercial dicta un cambio
radical de ópticas y métodos. Nos
lleva en un proceso lógico y acelerado a la liberación de los mercados, la
"bienvenida de la competencia", la erradicación de las empresas
paternalistas, la ética y transparencia empresarial y a un cambio radical de
mentalidad. Los
empresarios y gobiernos más exitosos han tenido la capacidad de poder transferir y
delegar éticamente los poderes, permitiendo que lo que ellos empezaron lo
terminen otros. Es precisamente
ahí donde se encuentra el éxito empresarial, social y personal.
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Julio
22, 2002
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