EL
PRESIDENTE: Mis conciudadanos, los acontecimientos en Iraq han
llegado ahora a los días decisivos finales. Durante más de una década, los
Estados Unidos y otras naciones han hecho esfuerzos pacientes y honorables por
desarmar al régimen iraquí sin una guerra. Ese régimen prometió divulgar y
destruir todas sus armas de destrucción en masa como condición para finalizar
la Guerra del Golfo Pérsico en 1991.
Desde
entonces, el mundo ha participado en 12 años de diplomacia. Hemos aprobado más
de una docena de resoluciones en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas. Hemos enviado a cientos de inspectores de armas a supervisar el desarme
de Iraq. Nuestras buenas intenciones no han sido correspondidas.
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El régimen
iraquí ha utilizado la diplomacia como una táctica para ganar tiempo y sacar
ventaja. Ha desafiado uniformemente las resoluciones del Consejo de Seguridad
que exigían su desarme total. A lo largo de los años, los inspectores de armas
de la ONU han sido amenazados por los funcionarios iraquíes, interceptados
electrónicamente y engañados sistemáticamente. Los esfuerzos pacíficos por
desarmar al régimen iraquí han fracasado una y otra vez porque no estamos
lidiando con hombres pacíficos.
Los datos de
inteligencia recopilados por este gobierno y hacen que no quepa ninguna duda
que el régimen de Iraq continúa poseyendo y escondiendo algunas de las armas
más letales jamás inventadas. Este régimen ya ha utilizado las armas de
destrucción en masa contra los vecinos de Iraq y contra el pueblo de Iraq.
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El régimen
tiene una trayectoria de temeraria agresión en el Medio Oriente. Tiene un odio
profundo hacia los Estados Unidos y nuestros amigos. Y ha ayudado, entrenado y
protegido a terroristas, incluso a agentes de Al- Qaida.
El peligro
es evidente: Al utilizar armas químicas, biológicas o, algún día, nucleares,
obtenidas con la ayuda de Iraq, los terroristas podrían satisfacer sus
ambiciones declaradas y matar a miles o cientos de personas inocentes en
nuestro país o en cualquier otro.
Los Estados
Unidos y otras naciones no han hecho nada para merecer ni provocar esta
amenaza. Pero haremos de todo para vencerla. En vez de ir a la deriva hacia la
tragedia, fijaremos un rumbo hacia la seguridad. Antes de que pueda llegar el
día del horror, antes de que sea demasiado tarde para obrar, se eliminará este
peligro.
Estados
Unidos de Norteamérica tiene la autoridad soberana de usar la fuerza para
garantizar su propia seguridad nacional. Ese deber recae en mí, como Jefe de
Estado, por el juramento que presté, por el juramento con el cual cumpliré.
Al reconocer
la amenaza contra nuestro país, el Congreso de los Estados Unidos votó
abrumadoramente el año pasado a favor del uso de fuerza contra Iraq. Estados
Unidos trató de colaborar con las Naciones Unidas para enfrentar esta amenaza
porque queríamos resolver el asunto pacíficamente. Creemos en la misión de las
Naciones Unidas. Una de las razones por las cuales se fundó la ONU después de
la Segunda Guerra Mundial fue para confrontar a los dictadores agresivos de
manera activa y temprana, antes de que pudiesen atacar a los inocentes y
destruir la paz.
En el caso
de Iraq, el Consejo de Seguridad sí hizo algo a comienzos de la década de 1990.
Según las Resoluciones 678 y 687 - ambas aún en vigor - los Estados Unidos y
nuestros aliados están autorizados a usar la fuerza para librar a Iraq de las
armas de destrucción en masa. Esta no es una cuestión de autoridad; es una
cuestión de voluntad.
El pasado
septiembre acudí a la Asamblea General de la ONU e insté a las naciones del
mundo a que se unieran y pusieran fin a este peligro. El 8 de noviembre, el
Consejo de Seguridad aprobó unánimemente la Resolución 1441, la cual concluía
que Iraq había violado gravemente sus obligaciones y se comprometió a
consecuencias serias si Iraq no deponía las armas de manera total e inmediata.
Hoy, no hay
forma de que ninguna nación mantenga que Iraq ha depuesto las armas. Y no se
desarmará siempre que Saddam Hussein esté al mando. Durante los últimos cuatro
meses y medio, los Estados Unidos y nuestros aliados han laborado dentro del
Consejo de Seguridad para hacer cumplir las exigencias de hace mucho tiempo del
Consejo. Sin embargo, algunos miembros permanentes del Consejo de Seguridad han
anunciado públicamente que vetarán cualquier resolución que imponga el desarme
de Iraq. Estos gobiernos comparten nuestra valoración del peligro, pero no
nuestra determinación a afrontarlo. Muchas naciones, sin embargo, sí tienen la
determinación y la fortaleza de ánimo para tomar pasos contra esta amenaza a la
paz, y una coalición amplia se junta ahora para hacer cumplir las exigencias
justas del mundo. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no ha cumplido
con sus responsabilidades, por lo que nosotros nos levantaremos ante las
nuestras.
En días
recientes, algunos gobiernos en el Medio Oriente han puesto de su parte. Han
enviado mensajes públicos y privados instando al dictador a que salga de Iraq,
para que el desarme pueda proceder pacíficamente. Él ha rehusado hacerlo hasta
ahora. Todas las décadas de engaños y crueldad ahora han llegado a su fin.
Saddam Hussein y sus hijos deben salir de Iraq en 48 horas. Su negativa a
hacerlo resultará en un conflicto militar que comenzará en el momento que
elijamos. Por su propia seguridad, todos los extranjeros, incluso los
periodistas y los inspectores, deben salir de Iraq inmediatamente.
Muchos
iraquíes pueden escucharme esta noche en una transmisión radial traducida, y
tengo un mensaje para ellos. Si nos vemos forzados a comenzar una campaña
militar, será dirigida contra los hombres al margen de la ley que dirigen su
país y no contra ustedes. Cuando nuestra coalición les quite el poder, les
entregaremos los alimentos y medicamentos que necesitan. Derrumbaremos el
aparto del terrorismo y los ayudaremos a construir un Iraq nuevo que es
próspero y libre. En un Iraq libre, no habrá más guerras de agresión contra sus
vecinos, ni fábricas de veneno, ni ejecuciones de disidentes, ni cámaras de
tortura ni salas de violación. El tirano estará fuera pronto. Se aproxima el
día de su liberación.
Es demasiado
tarde para que Saddam Hussein permanezca en el poder. No es demasiado tarde
para que las fuerzas armadas iraquíes actúen con honor y protejan su país al
permitir la entrada pacífica de las fuerzas de la coalición para eliminar las
armas de destrucción en masa. Nuestras fuerzas darán a las unidades de las
fuerzas armadas iraquíes instrucciones claras sobre las medidas que pueden
tomar para evitar ser atacadas y destruidas. Insto a cada miembro de las
fuerzas armadas iraquíes y los servicios de inteligencia, si se llega a la
guerra, a que no luchen por un régimen moribundo que no vale sus vidas propias.
Y todas las
fuerzas armadas y personal civil iraquíes deben escuchar esta advertencia
detenidamente. En cualquier conflicto, su destino dependerá de sus actos. No
destruyan los pozos de petróleo, una fuente de riqueza que pertenece al pueblo
iraquí. No obedezcan ninguna orden de usar armas de destrucción en masa contra
nadie, incluyendo al pueblo iraquí. Los crímenes de guerra serán procesados.
Los criminales de guerra serán castigados.
Y no será defensa alguna
decir, "Sólo obedecía órdenes".
De elegir
Saddam Hussein la confrontación, el pueblo estadounidense puede contar con que
se han tomado todas las medidas para evitar la guerra y que se tomarán todas
las medidas para ganarla. Los estadounidenses entienden el precio de los
conflictos porque lo hemos pagado en el pasado. No hay nada seguro en la
guerra, excepto la seguridad del sacrificio.
Sin embargo,
la única manera de reducir los daños y la duración de la guerra es emplear toda
la fuerza y el poderío de nuestras fuerzas armadas, y estamos preparados a
hacerlo. Si Saddam Hussein trata de aferrarse al poder, seguirá siendo un
enemigo mortal hasta el final. Quizá, de pura desesperación, él y los grupos
terroristas traten de realizar operaciones terroristas contra el pueblo
estadounidense y nuestros amigos. Estos ataques no son inevitables. Sin
embargo, son posibles. Y este mero hecho recalca la razón por la cual no
podemos vivir bajo la amenaza de la extorsión. La amenaza terrorista contra
Estados Unidos y el mundo disminuirá en el momento que Saddam Hussein esté
desarmado.
Nuestro
gobierno está de guardia intensificada ante estos peligros. De la misma manera
que nos estamos preparando para garantizar la victoria en Iraq, estamos tomando
otras medidas para proteger nuestro territorio nacional. En días recientes, las
autoridades estadounidenses han expulsado del país a ciertas personas con
vínculos a los servicios de inteligencia iraquíes. Entre otras medidas, he
ordenado mayor seguridad en nuestros aeropuertos y más patrullas del Servicio
de Guardacostas en los principales puertos marítimos. El Departamento de
Seguridad del Territorio Nacional está colaborando estrechamente con los
gobernadores del país para aumentar la seguridad armada en instalaciones
críticas en todo Estados Unidos.
Si los
enemigos atacan a nuestro país, estarán tratando de distraer nuestra atención
con el pánico y de debilitar nuestro estado de ánimo con el temor. Fracasarían
con esto. Ningún acto suyo puede alterar el curso o afectar la determinación de
este país. Somos un pueblo pacífico, pero no somos un pueblo frágil y no
seremos amedrentados por matones ni asesinos. Si nuestros enemigos se atreven a
atacarnos, ellos y todos los que los han ayudado enfrentarán consecuencias
temibles.
Obramos
ahora porque los riesgos de la inacción serían aún mayores. En un año o en
cinco años, el poder de Iraq de causarles daño a todas las naciones libres
estaría muy multiplicado. Con esta capacidad, Saddam Hussein y sus aliados
terroristas podrían escoger el momento de un conflicto mortífero cuando se
encuentren al máximo de su fuerza. Elegimos enfrentar esa amenaza ahora, donde
surge, antes de que pueda aparecer repentinamente en nuestros cielos y
ciudades.
La causa de
la paz requiere que todas las naciones libres reconozcan realidades nuevas e
innegables. En el siglo XX, optamos por apaciguar a los dictadores asesinos,
cuya amenaza se permitió que aumentara hasta llegar al genocidio y a la guerra
mundial. En este siglo, cuando los hombres malvados traman el terrorismo
químico, biológico y nuclear, una política de contemporización podría resultar
en un tipo de destrucción que jamás hemos visto en esta tierra.
Los estados
terroristas y el terrorismo no divulgan estas amenazas con antelación, en
declaraciones formales, y responder a dichos enemigos solamente después de que
ataquen primero no es defensa propia; es suicidio. La seguridad del mundo
requiere que se desarme a Saddam Hussein ahora.
Al hacer
cumplir las exigencias justas del mundo, también honraremos los acuerdos más
profundos de nuestro país. A diferencia de Saddam Hussein, creemos que el
pueblo iraquí merece y es capaz de la libertad humana. Y cuando haya salido el
dictador, pueden sentar un ejemplo para todo el Medio Oriente de nación vital y
pacífica y autónoma.
Estados
Unidos, junto con otros países, se dedicará a promover la libertad y la paz en
esa región. No se logrará nuestro objetivo de la noche a la mañana, pero se
puede lograr con el tiempo. El poder y el atractivo de la libertad humana los
sienten cada vida en cada país. Y el mayor poder de la libertad es triunfar
sobre el odio y la violencia, y dedicar los dones creativos de los hombres y
las mujeres a la búsqueda de la paz.
Ese es el
futuro por el cual optamos. Las naciones libres tenemos un deber de defender a
nuestros pueblos al unirnos contra los violentos. Y esta noche, como lo hemos
hecho anteriormente, Estados Unidos y nuestros aliados aceptan esa
responsabilidad.
Buenas
noches, y que Dios continúe bendiciendo a los Estados Unidos.
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Marzo 18,
2003
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