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El
siguiente hecho podría provocar más de una torcedura en la próxima marcha
anti-globalización (y el próximo llamado a las armas): El libre comercio que
los manifestantes denuncian promueve más que prosperidad. Un creciente
cuerpo de investigación sugiere que también promueve algo más cercano a sus
corazones: Paz.
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La evidencia se ha
vuelto tan fuerte que el presidente estadounidense, George W. Bush, la ha
utilizado para mostrar cómo una política comercial liberal es parte necesaria
de una defensa nacional fuerte. La última "Estrategia de Seguridad Nacional de
Estados Unidos" afirma que el libre comercio y la apertura de mercados pueden
ser tan importantes para asegurar la paz en el largo plazo como un
financiamiento militar robusto.
El documento
representa un nuevo pensamiento en el gobierno de que la seguridad de Estados
Unidos depende en el éxito económico de otros países, que la represión política
y económica engendran pobreza, frustración y resentimiento, y que los mercados
abiertos—al igual que los gobiernos abiertos y las sociedades abiertas—pueden
aliviar las causas de la amenaza terrorista contra Occidente.
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No es la pobreza
la que causa el terrorismo. Los 19 secuestradores del 11 de Septiembre
provenían mayoritariamente de un origen de clase media; quince de los mismos
eran originarios de Arabia Saudita, un país rico en petróleo. Pero las
condiciones que producen pobreza—falta de libertad económica—también generan
una sensación de desesperanza y desesperación que engendra resentimiento.
Las organizaciones
terroristas explotan esta situación al reclutar a nuevos miembros. Mientras
tanto, los líderes de estos países le echan las culpas a Estados Unidos en
lugar de aceptar la responsabilidad por las políticas que empobrecen a sus
propios pueblos.
Tal y como lo
señaló la administración Bush en su documento de la Estrategia de Seguridad
Nacional, "el crecimiento económico apoyado por el libre comercio y los
mercados libres crea nuevos empleos e ingresos más altos. Le permite a la gente
salir de la pobreza, estimula la reforma económica y legal, y la lucha contra
la corrupción, y refuerza los hábitos de la libertad."
Ayudar a los
pobres del mundo a prosperar y reforzar "los hábitos de la libertad"
ciertamente constituye una alternativa atractiva a una guerra permanente contra
el Islamismo radical. Y sería mucho menos costosa.
A pesar de las
excepciones, como Bahrein, la mayoría de los países en el Medio Oriente
producen muy poco crecimiento económico para sus poblaciones. Incluso los
vastos suministros de petróleo favorecen únicamente a la elite.
Un reporte del
Banco Mundial afirma que 2.000 millones de personas—la mayoría de ellas en el
África sub-Sahariana, el Medio Oriente y la antigua Unión Soviética—"viven en
países que se están quedando rezagados." Estos países han fracasado en
integrarse a la economía mundial, fracasaron en derribar las barreras al
comercio y a los flujos de inversión, fracasaron en establecer derechos de
propiedad y, como resultado, fracasaron en convertirse en economías modernas.
Y, de acuerdo con
una investigación realizada por Edward Mansfield de la Universidad de
Pennsylvania y Jon Pevehouse de la Universidad de Wisconsin, esa es una receta
para problemas. Mansfield y Pevehouse han demostrado que el comercio entre
naciones hace que sea menos probable verse envueltas en guerras unas con
otras—e impide que rencillas acaben en conflictos de destrucción recíproca.
También encontraron que estas tendencias son más pronunciadas entre los países
democráticos con una larga tradición de respeto al Estado de Derecho.
Los países que
comercian unos con otros tienen menores probabilidades de verse enfrentados en
el campo de batalla que los países que no mantienen relaciones comerciales. Y
el tamaño de las economías involucradas no afecta esta relación, lo que
significa que los países débiles y pequeños pueden aumentar sus capacidades de
defensa simplemente al incrementar el comercio con los gigantes económicos del
mundo.
Expertos, como
Mansfield y Pevehouse, afirman que la integración comercial intensiva, quizás
más que cualquier otro factor, ha conllevado a una paz de cinco décadas sin
precedentes en Europa Occidental.
Ellos determinaron
que los países de América del Norte y del Sur generalmente han buscado integrar
sus economías mediante una variedad de alianzas comerciales, y las disputas
comerciales en el continente americano tienden a ser resueltas sin necesidad de
guerras. Por el contrario, los países de Oriente Medio y África, al igual que
los de Europa del Este, han sido históricamente menos activos en establecer
relaciones comerciales—y más activos en el campo de batalla.
El comercio no es
un substituto de una defensa nacional fuerte, pero esta última no puede
garantizar seguridad por sí misma. El libre comercio, mercados libres y pueblos
libres no solo traen prosperidad, sino que también paz. Y ese es un objetivo
que comparten aquellos que creemos en la globalización—y aquellos que no.
1 Gerald P. O'Driscoll Jr. es académico titular del Cato
Institute
2 Sara Fitzgerald es analista de política comercial de la
Heritage Foundation.
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Marzo 17,
2003
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