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El
martes 11 de septiembre de 2001 quedará definitivamente inscrito en las
páginas de la historia como un día de gran trascendencia en el naciente
siglo XXI. Un episodio más de una Guerra Santa contra los infieles,
emprendida desde el siglo VII que ha marcado el inicio del primer gran
conflicto de los tiempos actuales.
En el año 632 después de Cristo Mahoma abandona la ciudad de La
Meca, huyendo de sus enemigos, dando inicio con ésta Hégira a una de las
religiones más sólidas y combativas que el mundo ha conocido. Recipiendario
del mensaje divino de Alá, Mahoma regresa en el año 632 y conquista, además de
La Meca, un lugar en la historia. Padre de un gran imperio que se extendió
por el mundo conocido, sus herederos los Califas llegaron incluso, en el año
711, después de dominar el Norte de África, a España, de donde fueron
expulsados ochocientos años después en el mismo año del descubrimiento de
América, no sin antes haber dejado su huella indeleble en los conquistadores
del Nuevo Mundo.
Pueblo
guerrero por naturaleza, los árabes han estado continuamente en conflicto,
teniendo como bandera y esencia al Islam, religión que tiene entre sus normas
la intolerancia a los infieles, que son simplemente quienes no comparten sus
creencias.
Sin embargo, también conocen la rivalidad fraterna movidos por
posiciones religiosas, agrupándose en dos grandes tendencias: los Sunnitas y
los Shiitas. Los primeros consideran que los líderes, los Califas (sucesores
de Mahoma) pueden ser cualquier musulmán, en tanto que los Shiitas, seguidores
de Alí, yerno de Mahoma y cuarto Califa de la dinastía gobernante en La Meca
después de la muerte de Mahoma, precedido por Abú Beker, Omar y Otmán,
plantean que los únicos legítimos Califas son los descendientes de aquél, por
lo que ante la ausencia de alguien digno del título son guiados por un Imán
y no bajo un régimen de Califato. Los Sunnitas ocupan aproximadamente el 87%
del mundo musulmán, en tanto que los Shiitas el 13%.
Esta división teológica ha propiciado un rompimiento del
concepto de panarabismo, lazo de unión racial de los pueblos, impulsado por
Gamal Abdel Nasser, tendiendo actualmente a un panislamismo, prevaleciendo la
religión por encima de la raza, toda vez que a partir de la década de los
ochentas Israel dejó de ser el centro del conflicto en Oriente Medio, por lo
menos para los no palestinos, para ceder su lugar a la lucha por la prevalencia
del radicalismo integrista que se vive en nuestros días.
Para las corrientes integristas, la guerra con Israel es solo
una pequeña parte del problema, el cual consiste en el gigantesco proyecto de
la cultura occidental de acabar con el Islam a través de las acciones
militares, económicas y culturales propiciadas por la globalización para los
fundamentalistas la búsqueda se orienta a la revalorización de los fundamentos
Islámicos como mejor instrumento para defenderse de Occidente.
Actualmente la nación árabe se encuentra dividida por estas
posiciones encontradas para enfrentar la, para ellos la temida amenaza de
liberalismo imperial. Sin embargo, no podemos dejar de lado la posibilidad de
una unión, por lo menos parcial de los musulmanes convocados a la Guerra
Santa.
Por
que, de hecho, lo ocurrido en Nueva York y Washington fue un evento mas del
combate integrista por la supremacía de la religión de Mahoma, o mejor dicho
por su supervivencia frente a la globalización, aunque no hay que perder de
vista que los actos que han impresionado al mundo emanan de grupos extremistas,
sin que su sentir sea compartido por las naciones árabes, por lo menos no por
todas.
En un interesante ensayo publicado en 1993 en el número 72 de la
Revista Foreign Affairs, Samuel P. Huntington habla de este fenómeno
planteado desde 1967 por los fundamentalistas islámicos en el cual la
globalización es en medio de despersonalización contra el cual deben luchar
las culturas para conservar su propio espacio. Según este autor, las nuevas
controversias no se mueven por criterios económicos sino de civilización. Ya
no es una lucha de países sino de culturas; somos testigos del combate contra
la idea de globalidad y el fomento nacionalista en su mas actual, extrema y
radical expresión.
En
este orden de ideas, estamos en el umbral de una guerra distinta a la que nos
han enseñado los libros de historia, un conflicto en el que las banderas
musulmanas se alzaron en contra de la occidentalización, utilizando nuevas
formas de combate, tanto tecnológico, como mediático e ideológico, como lo
pudimos constatar el martes negro en Nueva York en 2001, fecha que marca el
inicio de una serie de acciones que forman parte de una guerra que tiene ya
mucho tiempo, aun cuando no lo pareciere.
El
conflicto que presenciamos actualmente, esta nueva batida norteamericana contra
Irak, dista mucho de aquellas largas filas de tropas y maquinaria de guerra
tomando por asalto el país enemigo como en las guerras mundiales del siglo XX
y de cuyos combates llegaban noticias con algunos días de retraso. Ahora,
desde nuestros cómodos hogares podremos presenciar en vivo y en directo por
televisión o Internet las acciones bélicas que cada vez alteran menos nuestra
capacidad de asombro. La aldea global generada por la red de redes se verá
directamente involucrada en lo que podríamos llamar una verdadera Guerra
Mundial por sus alcances universales gracias a los medios de comunicación y a
los impactos económicos que se resienten a lo largo y ancho del mundo por ésta
situación.
Estamos ante una lucha cultural que, una vez concluida, dejará
como secuela una redefinición de conceptos esenciales dentro de la teoría
política y filosófica mundial y, sobre todo, nos dará la pauta sobre el futuro
de las civilizaciones que actualmente conocemos. Nos toca presenciar un
momento histórico que definitivamente cambiará nuestra concepción del mundo y
sus instituciones.
Bien podemos hablar del mundo antes y después del 11 de
septiembre de 2001. No sabemos cuando comenzó la guerra y no sabemos donde
terminará; solo sabemos que aquel día en Nueva York fue y será, un hito en la
historia.
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Marzo 10, 2003
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