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El
clima ha cambiado radicalmente. Recuerdo que hace unas décadas, las lluvias
llegaban a su tiempo. Los campesinos sabían cuando debían preparar sus
tierras para la siembra y en cuanto caían las primeras lluvias empezaban a
sembrar. Y cuando estas tardaban le ofrecían misas y reverencias a su Santo
Patrón, San Isidro El Labrador o lo sacaban en procesión por el campo, con
música y cohetes.
Las lluvias
eran fuertes y prolongadas, a veces caían con granizo. Los campesinos sabían
distinguir entre una nube de lluvia y otra de granizo. Cuando avistaban una de
granizo surgía la preocupación porque eso significaba peligro para sus
siembras, sea milpa, fríjol, arroz o cebada. Entonces se preparaban; unos
detonaban cohetes muy tronadores, especiales para deshacer nubes, otros hacían
fogatas con ciertas ramas verdes para ahuyentar la nube.
Más antes,
en algunos pueblos de México había un “Conjurador”. Esta era una persona con
ciertos conocimientos o dotes, se decía, para conjurar tormentas y en especial,
nubes negras que presagiaban granizos. Recuerdo que cuando caía una granizada
fuerte se cubría la tierra de bolitas blancas, con espesores hasta de treinta
centímetros y llegaban a durar hasta dos días.
Este
Conjurador, al avistar la tormenta, salía con su machete, simulando un duelo
con seres invisibles y profiriendo palabras ininteligibles libraba su batalla.
A veces le ganaba, otras no. Como quiera que fuese, los campesinos, al levantar
sus cosechas le daban un diezmo porque éste había contribuido con sus conjuros.
Era hermoso
escuchar el canto de los grillos, el croar de las ranas y sapos después de una
torrencial lluvia. Pero sobre todo el zumbar de los ríos y arroyos que se
prolongaba durante la noche.
Antes nada
se sabía de fenómenos como “El Niño” o “La Niña”, ni sobrecalentamiento de la
tierra, ni polución, gases invernadero y el cáncer era una enfermedad rara; el
SIDA no existía. Las estaciones estaban en su lugar. Había tiempo de lluvias,
tiempo de siembras, de cosechas, de frío; el verano era verano y el invierno,
invierno. Pero ahora puede llover en enero o febrero y no ver nubes en mayo. De
pronto nos enteramos que cayó nieve en Guadalajara o en Cuernavaca, la antes
ciudad de la eterna primavera.
No hay duda,
el clima está cambiando. Datos proporcionados por científicos, nos dicen que
las temperaturas que hoy conocemos no sólo son las más cálidas, sino las más
elevadas de los últimos 150 mil años. Para el extinto y reconocido astrónomo
Carla Sagan, si bien es verdad que el tiempo inclemente no requiere un
calentamiento global, todos los modelos informáticos señalan que este iría
acompañado de un incremento significativo de mal tiempo: graves sequías tierra
adentro, grandes frentes tormentosos e inundaciones cerca de las costas, mucho
más calor y mucho más frío a escala local.
Pero estos
cambios no sólo afectan a los hombres, también repercuten en los animales y
microbios portadores de enfermedades. Dice Sagan que los recientes brotes de
cólera, malaria, fiebre amarilla, dengue y síndrome pulmonar de hantavirus
están relacionados con alteraciones metereológicas. Según últimos estudios, el
incremento del área terrestre ocupada por zonas tropicales y subtropicales y la
consecuente proliferación de mosquitos portadores de la malaria determinarán
cada año, para este siglo, entre 50 millones y 80 millones de más casos de
paludismo.
Todos estos
cambios, según lo futurólogos, podrían ocasionar, entre otros, una crisis
agrícola global precipitada por las sequías, hecho que comenzará a hacerse
significativa hacia el 2050. Como la tierra se calienta, el nivel del mar
asciende, por lo que es posible que hacia el final del siglo XXI se haya
elevado decenas de centímetros, y quizás hasta un metro.
En el cambio
climático intervienen muchos factores, entre los que se destaca el uso de
combustibles fósiles, petróleo y gasolina, la tala de bosques, el crecimiento
desordenado de las ciudades y la explotación irracional de los recursos
naturales. Pero el problema fundamental ahora, no es buscar culpables, sino
vencer la inercia y la resistencia al cambio. sobre todo de las entidades
multinacionales industriales, económicas y políticas que dependen del petróleo,
en primera instancia; pero también de los ciudadanos que inconscientemente
destruyen bosques, tiran basura, construyen fincas donde no se debe y el
gobierno por hacerse el ciego y no adoptar medidas preventivas y correctivas.
Técnica y
científicamente hemos avanzado mucho. El hombre ha pisada la superficie lunar y
se han enviado sondas espaciales que sobrevuelan planetas muy alejados de
nuestra vista. Pero aquí en la tierra estamos destruyéndola. Estima Sagan que
el dióxido de carbono, derivado de los combustibles fósiles, que hemos lanzado
a la atmósfera permanecerá allí durante décadas. Y a pesar de los muchos
esfuerzos que se hagan por reducirlos; esto es, si mañana mismo se detuvieran
todas las emisiones de dióxido de carbono y otros gases, el efecto invernadero
seguiría aumentando, por lo menos hasta el final de este siglo.
Me pregunto,
¿qué serán de nuestras jóvenes generaciones y de sus hijos? Ahora para
practicar el sexo deben protegerse con un nylon, mañana quizá anden por la
calle con máscaras antigas o con ropa especial para protegerse de los rayos
ultravioleta. ¿Qué herencia vamos a dejarles a nuestras generaciones, a las que
los futurólogos han calificado con un X. X, el misterio, la cantidad
desconocida, el futuro incierto?
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Marzo 10,
2003
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