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La
elección de un coronel que se insubordinó a principios del año 2000 y
precipitó un golpe de estado planeado por el alto mando militar y consagrado
por la clase política tradicional ecuatoriana, abre un período de
expectativas en el Ecuador: el Movimiento Indígena llega al poder en alianza
con el candidato triunfante. En una sociedad racista, jerárquica y
excluyente, sin duda, éste es un hecho inédito.
Esta elección se
explica por el desgaste de las instituciones de la sociedad política,
especialmente de los partidos, y es la consecuencia de la ineficacia de 24 años
de gobernantes civiles en donde los índices de concentración del ingreso y
inequidad aumentaron dramáticamente. A lo largo de estas dos últimas décadas,
la economía nunca se equilibró, los servicios sociales están a punto del
colapso y la obra pública se deterioró.
El gobierno del
presidente saliente: Gustavo Noboa deja un déficit fiscal cercano al 10% del
PIB, que es una cifra dramática en cualquier parte del mundo, el mismo que
tiene que confrontarse con las ilusiones que despierta el Presidente electo,
que se levantan alrededor de la posibilidad de que su gobierno estabilice la
política y la economía del Ecuador.
El nuevo
Presidente ecuatoriano llega al poder como consecuencia de la popularidad
alcanzada cuando, en su calidad de Subdirector de la Academia de Guerra del
Ejército, moviliza desarmado en enero del año 2000 a sus estudiantes y
profesores, todos militares con rangos de Tenientes Coroneles y Coroneles, y se
suma a los líderes indígenas que habían tomado físicamente la sede del Congreso
Ecuatoriano.
El Presidente
Mahuad estaba caído, pero el golpe se había producido antes, por decisión de
una Junta de Generales y Almirantes, en el contexto de un país caotizado, en
donde el mandatario no obtuvo respaldo alguno que evite su salida.
Dos años después,
el Coronel que se insubordinó, sin haber conocido los designios de sus
superiores, es elegido Presidente. Había ganado la primera vuelta con el 20% de
la votación, la más baja alcanzada por candidato alguno que haya triunfado en
la primera ronda. Gutiérrez fue respaldado por una coalición formada por su
propio partido (Sociedad Patrótica), constituido ad-doc para las elecciones, en
donde militan ex-militares, amigos íntimos y parientes, por el brazo político
de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, el movimiento
Pachakutik, y por el Movimiento Popular Democrático, que es el único partido
marxista - leninista que sobrevive en el Ecuador.
Las fuerzas que
respaldaron al nuevo Presidente construyeron una alianza electoral, pero en
rigor no son una alianza gubernamental. No hubo un proyecto político de
carácter ideológico que lo inspire. La coalición se levantó sobre la confianza
personal, el conocimiento mutuo de los protagonistas y las expectativas de
réditos políticos que tuvieron los participantes.
En
el nuevo escenario el presidente Gutiérrez enfrenta la oposición de los
partidos tradicionales del Ecuador, que controlan el Congreso, y ha tenido que
establecer un programa de estabilización económica que contempla un alza de
combustibles y de impuestos, para poder obtener recursos con los cuales pagar a
maestros, policías, soldados y empleados de la salud, a quienes el anterior
gobierno quedó debiendo varios meses de sueldo.
Gutiérrez tiene
dos dificultades adicionales. No goza de la confianza de los empresarios
ecuatorianos, aunque por el momento tampoco le son hostiles. Los gremios
productivos que en el Ecuador son regionales, han sido siempre muy activos la
política, jugaron un papel central en las caídas de los Presidentes Mahuad y
Bucaram, a los que terminaron oponiéndose ferozmente. En el contexto
internacional, su figura se parece demasiado al estereotipo de Chávez, aunque
ambas personas sean distintas, y los procesos políticos de los dos países
también. El Presidente ecuatoriano es visto con cautela por el Departamento de
Estado.
Los partidos
políticos tradicionales ecuatorianos no se renovaron, abandonaron las
ideologías y se anquilosaron sobre estructuras de dirección en donde los
personajes son inamovibles. Terminaron dominados por la sombra de caudillos
omnímodos que se perpetúan desde hace más de veinte años y han sido los
epítomes de la exclusión. Clubes cerrados de viejos amigos que detentan o
ambicionan poder.
La crisis política
ecuatoriana que comenzó en 1994, con la destitución del vicepresidente Dahik,
parece no tener fin. Dados los antecedentes recientes de la política
ecuatoriana, el riesgo de volver a vivir escenarios de inestabilidad persiste.
No sólo porque el
próximo gobernante es un extraño al establishment económico y político, y eso
lo hace estructuralmente débil, sino porque tanto los actores elitarios cuanto
aquellos que intentan representar a los sectores subordinados de la población,
no han tenido proverbialmente actitudes leales al juego democrático.
1. Adrian Bonilla es Subdirector
Académico y Coordinador de Investigaciones.
FLACSO-Ecuador (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales).
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Febrero 25, 2003
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