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Todo
tiene su tiempo bajo el sol: el mismo sol tiene su tiempo para ocultarse;
hubo tiempo para escribir el Eclesiastés; tiempo para meter goles los
domingos; en Colombia, las reinas se coronan en noviembre, un mes con cuerpo
de mujer; las cometas prefieren agosto, un mes con piel de viento; las
“culebras” (acreedores) aparecen cumplidas el día que pagan la quincena.
Y los magos llegan
en enero. Lo hacen el 31 cuando celebran su aquelarre anual con el cumpleaños
de su patrono, Don Bosco. A finales de diciembre, los magos meten ese mes
dentro de un sombrero y, por arte de birlibirloque, lo sacan vestido de enero.
También podrían sacar un conejo.
Aprovecho la
efemérides para expresarle a la hermandad de las manos fáciles –magia es humor
con las manos- mi solidaridad ante al agravio que recibieron alguna vez en
Estados Unidos donde colegas suyos sin hígados revelaron muchos de los grandes
secretos del arte.
En señal de
protesta, en su momento me abstuve de ver por televisión los programas en los
que se contaban intríngulis del oficio. Un conejo que sale de un sombrero, es
un conejo que sale de un sombrero. Una paloma que sale de un cigarrillo es eso,
o el logotipo del Espíritu Santo. Nada más.
Eso lo aprendí de
niño cuando asistí por primera vez al circo que incluía en la nómina a un
payaso de malas que cambió de profesión la noche que se miraba a un espejo sin
espejo: el espejo se cayó y se rompió en pedazos. Arrancó tantas risas a la
aristocracia bajita de gallinero que de inmediato hizo el tránsito de payaso a
mago.
Ese circo tenía en
los payasos que cambiaban de oficio, en la mala suerte y en su pobreza, sus
mayores atractivos. Menos mal que nunca tuvo plata para contratar los servicios
de un enano. Se les habría crecido.
Nadie entre la
“piernipeludocracia” (los niños) que frecuentábamos la carpa de aquel circo,
nos atrevimos a dudar jamás, ni a indagar cómo los pañuelos se convertían en
conejos, los conejos en confetis, los confetis en paraguas, los paraguas en un
aguacero. La magia es la magia, tiene la razón en la sinrazón y dejémonos de
vainas y de metafísicas.
Siempre
celebré el hecho de que los voluntarios que en su única visita a Colombia
desapareció el mago gringo David Copperfield se negaran a contar cómo es el
asunto, o dónde estuvieron durante su fugaz eclipse. Eso es contribuir a dejar
salir el Merlín que todos llevamos dentro en animada procesión. Contar cómo es
el truco, sería tan traumático como si la mujer de nuestros sueños eróticos,
Claudia Schiffer, por ejemplo, ex mujer de David y ahora madre de un mago
diferente, decidiera acostarse con nosotros. En ese caso, el amor platónico
habría dejado de existir. Como la estatua de la Libertad cuando a David le da
por desaparecerla.
Menos mal que Don
Bosco, patrono de los magos, pasó la mano sobre el universo mundo, le echó los
polvos de la madre celestina, y nos hizo olvidar a todos aquel despropósito
recordado fugazmente en esta nota que se mete en un punto aparte para
biografiar otros magos que nos han visitado.
Daba, de
Argentina. Es la versión de sus paisanos Les Luthieres, pero con las manos. Lo
que un plusmarquista de los cien metros planos hace por debajo de los diez
segundos, Daba lo hace con sus diez dedos. Regala los de los pies. No tiene
hora propia. Cuando Daba necesita saber qué hora es, aprovecha su facilidad de
expresión manual para desaparecer relojes ajenos. Como es cleptómano al revés,
luego los devuelve. Juega partidos de tenis imaginarios con pelotas amarillas
que hoy son y dentro de una milésima de segundo no aparecen.
Nathan
Burton es canadiense. Con su oficio hace realidad aquello de que la magia es el
esperanto del asombro y de su carnal la sonrisa. Trabaja como si estuviera
tocando un Stradivarius. Es el único mago en el mundo que le ha dado estatus al
inodoro como caballo de Troya de su arte. En cualquier momento, Burton hace
aparecer uno de estos olorosos e imprescindibles artefactos en el escenario.
Luego jala una cadena y enseguida desaparece un hombre. Es el preciso para
hacer desaparecer del excusado de la historia a todos los corruptos que en el
mundo son.
Gustavo
Lorgia, de Colombia. Decidió no crecer demasiado para agigantarse como mago.
De su padre no heredó complejos sino trucos. En su caso, un centímetro menos de
estatura equivale a una excentricidad mágica más. Su virtuosismo mayor
consiste en desaparecerse él mismo en plena función. En segundos está
confundido entre el proletariado de gallinero o entre la aristocracia de
adelante. Está perfeccionado una suerte que consiste en convertir al país en
una patria -así sea boba- en la que ser honrado vuelva a ser negocio.
Juliana
Chen, de China. Esta mujer diminuta es un misterio con los ojos rasgados. Es
toda delicadeza, toda fragilidad, toda cartas, toda manos brujas. Los políticos
habilidosos no le pierden el rastro porque siempre tiene decenas de ases en la
manga. En sus manos, las cartas son pájaros fénix que se van reproduciendo a
medida que terminan la función dormidos sobre el escenario. Es increíble que
una mujer tan bella sea capaz de hacer desaparecer tantas cartas. Donde Juliana
pone su frágil pie, hay escasez de cartas y pánico de tahúres. Antes de
regresar al misterio de su China natal, nos dejó la última carta para
jugárnosla al destino. Su foto está en todos los casinos del mundo para impedir
su entrada.
Victor &
Diamond. En magia, estos dos afro-americanos son alfiles del mismo color negro.
Siempre van por la misma diagonal. Son tan diestros en su oficio que les hacen
vale en cualquier casino de Las Vegas, donde trabajan. Están tan coordinados
que en una conversación Diamond aporta las vocales y Víctor las consonantes.
Esa complicidad se nota al pie de la letra en su trabajo sobre las tablas.
Andan con un zoológico de plumas debajo del brazo. El asombro suelta una
“certaine sourire” cuando Víctor convierte en mujer a una paloma. Proyecta
incorporar a su repertorio de mago el arte de convertir un elefante en conejo.
Para ello está leyendo toda la literatura que dejó el proceso 8.000 y el caso
Dragacol en Colombia.
Jair Bonaire,
gringo de profesión, es un Houdini pluviométrico que saca tantos paraguas de
la nada que podría escapar a todos los aguaceros del mundo sin repetir
sombrilla. El único paraguas que le falta a su repertorio es el surrealista de
Tola y Maruja. Jair es el dueño del fuego. Lo manipula a su antojo. Eróstro
modelo 2003 construye castillos de fuego en el aire. Convierte la piromanía en
arte.
Y como por
arte de magia, a partir del próximo punto no me verán más.
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Febrero
18,
2003
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