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Vivimos
en un mundo de manifestación. Nuestro
planeta, al igual que todo lo que
percibimos con los sentidos, es lo que llamamos “manifestación”. Desde
un punto de vista humano, debemos reconocer que la manifestación es lo que
nos permite estar conscientes, o ser conscientes, de nuestra propia
existencia. El hombre no podría saber que lo es, si no existiera “lo
externo a él”. Lo “externo” constituye nuestra referencia: si vemos
un árbol y nos percatamos que el árbol no camina, entonces, sabemos que
hay una diferencia entre él y nosotros; cuando vemos a un hombre y una
mujer, a pesar de la similitud, podemos distinguir las diferencias.
Cuando vemos a un hombre enfermo, entonces, y sólo entonces,
entendemos que estamos sanos; cuando algo nos daña sabemos que eso no es
para nosotros y, circunstancialmente, sabemos lo que nos conviene. Si no
existieran las manifestaciones, además de no existir nosotros mismos, no
habría conciencia en lo absoluto.
Lo
que hasta ahora hemos hecho es interpretar, y cuando queremos interpretar
una cosa debemos contar con un marco de referencia que se encuentre fuera de
la cosa interpretada. No hay manera de hacerlo si no es así. Estamos en
capacidad de interpretar lo manifestado y eso hace imprescindible lo
inmanifestado.
Los
cuerpos que vemos son una forma de manifestación pero, siguiendo la misma línea
de análisis, difícilmente podríamos decir que el hombre sea ese cuerpo y
solo ese cuerpo que vemos. Detrás de ese cuerpo está la idea que se
manifiesta. Detrás de la armonía y la salud de ese cuerpo, está lo
inmanifestado, lo imaginado, lo pensado, la idea.
Dethefsen
y Dahlke, en su libro "La enfermedad como camino", nos dicen:
"Tanto en medicina como en el lenguaje popular se habla de las más
diversas enfermedades. Esta inexactitud verbal indica claramente la
universal incomprensión que sufre el concepto de enfermedad. La enfermedad
es una palabra que sólo debería tener singular; decir enfermedades, en
plural, es tan tonto como decir saludes. Enfermedad y salud son conceptos
singulares, por cuanto que se refieren a un estado del ser humano y no a órganos
o partes del cuerpo, como parece querer indicar el lenguaje habitual. El
cuerpo nunca está enfermo ni sano, ya que en él solo se manifiestan las
informaciones de la mente. El cuerpo no hace nada por sí mismo. Para
comprobarlo basta con ver un cadáver. El cuerpo de una persona viva debe su
funcionamiento precisamente a estas dos instancias inmateriales que solemos
llamar conciencia (alma) y vida (espíritu). La conciencia emite la
información que se manifiesta y se hace visible en el cuerpo. La conciencia
es al cuerpo lo que un programa de radio al receptor. Dado que la conciencia
representa una cualidad inmaterial y propia, naturalmente, no es producto
del cuerpo ni depende de la existencia de éste.
Lo
que ocurre en el cuerpo de un ser viviente es expresión de una información
o concreción de la imagen correspondiente (imagen en griego es eilodon y se
refiere también al concepto de la idea)".
Actualmente
sabemos que cada parte nuestra, cada órgano, corresponde a una información
cuyo punto de partida es la conciencia. Cuando todas las partes se conjugan
en el modelo, éste se manifiesta armonioso y a esa armonía le llamamos
salud. Así que la desarmonía de una parte respecto al conjunto, el que una
parte no responda a la idea, a la conciencia; o que dicha conciencia emita
una información que no es armoniosa con el conjunto será, pues, lo que
llamamos enfermedad. En dicho caso "es el cuerpo el enfermo". Si
nuestra información es armónica nuestro cuerpo estará en "estado de
salud". Podemos deducir, entonces, que las enfermedades no existen como
manifestación aislada, y, sin participación de alguna idea y, por tanto,
asumiremos que lo que podemos encontrar son enfermos pero no enfermedades,
ya que es el hombre (en su totalidad) el que genera la idea y condiciones de
su estado.
Usted
me dirá que la gastritis que le diagnóstico su médico, de verdad existe
como algo separado de su intención o de su idea. En general usted pensará
que es su idea estar sano y no enfermo. Así es pero, debo decir que lo que,
por ejemplo, usted llama gastritis, no es una enfermedad. Es el síntoma de
que usted está enfermo y no de que usted tiene enferma alguna parte de
usted.
Trataré
de explicarlo con un asunto muy conocido. Su auto tiene, con toda seguridad,
una alarma luminosa que le indica cuando el motor se ha quedado sin aceite,
generalmente una ampolletita amarilla. Cuando se enciende la ampolletita
amarilla (gastritis) a usted no se le ocurre sacar la ampolleta (cirugía)
para que ya no se encienda, lo que usted hace es colocar aceite en el cárter
y la ampolleta se apaga y el auto anda bien. Si usted se limitara a sacar la
ampolleta, el motor fundiría a corto plazo.
La
enfermedad, según la vemos, es la falta de armonía del individuo. Esta
falta de equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo como síntoma. El síntoma
nos alerta y nos obliga a estar pendiente de él. Nos dice que estamos
desequilibrados y que debemos hacer algo por lo inmanifestado, por nuestra
conciencia, a fin de terminar con el aviso; el síntoma. Debemos transmutar
la enfermedad, no combatirla. Curación, desde este punto de vista, en el
que necesariamente debe existir una elevación de conciencia, es entonces
una aproximación a la plenitud, al amor, a la paz profunda, a lo que un
hindú llamaría iluminación, a lo que nosotros denominamos evolución.
Lo
anterior se deduce del hecho simple de que para curarnos debemos ampliar
nuestra conciencia. Esto significa que
debemos penetrar en los dominio de lo inmanifestado y de allí traer
a la manifestación la armonía que hará su labor en nuestro cuerpo, la que
transmutará las desarmonías y hará que dejemos de ser enfermos.
La
curación, por tanto, no es un hecho puramente funcional de nuestro cuerpo.
Este campo de lo funcional, es el de la medicina científica y en eso cada
vez lo hace mejor siendo esto, ni bueno ni malo, solo intervenciones viables
en el plano material. De ahí a curar, es otra historia.
ALGO
DE POLARIDAD
Somos
duales, de polos opuestos, polarizados. Nuestra conciencia del mundo es
polarizada y polarizadora. Esto, naturalmente, no significa que el mundo sea
así. Sólo significa que es la forma en que nuestra conciencia nos da el
conocimiento del mundo, así lo entendemos. A manera de ejemplo podemos
notar el movimiento de nuestra respiración. Podemos dividirla en dos
componentes: inhalación y exhalación, siendo la exhalación el contrario,
el polo opuesto a la inhalación. No podría existir inhalación si no
existiera su contrario la exhalación, si así fuera el proceso
respiratorio, como lo conocemos, no existiría. Así que un polo, para su
existencia, depende del otro polo.
Lao-tsé,
en el Tao-Te-King nos dice:
-
El
que dice: hermoso está creando: feo.
-
El
que dice: bien está creando: mal.
-
Resistir
determina: no resistir, confuso determina: simple, alto determina: bajo
ruidoso determina: silencioso, determinado determina: indeterminado,
ahora determina: otrora.
Así
pues, el sabio actúa sin acción, dice sin hablar. Lleva en sí todas las
cosas en busca de la unidad.
Él
produce, pero no posee, perfecciona la vida pero no reclama reconocimiento y
porque nada reclama nunca sufre pérdida.
Ya
lo dijimos: los seres humanos somos duales, polares y polarizados. ¿Qué
significa esto?.
Significa
que detrás de lo que consideramos correcto, detrás de lo que creemos que
somos, detrás de lo que hemos aceptado como "santo y bueno" en
nosotros; está el contrario.
Si
digo que soy trabajador y amante de mi familia, lo que quiero decir es que
considero que estas cualidades humanas de ser trabajador y amante de mi
familia, son las que considero adecuadas, "santas y buenas" y que,
cualquiera que tenga esas mismas cualidades será considerado por mí como
"santo y bueno". Cuando expreso estas cualidades en mí, también
estoy diciendo que no tengo las cualidades de ser "vago" y
despegado de mi familia. Estas formas me parecerán inadecuadas,
cuestionables y desechables tanto en mí mismo como en otros, con lo cual
niego esas posibilidades en mí y juzgo a otros que las manifiestan.
Esta
parte de mí que dejo detrás, por decirlo de alguna manera, escondida;
desechada; negada, parece a mis ojos que no existe. He superado estas
cualidades humanas (ser vago y desapegado de la familia) por repudiables y
ya no son parte de mí. He aquí el error. En realidad dichas características
son el otro lado de mí, son el contrario de lo que considero deseable pero,
no por ser calificadas de esta manera dejan de existir; no por que las
niegue dejan de ser; no por que las repudie dejan de existir en mí, son
parte de mí. Mi totalidad está compuesta por las "dos caras de la
medalla": coexisten en mí ser "trabajador" y
"vago"; ser "amante de mi familia" y "desapegado de
mi familia", y, a menos que sea consciente de que ambas cualidades están
presentes, jamás estaré completo. Siempre habrá una parte de mí en la
sombra, algo de mí estará escondido, asechando en la oscuridad de mi
conciencia. Siempre estará "listo
para saltar sobre mí y sobre los demás" desde mi "lado
oscuro".
Nuestro "lado oscuro"
constantemente intenta manifestarse, es parte de su naturaleza. Él existe
como parte integrante de mí y no puede, ni debe, ser simplemente ignorado.
Tiene derecho a manifestarse, de una u otra forma, me gusten los resultados
o no. Sean los síntomas gratos o no para mí. Es el precio por negarme, por
no conocerme a mí mismo Que por no conocernos, somos enfermos. Mientras
vivamos esta polaridad, que parece ser siempre en estos mundos de
manifestación, seremos enfermos.
No
podemos eliminar o desconocer lo que somos. Si queremos no ser enfermos
debemos conocernos a nosotros mismos, aceptarnos, asumir lo que somos en
totalidad, reconociendo ambas caras de la medalla. Si no hacemos esto no
avanzamos en nuestra evolución, no accedemos a mayores niveles de
conciencia y, por tanto, permanecemos enfermos. Si deseamos curarnos,
debemos aceptarnos.
Así
que lo que llamamos Terapia Alternativas, no son otra cosa que facilitarnos
y facilitarle a otros, alguna de las
herramientas que pueden ayudarnos a dicha aceptación. Esto hará que nos
sintamos más armónicos y seamos más armónicos. La armonía traerá como
consecuencia que tengamos menos síntomas, o no tengamos síntomas que nos
estén indicando que somos enfermos. Sin embargo, somos enfermos y la última
manifestación de esta condición nuestra es la muerte. Sólo los síntomas
variarán de un hombre a otro.
Emprender
el camino del conocimiento de mí mismo, ocuparme de tan importante asunto,
constituye la preparación para llegar a la etapa del servicio a los demás.
Esto probablemente es lo más que podamos entender de lo que llamamos amor.
El Maestro Jesús el Cristo, reconocido por todos los hombres como el Rey
del Amor, dice: Ama
a tu prójimo como a ti mismo.
Así
pues debemos ser capaces de "amarnos a nosotros mismos" ya que en
la misma medida seremos capaces de amar a otros. Debemos entender, eso sí,
que amarnos no significa hacernos el gusto. Lo que significa es aceptarnos
en nuestra totalidad, hasta donde eso es posible en nuestra percepción
polarizada de todo. Este parece ser el orden natural. Todo esfuerzo por
servir y amar a otros pasa por el amor que nos tenemos, dado que la manera
que podemos comprender de servir parece estar definida en: No
hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran. En tanto más nos
aceptamos y amamos, entre más nos conocemos; más claro es aquello de
"que no nos gustaría que nos hicieran" y, por lo tanto, sabremos
mejor que no hacer con los otros. Más difícil es saber qué
hacer por los demás. Quizás, por ahora, bastará con saber qué
no hacer. Por este camino podemos llegar, tarde o temprano, a la cura.
Seremos enfermos sin tanto síntoma.
Febrero
18, 2001
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