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Para
comenzar a hablar de uno de los temas que esta noche nos convoca, quisiera
proponerles que hagamos una especie de simulación para tratar de graficar
algunos datos. Si, por ejemplo, pensáramos que la Argentina es un país de
cien habitantes, y tratáramos de comprender qué sucede con algunos
comportamientos en esta suerte de "país en miniatura", veríamos
que, de esos 100 argentinos, 30 serían pobres, 14 serían indigentes, y la
mitad serían menores de 18 años de edad. Asimismo, 20 estarían
desocupados o sub-ocupados, 70 recibirían ingresos por debajo de la
denominada "canasta familiar", y 53 vivirían en hogares pobres,
es decir, con una serie de necesidades básicas insatisfechas. Los 10
argentinos más ricos ganarían 27 veces más que los 10 más pobres, y además
esos 20 más ricos concentrarían en sus manos más riqueza que los 80
habitantes restantes en su totalidad. Sin embargo, desde el punto de vista
de la estructura impositiva, cada 3 pesos recaudados de los aportes de estos
100 argentinos, sólo $1 sería en función de la renta y el resto sería
recaudado en función de gravámenes sobre variables indirectas como el
consumo. Cada uno de estos 100 argentinos destinaría 305 pesos al pago de
la deuda externa y a sus intereses, y solamente destinaría 53 pesos a
asistencia social, 79 pesos a educación y 13 pesos a planes de empleo.
A
su vez, estos argentinos habrían generado una economía con un índice
relativamente muy bajo de apertura hacia el exterior, hacia los mercados
internacionales -de un 17%- con un agravante: cada tonelada de importación
costaría 1.500 dólares y cada tonelada de lo que se exporta equivaldría a
400 dólares. Esto nos estaría hablando de una estructura de inserción
internacional primarizada con un factor de competitividad basado en los
recursos primarios y los recursos naturales intensivos, que son factores de
competitividad cada vez más desplazados por los productos adaptables a
demandas cambiantes y dinámicas en los cuales Argentina tiene muy poca
inserción.
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Estos
y otros datos que podríamos analizar nos estarían dando la pauta de que
efectivamente hay algo que está ausente en nuestro país, que es el
desarrollo. Argentina no es una sociedad desarrollada. Esta situación tiene
una diversidad de aspectos que tendríamos que mencionar. Si nos situáramos
desde el punto de vista de una evolución histórica, no podríamos dejar de
reflejar que desde hace más de dos décadas y tal vez algo más, se ha
revertido un ciclo histórico en nuestro país, se ha revertido un modelo
que hasta ese momento venía siendo trazado -si bien con dificultades por
todos conocidas- en función de pautas de desarrollo, con un Estado
protector, con un Mercado regulado, con una Sociedad basada fundamentalmente
en principios de equilibrio y oportunidades.
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A
partir de la ruptura de dicho patrón histórico, desde hace veinticinco años
hemos comenzado a transitar un nuevo ciclo en el cual seguimos presenciado
elementos de la fase negativa del ciclo histórico anterior, es decir, hemos
presenciado el desarme del modelo anterior que hemos ido desestrucutrando a
través de la retirada del Estado, de la modificación de las pautas de
comportamiento de la sociedad y del cambio de algunos valores fundamentales
que imperaron en nuestra conformación nacional, sin que hayamos logrado
reemplazar aquel modelo por un nuevo concepto de desarrollo. Por el
contrario, el desarrollo es un tema que hoy está ausente y que debemos
recuperar como sociedad.
Resumidamente,
podríamos decir que en los últimos años, el desarrollo ha dejado de ser
una idea central y ha pasado a ser cada vez más una idea subordinada al
logro y mantenimiento de los grandes equilibrios macroeconómicos. Ya no
hablamos de desarrollo, hablamos de otras cuestiones que no necesariamente
son tan abarcadoras, tan complejas y tan inclusivas como la idea de
desarrollo. Creo que este es hoy un fuerte déficit que tenemos como
sociedad, y que nos debe comprometer con la necesidad de recuperar una idea
que nos permita explicar una serie de cuestiones más para tratar salir de
la situación en que nos encontramos hoy, donde el cerco no es solamente
financiero -tal vez esta sea su faceta más grave y elocuente que uno puede
advertir- pero en la cual también nos enfrentamos con una suerte de cepo
ideológico que hace que entonces nuestros problemas se expliquen
fundamentalmente desde el punto de vista macroeconómico y hoy diríamos con
una primacía de las variables fiscales.
Desde
ese punto de vista, entramos en el actual espiral de ajuste tras ajuste: con
el ajuste restringimos el consumo, con el consumo la recaudación, lo cual
nos plantea la necesidad de achicar cada vez más el Estado para entrar
nuevamente en una nueva fase de ajuste. Este es el ciclo recesivo que los
argentinos estamos atravesando, un ciclo de sumatoria de problemas. Además,
desde esta perspectiva de primacía de la mirada macroeconómica, también
se nos ha planteado que el objetivo ya no es el desarrollo sino el
crecimiento, que es un concepto eminentemente económico que refiere a
variables económicas y definido gráficamente a partir del desempeño de
variables exclusivamente económicas. Desde esta óptica, la idea es que hay
que crecer como país sin importar qué ocurre con otras variables sociales,
políticas e institucionales, porque el crecimiento, una vez logrado, se
"derramará" sobre el conjunto de la sociedad. Sin embargo esta
carta no ha logrado ser corroborada en los hechos. Si observamos lo que ha
ocurrido en los últimos diez años, por ejemplo, vamos a encontrar que
efectivamente Argentina creció como economía, y en alguno de esos años,
lo hizo de manera muy importante. Sin embargo, los valores que hablan de la
distribución de los frutos de este crecimiento, son todos negativos. No ha
habido "derrames". Aquella idea tan fuerte de que si viene el
crecimiento viene el "derrame" más allá del costo que tenga
dicho crecimiento tampoco ha sido corroborada.
Entonces,
podemos ver que esta especie de "capitalismo mágico" que está
imperando se basa en determinadas fórmulas que nunca logramos ver operar en
la realidad, y personalmente, considero que esta idea tiene que ver con lo
que podríamos llamar cierta "ilusión del desarrollo apolítico",
esto es, pensar que el desarrollo es algo que se puede construir apolíticamente,
solamente a partir de variables o de cuestiones económicas. Por eso es que
entones quedamos a merced de aquellos que puedan comprender esas variables,
o que puedan entender la sensibilidad de los mercados. Hoy quienes pueden
opinar sobre qué hay que hacer o cómo hay que avanzar es un pequeño grupo
de economistas expertos, y el resto de los ciudadanos quedamos en una posición
de simples espectadores, porque no tenemos la posibilidad de introducir otra
variables de análisis.
Esta
es una mirada restrictiva desde el punto de vista político. Aquel modelo de
desarrollo al que hacíamos referencia hace un momento y que hasta hace algo
más de dos décadas estuvo rigiendo nuestros destinos, era un modelo
construido fundamentalmente a partir de pactos y de acuerdos políticos -si
bien fuertemente corporativos y centralizados en el Estado, como la hora
demandaba. Entonces, creo que el gran desafío que tenemos por delante es
ver si podemos revertir de una vez por todas este interregno en el que
estamos, en el cual estamos sometidos a lógicas que nos excluyen tanto
socialmente como desde el punto de vista de la posibilidad de opinar, y que
a su vez se basa en lógicas que no han sido corroboradas ni han demostrado
ser exitosas en la práctica. Entonces, me parece que una idea central es
que hay que asumir el desarrollo como un objetivo político, como siempre lo
ha sido. Las sociedades desarrolladas son aquellas que han logrado
establecer las pautas políticas elementales y centrales que han conducido
los destinos de esas naciones, que han permitido ordenar y organizar al
conjunto de los actores y los factores que actúan en una economía.
Este
es, a mi modo de ver, el problema central que estamos teniendo como
sociedad: volver a pensar en términos de construcción política de una
nación, y desde distintos ámbitos e instancias desde las que actuamos
-nuestras ciudades, nuestros lugares de trabajo- trabajar en pos de ese
objetivo. El desarrollo es un proceso de construcción que remite
necesariamente a nuestras capacidades, a lo que somos capaces de aspirar, a
lo que somos capaces de convenir, de comprometernos y de liderar. Esto es
algo que, en definitiva, está ligado directamente a nuestros potenciales y
cada vez menos ligado a factores externos, que sin duda son claramente
condicionantes, pero no determinan los procesos sociales de construcción y
aprendizaje del modo en que tendemos habitualmente a pensar.
Esto
nos enfrenta a una tremenda disyuntiva que sabemos que se plantea desde los
griegos: para llegar a un destino necesitamos que los vientos sean
favorables. Hoy no lo son, está claro, pero entones uno puede optar por
sentarse a esperar que estas cuestiones exógenas, ajenas a nosotros
cambien; pero también sabemos también desde los griegos que no sólo
necesitamos vientos favorables sino además claridad respecto a dónde
queremos llegar y a través de qué medios, que son factores que dependen
fundamentalmente de nosotros mismos. Una propuesta central que yo quisiera
dejar planteada en una instancia de reflexión como la de hoy, en este
encuentro inaugural del Foro del Bicentenario, es que comencemos a pensar en
todas las cosas que podemos hacer a partir de nuestras capacidades.
El
desarrollo es claramente un desafío local, no en el sentido acotado que
podemos dar a lo local como ámbito pequeño desconectado de las grandes
tendencias y problemas que nos afectan como sociedad. Por el contrario, es
local porque es la manera de empezar a buscar el modo de dar respuestas
concretas y adecuadas para solucionar aquellos grandes problemas. Si los
desafíos son políticos y tienen que ver con los compromisos que seamos
capaces de asumir, qué mejor que comenzar a plasmar esto en aquellos ámbitos
en los cuales todavía nos podemos relacionar cara a cara. Si el desarrollo
depende de desafíos que tiene que ver con los liderazgos, con las pautas de
construcción que seamos capaces de asumir, qué mejor que hacerlo desde el
lugar donde nos conocemos, donde podemos interactuar permanentemente, donde
podemos establecer criterios o estrategias y modificarlas sobre la marcha.
Este es el sentido que creo tiene la idea del desarrollo local.
Para
culminar, simplemente quisiera expresar que si nosotros planteamos que estos
desafíos dependen cada vez más de nosotros mismos, de nuestros
compromisos, de nuestras interacciones y de nuestras capacidades, también
estamos planteando que el resultado es incierto. No podemos garantizar que
necesariamente vamos a triunfar en nuestro esfuerzo. Lejos de que esta sea
una idea pesimista, creo que tiene que ver con algo también planteado por
los griegos en aquella alegoría de la Isla de Ítaca, donde lo importante
para quienes asumían el desafío de llegar a esa isla que tenía tantos
atractivos no era tanto llegar -y esta es una pura contingencia- sino al
menos haber hecho el intento.
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Febrero
3, 2002
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