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Estimados amigos:
Vengo ante ustedes hoy, después de dos años, con un mensaje: para
construir confianza en el gobierno, es necesario vincular las políticas
económicas y sociales. Este no es el tiempo de cambiar de principios, sino
de asegurar la inclusión al desarrollo.
El siglo XXI llegó con cambios importantes y las naciones se están
realineando de cara a los nuevos retos que nos presenta. No hay duda de que
hoy el mundo es diferente. No hay duda de que el mundo está cambiando y
continuará haciéndolo por caminos todavía impredecibles. Como ha dicho
Václav Havel, “todo es posible pero nada es seguro”. Por ello, tenemos que
estar siempre listos, con una economía tan flexible y competitiva como sea
posible.
Sin embargo, al mismo tiempo que nos preparamos para enfrentar estos retos,
en México y en el mundo tenemos que librar con éxito una batalla que no
hemos podido ganar: la batalla contra la pobreza y la marginación.
No podemos cerrar los ojos a los millones de personas en el mundo que viven
en condiciones de miseria. No podemos ser ciegos ante la creciente y
dramática brecha entre los países más ricos y los más pobres.
La pobreza es el mayor desafío de la humanidad. La pobreza es verdaderamente
el enemigo a vencer. La pobreza ahoga la esperanza y los sueños de nuestros
jóvenes. La pobreza lleva a la exclusión, al odio, al conflicto. Todos
sabemos en nuestros corazones que algo está mal cuando vemos el dolor que
causa la pobreza en cualquier lugar del mundo.
La verdad es que no hemos hecho un buen trabajo. No podemos sentirnos
satisfechos con los resultados. Ninguno de nosotros quiere un mundo en el
que una parte sustancial de la humanidad viva al borde de la muerte por
hambre. Nadie quiere un mundo en el que sigan aumentando las desigualdades y
la marginación.
El siglo XX vio pasar distintas teorías de desarrollo. Sin embargo, para la
mayor parte de la humanidad éstas resultaron insuficientes. Tenemos que
concebir una nueva manera de articular las relaciones económicas con los
valores sociales. Tenemos que reconocer que las variables fundamentales de
la economía son tan importantes como las variables de una sociedad justa y
humana.
Aprendamos de la historia. Reconozcamos que para resolver el problema de la
pobreza no basta la racionalidad de los mercados. No basta un simple cambio
de énfasis y de actitud. No bastan las políticas asistencialistas. Estas
medidas no bastan en las sociedades profundamente divididas y desiguales que
hoy abarcan la mayor parte del globo.
Las políticas de desarrollo centradas en el mercado son actualmente blanco
de fuertes críticas en muchos foros mundiales, y aquí mismo en Davos.
Ciudadanos y organizaciones de diferentes partes del mundo nos piden
cambiar. Cambiar nuestra forma de pensar sobre como promover un mayor
desarrollo económico y social en nuestros países. Cambiar nuestras
políticas, nuestras estrategias y nuestra manera de relacionarnos con el
mundo.
Cambiar para construir una nueva era de cooperación democrática y
responsabilidad compartida, donde los países en vías de desarrollo se
comprometan con políticas económicas responsables, los países desarrollados
acepten comprometerse solidariamente con los países de menores ingresos, y
ambos lo demuestren en los hechos.
Debemos cambiar, pero cambiar para construir, no para destruir. Ello implica
reconocer dos cosas.
Por un lado, reconocer que no es tiempo de cambiar de principios. No es
tiempo de abandonar nuestro compromiso con la apertura de la economía, la
desregulación de los mercados, el mantenimiento de finanzas públicas sanas,
la política monetaria responsable y la mayor participación del sector
privado en la economía.
No es tiempo de cambiar de principios. No es tiempo de abandonar nuestro
compromiso con las llamadas reformas de segunda generación, nuestro
compromiso con el desarrollo de una infraestructura legal e institucional
ágil y confiable, y con una administración pública moderna y eficaz.
Por otro lado, es tiempo de reconocer que ni el consenso de Washington, ni
las reformas de segunda generación, liberarán de la pobreza a los millones
de personas que ya no pueden esperar más.
Vencer la pobreza es una tarea compleja, probablemente la más compleja.
Requiere no sólo de voluntad, sino también de imaginación, recursos y
perseverancia. Pero el punto de partida es encontrar un nuevo motor del
crecimiento.
El
motor que propongo es una fuerte expansión de la ciudadanía económica y una
democratización de la economía a nivel mundial, con la participación de los
sectores de la población y los países que hoy se encuentran excluidos; un
amplio programa de inclusión económica que desate la energía de los millones
que han quedado fuera del desarrollo. Ello no sólo es deseable: es posible.
Descartemos los antiguos paradigmas, las ideologías cerradas y los falsos
dilemas, que nos conducían a elegir entre el mercado y el Estado.
Necesitamos más mercado y un mejor Estado. Necesitamos una estrategia de
desarrollo global que integre la competencia y eficiencia con la igualdad de
oportunidades y la solidaridad.
Necesitamos políticas sociales activas, centradas en la dignidad, la
libertad y la capacidad de las personas, a fin de que éstas puedan
aprovechar las oportunidades, generar activos y salir del círculo vicioso de
la pobreza por su propio pie y de manera permanente.
Necesitamos y debemos vincular las políticas económicas y sociales.
En síntesis, necesitamos poner en práctica un nuevo humanismo económico.
Amigas y amigos:
Si queremos prosperar juntos, reconozcamos que la lucha contra la pobreza y
la exclusión es la lucha por la paz, por la justicia social, por el futuro
de todos.
No podemos seguir un camino que privilegia a pocos y condena a muchos.
Recordemos que el mundo es de todos. De nada sirve que avancen unos cuantos
mientras que la mayoría se estanca o retrocede.
Demos cabal respuesta a la emoción y esperanza que los nuevos tiempos y la a
nueva agenda de la humanidad ha despertado en el mundo entero.
Si queremos progresar, si queremos colocar a nuestras naciones en igualdad
de circunstancias, todas y cada una de las naciones, todos y cada uno de
nosotros, debemos estar dispuestos a cambiar, a ir más allá.
No nos preguntemos si podemos darnos el lujo de solidarizarnos con las
regiones y los países menos desarrollados. Preguntémonos si podemos darnos
el lujo de no hacerlo.
El único resultado posible que podemos aceptar es la reducción de la pobreza
año con año, mes con mes, día con día.
Estamos entrando a una nueva etapa histórica. Terminó un siglo marcado por
grandes guerras mundiales. Al entrar al tercer milenio, la humanidad tiene
la oportunidad de construir un futuro diferente: un futuro de puentes en
lugar de muros; un futuro de inclusión, entendimiento y asociación.
Pero ese futuro tiene que ganarse, tiene que edificarse pacientemente con la
participación de todos y cada uno de los países, de todas y cada una de las
regiones, de todas las mujeres y todos los hombres que habitamos este
planeta.
Sólo así encontraremos un nuevo motor para la economía.
Es por ello, que para construir confianza en el gobierno, debemos vincular
las políticas económicas y sociales. No es este el tiempo de cambiar de
principios, sino de asegurar la inclusión al desarrollo.
Muchas gracias.
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Enero 25, 2002
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