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Palabras del Presidente Vicente Fox Quesada

Foro Económico Mundial
Davos, Suiza, 24 de enero de 2003

Versión estenográfica de las palabras del Presidente Vicente Fox Quesada ante el Foro Económico Mundial. 
(Interpretación del inglés al español)


Estimados amigos:

Vengo ante ustedes hoy, después de dos años, con un mensaje: para construir confianza en el gobierno, es necesario vincular las políticas económicas y sociales. Este no es el tiempo de cambiar de principios, sino de asegurar la inclusión al desarrollo.

El siglo XXI llegó con cambios importantes y las naciones se están realineando de cara a los nuevos retos que nos presenta. No hay duda de que hoy el mundo es diferente. No hay duda de que el mundo está cambiando y continuará haciéndolo por caminos todavía impredecibles. Como ha dicho Václav Havel, “todo es posible pero nada es seguro”. Por ello, tenemos que estar siempre listos, con una economía tan flexible y competitiva como sea posible.

Sin embargo, al mismo tiempo que nos preparamos para enfrentar estos retos, en México y en el mundo tenemos que librar con éxito una batalla que no hemos podido ganar: la batalla contra la pobreza y la marginación.

No podemos cerrar los ojos a los millones de personas en el mundo que viven en condiciones de miseria. No podemos ser ciegos ante la creciente y dramática brecha entre los países más ricos y los más pobres.

La pobreza es el mayor desafío de la humanidad. La pobreza es verdaderamente el enemigo a vencer. La pobreza ahoga la esperanza y los sueños de nuestros jóvenes. La pobreza lleva a la exclusión, al odio, al conflicto. Todos sabemos en nuestros corazones que algo está mal cuando vemos el dolor que causa la pobreza en cualquier lugar del mundo.

La verdad es que no hemos hecho un buen trabajo. No podemos sentirnos satisfechos con los resultados. Ninguno de nosotros quiere un mundo en el que una parte sustancial de la humanidad viva al borde de la muerte por hambre. Nadie quiere un mundo en el que sigan aumentando las desigualdades y la marginación.

El siglo XX vio pasar distintas teorías de desarrollo. Sin embargo, para la mayor parte de la humanidad éstas resultaron insuficientes. Tenemos que concebir una nueva manera de articular las relaciones económicas con los valores sociales. Tenemos que reconocer que las variables fundamentales de la economía son tan importantes como las variables de una sociedad justa y humana.

Aprendamos de la historia. Reconozcamos que para resolver el problema de la pobreza no basta la racionalidad de los mercados. No basta un simple cambio de énfasis y de actitud. No bastan las políticas asistencialistas. Estas medidas no bastan en las sociedades profundamente divididas y desiguales que hoy abarcan la mayor parte del globo.

Las políticas de desarrollo centradas en el mercado son actualmente blanco de fuertes críticas en muchos foros mundiales, y aquí mismo en Davos.

Ciudadanos y organizaciones de diferentes partes del mundo nos piden cambiar. Cambiar nuestra forma de pensar sobre como promover un mayor desarrollo económico y social en nuestros países. Cambiar nuestras políticas, nuestras estrategias y nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Cambiar para construir una nueva era de cooperación democrática y responsabilidad compartida, donde los países en vías de desarrollo se comprometan con políticas económicas responsables, los países desarrollados acepten comprometerse solidariamente con los países de menores ingresos, y ambos lo demuestren en los hechos.

Debemos cambiar, pero cambiar para construir, no para destruir. Ello implica reconocer dos cosas.

Por un lado, reconocer que no es tiempo de cambiar de principios. No es tiempo de abandonar nuestro compromiso con la apertura de la economía, la desregulación de los mercados, el mantenimiento de finanzas públicas sanas, la política monetaria responsable y la mayor participación del sector privado en la economía.

No es tiempo de cambiar de principios. No es tiempo de abandonar nuestro compromiso con las llamadas reformas de segunda generación, nuestro compromiso con el desarrollo de una infraestructura legal e institucional ágil y confiable, y con una administración pública moderna y eficaz.

Por otro lado, es tiempo de reconocer que ni el consenso de Washington, ni las reformas de segunda generación, liberarán de la pobreza a los millones de personas que ya no pueden esperar más.

Vencer la pobreza es una tarea compleja, probablemente la más compleja. Requiere no sólo de voluntad, sino también de imaginación, recursos y perseverancia. Pero el punto de partida es encontrar un nuevo motor del crecimiento.

El motor que propongo es una fuerte expansión de la ciudadanía económica y una democratización de la economía a nivel mundial, con la participación de los sectores de la población y los países que hoy se encuentran excluidos; un amplio programa de inclusión económica que desate la energía de los millones que han quedado fuera del desarrollo. Ello no sólo es deseable: es posible.


Descartemos los antiguos paradigmas, las ideologías cerradas y los falsos dilemas, que nos conducían a elegir entre el mercado y el Estado. Necesitamos más mercado y un mejor Estado. Necesitamos una estrategia de desarrollo global que integre la competencia y eficiencia con la igualdad de oportunidades y la solidaridad.

Necesitamos políticas sociales activas, centradas en la dignidad, la libertad y la capacidad de las personas, a fin de que éstas puedan aprovechar las oportunidades, generar activos y salir del círculo vicioso de la pobreza por su propio pie y de manera permanente.

Necesitamos y debemos vincular las políticas económicas y sociales.

En síntesis, necesitamos poner en práctica un nuevo humanismo económico.

Amigas y amigos:

Si queremos prosperar juntos, reconozcamos que la lucha contra la pobreza y la exclusión es la lucha por la paz, por la justicia social, por el futuro de todos.

No podemos seguir un camino que privilegia a pocos y condena a muchos. Recordemos que el mundo es de todos. De nada sirve que avancen unos cuantos mientras que la mayoría se estanca o retrocede.

Demos cabal respuesta a la emoción y esperanza que los nuevos tiempos y la a nueva agenda de la humanidad ha despertado en el mundo entero.

Si queremos progresar, si queremos colocar a nuestras naciones en igualdad de circunstancias, todas y cada una de las naciones, todos y cada uno de nosotros, debemos estar dispuestos a cambiar, a ir más allá.

No nos preguntemos si podemos darnos el lujo de solidarizarnos con las regiones y los países menos desarrollados. Preguntémonos si podemos darnos el lujo de no hacerlo.

El único resultado posible que podemos aceptar es la reducción de la pobreza año con año, mes con mes, día con día.

Estamos entrando a una nueva etapa histórica. Terminó un siglo marcado por grandes guerras mundiales. Al entrar al tercer milenio, la humanidad tiene la oportunidad de construir un futuro diferente: un futuro de puentes en lugar de muros; un futuro de inclusión, entendimiento y asociación.

Pero ese futuro tiene que ganarse, tiene que edificarse pacientemente con la participación de todos y cada uno de los países, de todas y cada una de las regiones, de todas las mujeres y todos los hombres que habitamos este planeta.

Sólo así encontraremos un nuevo motor para la economía.

Es por ello, que para construir confianza en el gobierno, debemos vincular las políticas económicas y sociales. No es este el tiempo de cambiar de principios, sino de asegurar la inclusión al desarrollo.

Muchas gracias.

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Enero 25, 2002

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