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Ahora
que andamos sin norte por caminos de imposible satisfacción, que hemos
enterrado la honestidad en el subsuelo de los mercados y somos unos mansos
vulgares con
la lengua llena de pelos, nos vamos dando cuenta de que el paraíso
perdido era realmente el patrimonio a enriquecer, o, por lo menos, a
conservar. Y voy a explicar esta frase para que algunos se enteren de que
los pelos en la lengua son aquellos que, de una u otra forma, impiden que
los humanos podamos expresarnos libremente. Y como voy a hablar de política,
el paraíso lo refiero a la Transición que, a pesar de sus marcadas
imperfecciones, en esto de la libertad de expresión nos podía dar sopas
con honda.
Claro
que, en la época de la Transición, la derecha tenía un complejo de dictadura suficiente como
para dejarse flagelar por una izquierda bisoña que había decidido ponerle
las peras al cuarto pero no romperle la cara. Y eso hizo, dejarla viva para
que, a través de un proceso de autoinculpación, liderado por el
eclecticismo de un político hábil, como Suárez, hiciera su particular
travesía del desierto, en la que, por cierto, el monstruo perdió su propia
cabeza. Bueno, en realidad la cambió por el camaleonismo habilidoso de
Felipe González, personaje
carismático, ciclotímico y ambicioso en cuyo mandato empezaron a ponerse
clavos bajo las ruedas de la libertad, por la que tanto lucharon otros días, mediante aquella
famosa frase de Guerra: “el que se mueva no sale en la foto”.
Ya
sé, ya sé, Felipe González no es precisamente la personificación de la
derecha, pero mantuvo el rumbo del barco mientras ésta se purgaba y se
restablecía. Y lo hizo tan bien que ni siquiera fue necesario esperar a un
personaje de alcurnia y filigrana
para que, en nombre de la referida, tomara
nuevamente el timón. Fue suficiente con Aznar, el anti-líder, el hombre en
el que Fraga depositó unas
simpatías tan grandes como las
que Dios había depositado en Jesucristo: “Éste es mi hijo muy amado en
quien tengo todas mis complacencias”. Pero, claro,
entre las complacencias
de Fraga no está precisamente
la libertad de expresión, por más que en otros tiempos fuera el
progresismo de un Régimen en el que las mordazas estaban instaladas hasta
en las hojas parroquiales de los llamados curas obreros.
Ni
que decir tiene que, con estas marejadas de mar gruesa,
empezaron a recogerse las tintas de los periódicos, que
anteriormente se habían
derramado a su gusto; a
unificarse las voces de las radios, que tan libres y diversas sonaron en sus
días; y a diluirse
ciertas imágenes de televisión tras una pintura de silencios, apariencias,
altanerías, órdenes, prohibiciones, mansedumbres
y disimulos. Quedan los anuncios y la bazofia. Lo demás es propaganda.
Y
en eso andamos ahora, un
pensamiento único tras el que se otea una única frase: “al que rechiste,
lo capo” (valga esta expresión anti-genética que, si no aporta nada real
a la censura, al menos enriquece sus nombres). Ya no es aquello de moverse o
no moverse, sino de hablar o callar. La capadura es mía, como metáfora. La
amenaza, no. Ni la evidencia. Y el silencio es grande, casi de ultratumba, a
juzgar por lo poco que proliferan en España los eunucos. Proliferan, sí,
las soberbias de los que tienen la sartén por el mango, los pisotones a los
que aspiran a tenerla, las zancadillas a los que tratan de caminar por sus medios y en absoluto son adictos a la política, los
chantajes a los que laboral o profesionalmente dependen de alguna rama de la
administración, y las corrupciones con las que iba a acabar de cuajo el
elegido de don Manuel nada más alcanzar La Moncloa.
En
resumen, a mí me da la impresión de que vamos hacia atrás, como los
cangrejos. Hasta que el vulgo empiece a cansarse, supongo, y le monte la
gresca a los ostentadores de la política y del poder, que son los que
arruinan siempre el sembrado. La prueba está en Argentina, donde los
cangrejos se han cansado de ir siempre de culo y, un buen día, casi sin
saberlo, han salido de cara y resoplando, como toros de desesperación y de
muerte. Mucha catarsis tendrán que hacer los políticos argentinos, mucha
reconversión hacia la normalidad de la calle y mucho “mea culpa”
entonado a golpe de cacerola.
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Es
cierto que, en España, los cangrejos tenemos un mayor desahogo económico,
pero somos menos rojos que en el pasado y, la verdad, ¿qué es un cangrejo,
si no es rojo? ¿Quizás una cigala? Pero,
sí, en esto de la libertad de expresión, las cosas andan chungas de veras.
¿Y cómo van a andar, señores míos, si tiene la palabra la derecha y, ésta,
piramidalmente acongojada, se
la ha cedido por entero a su Presidente, que no es ni por asomo el alumno más
aventajado de la prosodia?. Además, Aznar se ha vuelto ufano y engreído,
cuando, para participar de la grandeza,
debiera rebajar un tanto los humos y pensar que tal vez está un
peldaño más alto de lo que le en realidad se merece. De hecho, la gente le
sigue aprobando por los pelos y sus pelos no son exactamente para
enmarcar...
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Enero
21 , 2002
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