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Introducción:
Cuando nos
preguntamos sobre el objeto de las ciencias(1) y de las artes(2), la respuesta
se sobrentiende: es un bien. No obstante, existen ciencias y artes
distintas, por ello, el bien más encumbrado se descubre en la más destacada de
las ciencias.
Si nos
preocupamos frente a la problemática del mundo actual, la tarea nos lleva a la
investigación, a la lectura, a las primeras manifestaciones de repudio por la
mala tarea de los pseudo gobernantes y a las penas aplicables según el caso.
1.- La
Política:
Dice
al respecto Aristóteles (384-322 a. C.): “La ciencia más elevada es la
política y el bien que la política persigue es la justicia, es decir, la
utilidad general” . Por su parte, Cicerón (3), Marcus Tullius Cicero (106-43 a.
C.) señala: “La ciencia que se aparta de la justicia, más que ciencia debe
llamarse astucia” y demarca: “La observación de la naturaleza y la meditación
han generado el arte”.
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Vemos que los
pensadores de la antigüedad, ligan la justicia (4) a la igualdad, pero la
última, no accede a ninguna discrepancia entre quienes son iguales, no obstante
existen desigualdades, aquellas que son motivo de estudio de la filosofía
política.
En todos los
tiempos se dice que la política (5) debe ser honrada por el
funcionario-magistrado que cubra un espacio de poder, la persona humana es una
elegida y como tal, favorecida por sus virtudes.
Las
cualidades esenciales son las que debemos observar. Dice Aristóteles: “Todos
los ciudadanos tienen razón al creerse con derechos, pero no siempre absolutos”.
Por ello, no todos los hombres pueden ser verdaderos políticos, porque los
cargos y las magistraturas no son para todos por igual, es decir sin
diferenciación a partir de las capacidades y bondades del hombre.
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Respecto de la
virtud más encumbrada, nos dice en La Política, Libro III, Capítulo VII “La
justicia es una virtud social que arrastra o lleva consigo todas las demás
virtudes”. “En un Estado también existe la necesidad de justicia y de virtud
guerrera, sin las cuales no puede haber una administración conveniente, pues si
unas condiciones son necesarias para su existencia las otras no lo son menos
para su administración. Todos estos elementos, o cuando menos algunos, parecen
disputarse con justo título la vida de la ciudad; pero en lo que toca a su
prosperidad y a su ventura, únicamente la educación y la virtud
pudieran con justicia disputársela”.
La virtud,
por sí sola, reclama sus derechos, máxime cuando la igualdad de la justicia se
refiere al mismo tiempo al interés general de la ciudad y al interés personal
de cada ciudadano. Aristóteles siempre aclara que en la mejor constitución, el
ciudadano es: “el que puede y quiere al mismo tiempo mandar y obedecer,
conformando su vida a las reglas de la virtud”. En definitiva, a un hombre
de este nivel de méritos (especie) hay que valorarlo en toda su dimensión.
2.- Ámbito de
la ley:
Desde los
albores de la humanidad, las leyes son de utilidad entre los pares (iguales) de
nacimiento, facultades y jurisdicciones. No obstante, para los desaforados (6)
no encontramos ley aplicable. Frente a situaciones como las descriptas, no
queda más que exponerse a las secuelas de una ridícula (7) fantasía. En este
punto, Aristóteles trae a colación un apólogo (8) que en principio pertenece a
Antístenes (9) que dice: <Las liebres pedían la igualdad de todos los
animales y les respondieron los leones: “Ese lenguaje necesita ser sometido con
garras como las nuestras”.> Así terminó la defensa de la igualdad de todos
los animales. Dice Aristóteles: “Por esta razón hubo de establecerse el
ostracismo en los Estados democráticos, que son los más celosos de la igualdad”.
3.- El
Ostracismo
(gr. ostrakismós ¬ óstrakon, lat. ostracismus):
Es el
caparazón (ostra), donde los antiguos griegos dejaban constancia escrita del
nombre del ciudadano condenado a un exilio político. Verbigracia:
un trozo de la ostra con el nombre de Temístocles (10) (527-460 a. de C.) que
data del 472 a. de C.
Su práctica fue
introducida en Atenas por Cístenes en el año 508 a. de C. y radicaba en el
siguiente ejercicio: Anualmente, por sólo una vez, todo ateniense tenía el
privilegio de anotar en una ostra (óstrakon) el nombre de un
representante del Estado que a su entender debía ser desterrado porque atentaba
contra la continuidad del Estado o bien, hacía mal uso de su autoridad,
jurisdicción o influencia entre otras miserias. Con 6000 votos a favor de la
petición escrita se condenaba a dicho ciudadano al ostracismo. Fueron
condenados Milcíades, Arístides (480 a. de C.) y Albicíades quien los abolió
para bien de la corrupción y de la impunidad generalizada en el caletre de la
política.
Dice
Aristóteles: “Nada impide que los monarcas obren como todos los demás
gobiernos, si lo hacen con intención de que su autoridad sea útil al Estado.
Las razones que se alegan en pro del ostracismo de toda superioridad
reconocida, no dejan de ser justas. Sin embargo, sería mejor que el legislador,
desde el principio estableciera la constitución en forma tal que no hubiese
necesidad de semejante remedio; pero si la constitución fuese de segunda mano
puede intentarse la reforma. No es así como los han usado en las Repúblicas; el
ostracismo no se ha establecido en ellas por el bien general, sino como arma de
partido. En lo gobiernos malos se ha visto emplear el interés particular, no
por el bien público; detal modo empleado, el ostracismo no es justo. Y no es
ningún caso de justicia absoluta”.
Digerimos estos
principios de gobierno y recatamos la preocupación por una ciudad perfecta, y
el supuesto de una superioridad bien ostensible en lo atinente a la virtud.
No es el caso de nuestros tiempos, pero si así fuere: ¿Qué hay que hacer?
Acorde el pensamiento obrado aristotélico: “No podemos decir que convenga
expulsar del Estado al que tenga esta superioridad, notoria y reconocida. Por
otra parte, tampoco se le puede someter a la autoridad; sería casi querer
mandar en Júpiter y compartir con él la autoridad suprema. El mejor, el único
partido, será que todos consientan de buena voluntad en darle el poder,
obedecerle, y que gobiernen perpetuamente hombres semejantes.”
Las
herramientas capaces de llevar a la práctica un buen gobierno (pese a estar
desarticuladas), todavía existen, aunque no siempre sea posible hacerlas
realidad en pos de una mejor calidad de vida.
Temístocles
dijo: “Pega, pero escucha” y con ello justificó el obrar político.
Baltasar Gracián para quien es tan difícil decir la verdad como ocultarla,
señaló: “Por grande que sea el puesto, ha de mostrar que es mayor la persona”
y nos llamó a la humildad (12).
Jacinto Benavente
(13) nos inculcó: “El día en que cada uno fuéramos un tirano para nosotros
mismos, todos los hombres seríamos igualmente libres, sin revoluciones y sin
leyes”. Queda entonces mucho por luchar, padecer y esperar hasta que la
virtud se apodere del obrar humano y del quehacer político. No somos libres
todavía, porque al decir de Víctor Hugo (1802-1885), “nos falta el
aire respirable del alma humana”.
Actualmente,
el mundo no se cae (Dios sabrá el por qué), pero tambalea. Lo real es que
cuando los políticos de hoy (desconocedor o trasgresor del ayer) dirigen sus
miradas al electorado actual, asisten atónitos a ver lo que nunca observaron
antaño: la incredulidad del Pueblo en el arte de lo posible. Algo triste por
cierto, porque es sencillo manejar voluntades, duro gobernar para el bienestar
del Estado (como Nación jurídicamente organizada) y difícil la prosperidad del
Pueblo. Debemos esperar a que el corazón de aquellos sienta lo que nunca antes
sintió para obtener resultados positivos.
Por ahora, no nos
olvidemos de aquellos que trabajan contra la causa de los Pueblos, que la
memoria sigue siendo el medio para alcanzar la dignificación de la virtud. Así,
sin saberlo, día a día se condena a los malos gobernantes que vituperan la
fina política. Es un ostracismo velado, pero un modo de reivindicar a la
política, el imperio de la ley, la virtud y la libertad.
Referencias:
(1)
Ciencia: (lat.
scientia) Conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas.
(2)
Arte: (lat.)
Conjunto de procedimientos para producir cierto resultado (en oposición a
ciencia, considerada como puro conocimiento independiente de toda aplicación, y
a naturaleza, considerada como potencia que produce sin reflexión). Para
Hermann Hesse (1877-1962): “Es la contemplación del mundo en estado de
gracia”.
(3)
Cicerón: Político y
escritor latino.
(4)
Ulpiano, Domitius Ulpianus (?-228 d. C.): Jurisconsulto romano,
consejero del emperador Alejandro Severo. Conforme Ulpiano: la justicia es
la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno lo suyo. Sin justicia
fue asesinado por los pretorianos cuando intentó privarlos de sus privilegios.
(5)
Política: (lat.
politicus gr. politikós) Arte de lo posible.
(6)
Que obra sin ley ni
fuero, atropellando por todo. Que es o se expide contra ley o privilegio.
(7)
Ridículo/a: (lat. -lu
ridere,
reír) Que por grotesco, mueve a risa. Expuesto a la burla o al
menosprecio de las gentes.
(8)
Apólogo: (gr.
apólogos) Fábula (composición literaria).
(9)
Antístenes (444-365 a. C.): Filósofo griego. Sentenció: “Las
pasiones tienen causas y no principios”.
(10) Temístocles
(527- 460 a. de C.): General y político ateniense.
(11) Baltasar
Gracián (1601-1658): Jesuita (la rama docta del catolicismo) y escritor
español.
(12)
Cristiandad.org Centro de
Debates, Información y Difusión para el catolicismo del Tercer Milenio.
“Humildad: virtud de virtudes” por Dr. José Carlos Corbatta. Ver: Aportes Nro.
100 www.cristiandad.org/apor humild.htm
(13) Jacinto Benavente (1866-1953): Dramaturgo español.
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Enero 19 2004
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