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Índice
1.
Introducción
2. La dolarización
en el contexto de la “globalización”
3. La
dolarización como instrumento para una integración (norte)americana
4. La
dolarización como palanca para consolidar el Washington Consensus (WC)
5.
La dolarización y sus rigideces en la gestión macroeconómica
6.
A modo de conclusión
Notas
Bibliografía
1.
Introducción
Ecuador
sorprendió al mundo en enero del 2000. Con la dolarización oficial plena
de su economía fue el primer país de América Latina que sacrificó su
moneda nacional e introdujo una moneda extranjera como de curso legal
completo. Panamá era, hasta entonces, el único país (2)
que había asumido el dólar norteamericano, como resultado de una imposición
externa a poco de su separación de Colombia en
1903 (3).
A inicios del tercer milenio, un año después que Ecuador, dos países
centroamericanos -El Salvador y Guatemala (4),
con diversos ritmos- se encaminaron hacia la dolarización plena de sus
economías.
En
este contexto se profundiza la discusión sobre dolarizar o no las economías
de América Latina, especialmente en economía que atraviezan una situación
extremandamente crítica, como la argentina. Y como van las cosas, en la
mayoría de casos, “la decisión final sobre la dolarización plena no se
impondrá ni se rechazará por los designios de la razón, sino que
responderá a la dinámica derivada de la armazón de los intereses políticos
hegemónicos y de la lógica del capital a escala internacional, respaldados
por las cúpulas dominantes de los países latinoamericanos” (Schuldt). En
otras palabras, la dolarización sería más el resultado de decisiones y
angustias políticas antes que la consecuencia de reflexiones técnicas.
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Desde esta perspectiva cabe analizar sus alcances y, por cierto, sus
limitaciones. A la dolarización, en consecuencia, no hay como ubicarla únicamente
en el campo económico, hay que estudiarla como una herramienta de uso múltiple
en varios ámbitos, pues a más de ser presentada como una medida que augura
un shock de confianza para superar
la perdida de credibilidad en la política monetaria nacional, ha sido
empleada también como tabla de salvación política para gobiernos en
crisis, el caso de Ecuador. También se la concibe como un mecanismo capaz
de provocar hasta una suerte hipnosis colectiva para acelerar el ajuste
estructural, por ejemplo podría servir como palanca para desentrabar los
procesos de privatización, así como para apurar la flexibilización
laboral; y, hasta se espera que ella actúe como ancla para enraizar el
modelo neoliberal, cuya continuidad estaría en cierta medida garantizada
independientemente de quién gobierne, el sueño tecnocrático de
despolitizar la economía.
|
A
más de las lógicas internas en cada país, hay que comprender los
intereses norteamericanos y, por cierto, la estrategia de los organismos
multilaterales. La dolarización, por lo demás, no puede ser estudiada
exclusivamente en el vacío de la política económica, sino que debe
incorporar reflexiones propias de economía política. Solo así se podrá
discutir “una aventurada hipótesis” planteada por Jürgen Schuldt, uno de
los críticos más profundos de la dolarización, quien teme que “la
dolarización plena de nuestras economías será un hecho en unos pocos años”.
Reconociendo,
entonces, que la dolarización está al servicio de determinados intereses y
alianzas hegemónicas dentro y fuera de cada país, y que su aplicación
responde a procesos avasalladores propios de la mundialización del
capitalismo, conviene hacer un análisis desde varias aristas, resaltando
las diversas implicaciones y las principales agendas involucradas, así como
una serie de prejuicios e inercias que trascienden las racionalidades estratégicas.
2.
La dolarización en el contexto
de la “globalización”
La
tendencia a la creciente integración global de los mercados de bienes y
servicios, así como de los flujos financieros, impulsa la búsqueda de
esquemas que permitan reducir los costos de transacción, las incertidumbres
monetarias y los riesgos cambiarios existentes, alentando una mayor
interrelación con la economía mundial. Esto conduce, de una u otra forma,
a un cuestionamiento del sistema monetario internacional sustentado en la
existencia de una moneda por cada país. Sus externalidades se reducirían a
través de procesos de centralización monetaria. Por lo que el mundo, se
dice con frecuencia, estaría en camino hacia la constitución de pocas
zonas monetarias, en el cual los actuales casos de dolarización unilateral
o asimétrica serían simplemente respuestas adelantadas
dentro
de una
corriente indetenible.
Estas
manifestaciones globalizantes, como es ampliamente conocido, se expresan en
un constante choque de fuerzas centrípetas y centrífugas. Unas y otras, en
una compleja relación dialéctica, reflejan las diversas lógicas
dominantes y también aquellas estructuralmente marginadas. La
“globalización”, como producto propio de la mundialización del sistema
capitalista y como tal de vieja data, es ambivalente; por un lado
homogeiniza e integra, pero por otro diversifica y desintegra. Así, la
apertura comercial convive con la construcción de espacios de integración
regional, en los cuales se proponen esquemas de centralización monetaria.
El caso más notable es la adopción del euro como moneda de por lo menos
doce países de la Unión Europea; la cual, a su vez, tendría en su mira
incorporar al resto de países de Europa del este. Un grupo de países árabes,
quizás influenciados por la experiencia europea, se encuentra también
estudiando la posibilidad de construir una unidad monetaria propia. Y aún
cuando no se puede comparar la dolarización unilateral con la constitución
de una zona monetaria óptima, como sucede con el euro, hay que reconocer la
influencia que tiene éste para alentar la renuncia de la moneda nacional en
determinados sectores de América Latina. Además, algunos países actuarían
de esta manera por el miedo a quedarse marginados de los cambios
internacionales, pues, al renunciar a sus políticas monetarias y
cambiarias, aspiran a integrarse aceleradamente a una economía más grande
y exitosa, siguiendo la ilusa expectativa de acelerar la “globalización”
(5).
La mezcla de estos factores, a los cuales se sumaría el efecto
“demostración” a partir de los “éxitos” que se puedan registrar en
esta aventura dolarizadora, podrían ampliar y acelerar las renuncias a la
moneda nacional.
En el ámbito internacional, de cualquier manera, no se puede asumir como
que necesariamente se llegará un momento en el cual existan solo unas pocas
monedas. En el actual proceso globalizante o de triadización (6),
a más de las monedas nacionales, que todavía suman varias decenas, se
perfilan -todavía marginalmente- muchas más monedas de origen social o
dineros alternativos
(7).
De suerte que a los procesos de centralización monetaria, sobre bases
supranacionales, se contraponen dialécticamente esquemas descentralizados.
Lo que sí es cierto es que, en medio de estas tendencias globalizantes, se
cuestiona el sistema cambiario internacional como exigencia de las
transformaciones tecnológicas y de la configuración de una nueva división
de trabajo a nivel mundial. Una de cuyas manifestaciones es la polarización
entre los tipos de cambio rígido -caja de conversión o dolarización- (8),
y los tipos de cambio de libre flotación (9),
mientras que los otros regímenes cambiarios de flexibilidad controlada -minidevaluaciones
o bandas cambiarias- han perdido terreno. No obstante, aún cuando parecería
que se impone el sacrificio de las políticas monetarias nacionales en los
países latinoamericanos, sea por la vía de la dolarización espontánea o
por la vía oficial, es prematuro anticipar cuál será el nuevo régimen
cambiario y monetario dominante a nivel mundial como producto de los cambios
en marcha (10).
3.
La dolarización como instrumento
para una integración (norte)americana
En
el caso de los países latinoamericanos, en particular, habría que ubicar
la dolarización dentro de las tendencias integracionistas aceleradas desde
la creación del Área de Libre Comercio -ALCA-, durante la Primera Cumbre
de las Américas en diciembre de 1994.
Con el ALCA, Washington quiere hacer realidad su viejo sueño de expansión
económica y aún monetaria, incubado desde fines del siglo XIX. Recordemos
que el 24 mayo de 1888 el gobierno norteamericano invitó a los países
latinoamericanos y al entonces reino de Hawai para una Conferencia
Internacional en Washington, para estudiar, entre otras cosas, "la
adopción por cada uno de los gobiernos de una moneda común de plata, que
sea de uso forzoso en las transacciones comerciales recíprocas de los
ciudadanos de todos los Estados de América". El uso del oro y la
plata, con relación fija, debía ser consultado con las otras naciones del
globo, en lo que pudo haber sido un Congreso Monetario Universal, tal como
describió José Martí el origen, evolución y fracaso de esta iniciativa.
Desde entonces ha corrido mucha agua por el Potomac. Varios han sido los
intentos hegemónicos de Washington para consolidar esquemas de control del
resto de las economías de América (11).
Todavía con cierta cautela hacia afuera, los EE.UU. alientan un proceso
asimétrico de dolarización plena, pues, al parecer, en Washington habría
el deseo de cristalizar una unión monetaria sin asumir costos y
responsabilidades, lo cual hace de este intento algo único y no asimilable
a la lógica de la unión monetaria en Europa.
La “International Monetary Stability Act” (IMSA)
(12),
impulsada por el senador republicano Connie Mack, sintetiza los principales
argumentos de esta iniciativa:
-
Con el fin de resolver el problema del señoreaje
de los países que dolarizan en forma unilateral, que pierden al
renunciar a su potestad soberana de imprimir billetes, se propone que se
negocie una participación de hasta un 85% con el Departamento del
Tesoro, siempre que éste esté de acuerdo con dicha dolarización y
que, además, el país interesado no tenga posiciones hostiles frente a
los EE.UU. y cumpla con una serie de requisitos (Una nueva forma de
certificación, esta vez de tipo monetario).
-
Aquí
se espera que el país que dolariza coopere con el gobierno
norteamericano en la lucha contra el lavado de dineros ilícitamente
habidos.
-
La
dolarización es vista como una oportunidad para expandir las
exportaciones e inversiones norteamericanas, en la medida que se reduce
el riesgo cambiario al consolidarse una unión monetaria en base al dólar.
-
Por
igual se esperan beneficios adicionales si se recuperan las economías
latinoamericanas, lo cual traería menores riesgos y costos para los
ciudadanos norteamericanos en general (13).
-
Con
esta medida se espera también favorecer a los bancos norteamericanos,
puesto que no solo que entregarían el dinero para dolarizar a los países
que no poseen las suficientes reservas internacionales netas para cubrir
la base monetaria, sino que, además, actuarían de alguna manera como
prestamistas de última instancia, al ofrecer el “colateral”,
contando con la certificación del Departamento del Tesoro.
-
Es
obvio que la reserva Federal no asume compromiso alguno en el caso de
que se presenten problemas en las economías unilateralmente dolarizadas.
De
esta manera, dicho proyecto de ley -aún cuando no ha superado ese nivel de
proyecto- alimenta un ambiente propicio para que cada vez más países opten
por esta decisión. Aunque cabe señalar que en realidad este proyecto es
otra coartada para acelerar la dolarización, pues las posibles ventajas que
ofrece el IMSA al compartir el señoreaje se harían realidad recién 10 años
después de suscrito un convenio con los Estado Unidos. Y, algo más
importante, la pérdida del señoreaje no es definitivamente el único, ni
el principal problema que afronta una economía que se dolariza
unilateralmente.
Con la
incorporación unilateral al ámbito monetario de los EE.UU. se reducen las
posibilidades para negociar una futura integración monetaria simétrica (si
es que ésta fuera una opción a seguir). El país que se dolariza
unilateralmente archiva, sin obtener nada a cambio, parte importante de su
soberanía económica, como lo es la política monetaria y cambiaria (14).
Si bien es cierto que las economías latinoamericanas dependen ya en gran
medida del
mercado norteamericano, con la dolarización, en realidad, se inclinarán
mucho más hacia los EE.UU. Así, una economía dolarizada estará mucho más
vinculada a un ciclo económico diferente al nacional, sin muchas
posibilidades para desarrollar políticas contracíclicas cuando sean
necesarias, por el mismo hecho de haber renunciado a su política monetaria
y cambiaria. Además, las economías regionales no avanzan al mismo ritmo de
innovación y de incremento de la productividad sistémica que el de los EE.UU.
Un asunto preocupante, pues la economía de los países latinoamericanos
difiere de la norteamericana no solo en su tamaño y peso específico en el
contexto mundial, sino sobre todo en su especialización y en la
productividad global de sus factores.
Esta decisión hará mucho más vulnerables y dependientes de la Reserva
Federal de los EE.UU. (FED) a las economías que opten por esta vía, sin
que tengan opción alguna para influir en sus decisiones. ¿Qué pasaría si
los directivos de la FED sucumben a las tentaciones de una mayor emisión
monetaria, tal como ha sucedido en otras ocasiones?
Si
la FED se equivoca, no habrá posibilidad alguna de exigirle alguna rendición
de cuentas, menos todavía desde un país unilateralmente dolarizado. Por
eso quizás es ambigua la posición de Washington frente a la dolarización.
Por un lado comentan que no hay las premisas macroeconómicas básicas en
algunos países, y por otro lado, impulsan al FMI para que ayude a la
instrumentación de esta reforma monetaria;
en el caso ecuatoriano a la duda inicial siguió un creciente respaldo, que
ha estado presente en el caso salvadoreño desde el principio. Con esta
aparente oposición o indiferencia, Washington trataría de no exacerbar el
espíritu antinorteamericano, mientras mantiene intacto o aún acrecienta su
poder de negociación si se llega a la dolarización con alguno de los países
mayores: Brasil, México, Argentina, Chile (15).
Si surte efecto alguna aventura dolarizadora, aunque sea solo en su fase
inicial consumista, sacarán provecho de la misma y si fracasa, no tendrán
porque asumir responsabilidad alguna.
Adicionalmente,
cualquier variación en la política monetaria norteamericana impactará
mucho más en una economía dolarizada que antes, sin que se pueda esperar
alguna consideración para el país dolarizado. Una crisis mayor en los EEUU
tendría efectos demoledores, sin que exista el derecho a una mínima
defensa que podría darse con una devaluación. Aunque cabe señalar que una
crisis financiera internacional o la recesión en los propios EEUU podría
ser un aliciente para que Washington apure los procesos de dolarización,
buscando consolidar su mercado “americano”.
La respuesta de los organismos multilaterales es diversa, pero se ajusta en
cierta medida a la lógica expuesta anteriormente para el gobierno de
Washington, aún cuando estos organismos hacia fuera intentan aparecer como
neutrales. En el FMI y en el Banco Mundial no había una posición oficial,
pero llegado el caso impusieron la dolarización en Timor Oriental (16)
y, como se señaló anteriormente, después de ciertas resistencias
iniciales, apoyan al gobierno ecuatoriano para que con la dolarización
acelere el ajuste estructural. En el BID las contradicciones (¿aparentes?)
han sido mayores.
Al mismo tiempo
la dolarización afecta la posición del país dolarizado frente a los otros
bloques económicos, que configuran una suerte de triadización globalizante.
Esta situación debe ser motivo de especial reflexión en países que no
dependen fundamentalmente de la economía norteamericana y que tienen una
significativa integración económica con Europa o Asia.
Ya se dijo antes, no se puede comparar la dolarización de Ecuador o El
Salvador con el proceso de unidad monetario de Europa (17).
Aquí, luego de un complejo y largo proceso de convergencia de sus políticas
macroeconómicas a partir de criterios de concordancia fiscal, garantizando
en cierta medida la movilidad y flexibilidad de los factores de producción,
se decidió crear y compartir una nueva moneda común. No se resignó el señoreaje.
En el Banco Central Europeo participan con voz y voto los doce bancos
centrales de los Estados que hasta ahora han adoptado el euro: Alemania,
Austria, Bélgica, España, Francia, Finlandia, Grecia, Irlanda, Italia,
Luxemburgo, Países Bajos y Portugal. Fue una decisión democrática, no
impuesta como en Ecuador o en El Salvador; tanto es así que Dinamarca,
Suecia y Reino Unido, en sendas consultas populares, se expresaron en contra
y siguen en la Unión Europea.
Es más, todos los países europeos están representados en el Banco Central
Europeo, con lo cual, al ceder voluntaria y consensuadamente una parte de su
soberanía nacional, ganaron (?) en términos de soberanía regional. Por el
contrario, los países que se dolaricen oficial y unilateralmente no
comparten nada, ni deciden nada, ni ganan nada, pero, eso sí, pueden perder
mucho.
Por otro lado, si un creciente número de países, sobre todo sin preparación
alguna (18),
se suma a este esquema de dolarización, aumentarán las presiones externas
sobre la FED y, en la práctica, hasta podrían disminuir la actual
confianza en el dólar, al tiempo que se limita la capacidad de maniobra de
la política monetaria norteamericana. Este tema hay que considerarlo con
seriedad, pues la economía estadounidense, la más grande y dinámica en la
actualidad (en la cual se tiene fe ciega…), mantiene un elevado y crónico
déficit en su Balanza de Cuenta Corriente, así como la mayor deuda externa
del mundo, sobre un trillón de dólares (PIB: 10 trillones de dólares).
Para la integración latinoamericana, andina, caribeña o a nivel del
Mercosur, la adopción unilateral y sumisa del dólar como moneda nacional
significa un duro golpe. Debilita la posibilidad de una unión horizontal,
desde la cual podría procesarse una unidad monetaria común que permita
mejores términos en una negociación internacional, hasta con los propios
EE.UU.
El país que dolariza unilateralmente tendrá que poner mucha atención en
las relaciones comerciales con sus vecinos inmediatos. Ellos serán
beneficiarios al encontrar una enorme ventaja comercial en la rigidez
cambiaria; un país dolarizado, asumiendo costos en términos de producción
y de empleo, exportaría "su" estabilidad a los vecinos. Una
situación que se registra en las relaciones entre Argentina (19)
y Brasil, país que saca una importante ventaja en su lucha contra la
inflación de la oferta de bienes primarios procedente de su vecino del sur,
el cual, además, ha cedido importantes espacios a favor de los productos
industrializados provenientes de Brasil. Situación que apareció
prematuramente en la relación comercial de Ecuador con Colombia y, en menor
medida, con Perú. La estrategia de una moneda fuerte, como se ha visto en
repetidas ocasiones, ha debilitado velozmente la competitividad del país
que la adopta, una situación que será aún más compleja al asumir con el
dólar una posición supuestamente irreversible.
4.
La
dolarización como palanca para consolidar el Washington Consensus (WC)
Para
promocionar la dolarización se afirma que con ella se daría paso a un
nuevo modelo económico. Se la presenta como un cambio general del quehacer
económico. Sin desconocer que ella es más que un simple cambio monetario,
no hay como aceptar que con la dolarización se inaugura un nuevo modelo
económico. Con la renuncia a la moneda nacional simplemente se quiere
llegar a una fase superior del modelo vigente, inspirado en el WC, o se
quiere enraizarlo. Con
la dolarización no se cambia el rumbo, a lo sumo, se anuncia el capítulo
final de la larga y tortuosa marcha neoliberal (caso ecuatoriano) o con ella
se pretende establecer un ancla para institucionalizar los cambios socioeconómicos
introducidos luego de dolorosos enfrentamientos internos (casos salvadoreño
y guatemalteco). Y lo que es sugerente, su aparición coincide cuando dicho
modelo da claras señales de agotamiento.
En
los países indicados, para llegar a la dolarización se ha recurrido
abiertamente a
la manipulación y hasta al "terrorismo económico" (20).
Y, al tiempo que se introducen los cambios legales para imponer la
dolarización y asegurar las transformaciones que le son indispensables, se
trabaja afanosamente para doblegar la resistencia social, sea con medios
autoritarios y aún represivos, o con políticas sociales clientelares.
En
síntesis, aún cuando la
adopción de la dolarización es producto de la incapacidad de las elites
gobernantes, esta medida es promocionada por las mismas elites como una
innovación y hasta como la única alternativa disponible para estabilizar
la economía.
Como
saldo de estas aventuras dolarizadoras los EE.UU. amplían
su influencia en su “patio trasero”. La
dolarización unilateral asoma como parte de una estrategia no explicitada
por Washington, que se engarza con la creciente militarización de su política
de relaciones exteriores (21).
Una situación crítica si consideramos que las prioridades de dicha
potencia no coinciden con las prioridades de América Latina; realidad que
llevó a que John Maynard Keynes se oponga a la aplicación de un programa
de convertibilidad en Gran Bretaña a mediados de los años 20 en el siglo
XX, puesto que, según él, era "un error creer que a largo plazo los
estadounidenses vayan a administrar sus negocios de acuerdo a las
conveniencias inglesas".
5.
La dolarización y sus rigideces en la gestión macroeconómica
La
razón de ser de la dolarización, desde una perspectiva técnica, radica
fundamentalmente en el ofrecimiento de la estabilidad macroeconómica, que
se conseguiría al desaparecer la emisión monetaria. Expectativa enraizada
en la visión del renombrado profesor neoliberal y Premio Nobel de Economía
Milton Friedman, quien asegura que “la inflación es siempre y en todo
lugar un fenómeno monetario”. Desde esta perspectiva, el Banco Central
sería el causante de todos los problemas, pues su propia existencia sería
una “tragedia”, al decir del economista neoliberal ecuatoriano Franklin
López Buenaño. Eliminada esta debilidad estructural, provocada por la
discrecionalidad de la política monetaria y cambiaria, la recuperación de
la economía, a partir de su estabilización, estaría asegurada, dicen.
Con
este ajuste monetarista se espera garantizar un manejo económico sano, o
sea acorde con la racionalidad del WC, y que se reflejaría en la ansiada
estabilidad de precios, el equilibrio fiscal, la reducción de las tasas de
interés, la eliminación de la especulación y el establecimiento de un
esquema económico que aliente el desarrollo; aspectos que merecen ser
enfocados en forma separada.
¿Es
la estabilidad de precios un sinónimo de estabilidad macroeconómica?
Sin
negar el potencial estabilizador que puede tener un tipo de cambio fijo en
determinadas circunstancias, aquí conviene diferenciar entre estabilidad de
precios y estabilidad real. Si por estabilidad se entiende una evolución de
la economía real que evite o al menos mitigue la sucesión de grandes auges
y caídas, un manejo flexible del tipo de cambio es superior al sistema de
cambio fijo, sobre todo si éste es extremadamente rígido: la dolarización
es su máxima expresión. Con un sistema de tipo de cambio fijo, una entrada
significativa de capitales tiende a aumentar el crédito y la demanda
internos, alentando el consumo, lo cual no necesariamente va en beneficio de
toda la población o en favor del aparato productivo (normalmente frágil),
que deberá competir con crecientes importaciones. La defensa de un tipo de
cambio extremadamente rígido, ante un déficit de cuenta corriente o una
salida de capitales, provocará el alza de las tasas de interés, con el
objeto de contener la fuga de capitales, y la consecuente disminución de la
actividad económica, a fin de reducir las importaciones; al orden del día
estarán las políticas contractivas...
En
el caso de impactos exógenos en países dependientes de pocos bienes
primarios, sobre todo en economías pequeñas abiertas, los ajustes serán
demoledores. Sus repercusiones ya no serán por la vía inflacionaria, pues
los cambios de precios serán mínimos. Serán por el lado de las
cantidades: menores salarios, mayor desempleo, aumento de la capacidad
ociosa o simplemente cierre de aquellas empresas que no logren incrementar
su competitividad. En este punto la flexibilización laboral asume parte de
las funciones de la política cambiaria.
La dolarización asoma, entonces, como una medida extrema, como la que podría
adoptarse en situaciones de hiperinflación, que no han vivido ninguno de
los países que han dolarizado, que además no se encaminaban a ella. En
Guatemala y en El Salvador la economía registra inflaciones bajas. Mientras
que en el caso ecuatoriano, paradigmático en muchos aspectos, en un año de
aplicación de la dolarización, el promedio a anual de la inflación subió
de manera sostenida, de 52% en 1999 al 97% en el 2000, el índice más
elevado de su historia; en el año 2001 la inflación promedio llegó a un
40%; con una inflación mensual anualizada -¡en dólares!- de 22,5% para
diciembre, la más alta de América Latina, casi doce veces la inflación de
los EE.UU… La dolarización, desde esta perspectiva, no fue ni la mejor,
ni era la única opción para enfrentar la inflación. El tan difundido dictum de Friedmann, a todas luces, oculta los motivos socioeconómicos
-endógenos y exógenos- que ocasionan la inflación y en concreto las
razones para el aumento de la emisión monetaria.
Lo que es más grave, la estabilidad de precios no abre la puerta al
desarrollo. Argentina en los últimos, con una inflación de cero y una
profunda recesión ratifica esta aseveración.
¿Asegura
un tipo de cambio irrevocable el equilibrio fiscal?
Para
empezar tengamos presente que, al tiempo que se elimina la política
monetaria y cambiaria, crece la importancia de la política fiscal. Una política
cuyo campo de acción resulta extremadamente limitado, sea por el peso de la
deuda externa, por el monto de las preasignaciones presupuestarias, por las
mismas deficiencias del sistema tributario, por las ineficiencias del propio
aparato estatal o por las incoherencias que generan las condicionalidades
fondomonetaristas.
En una economía
dolarizada, el Presupuesto del Estado consolida su posición como el campo
de confrontación política por excelencia, con lo cual las crecientes
presiones políticas podrán reflejarse en nuevos desajustes. Y su
financiamiento, que ya no contará con el soporte financiero del Banco
Central, deberá garantizarse con mayores tributos y crecientes tarifas de
los servicios públicos; mientras que por el lado del gasto aumentarán las
presiones para eliminar los subsidios y forzar el despido de funcionarios públicos,
así como para reasignar los egresos en función del peso político que
tengan los diversos grupos en la sociedad.
Por otro lado,
ante la pérdida de competitividad, con este esquema monetario de fomento de
las importaciones, podrían darse, en poco tiempo, nuevos estrangulamientos
externos. Así, no será una sorpresa si un país dolarizado, en poco
tiempo, entra en un acelerado y continuado proceso de endeudamiento externo,
gracias a la recuperada “credibilidad” internacional provocada por la
propia dolarización (y por la renegociación de la deuda, sí se encontraba
en situación de moratoria, como acaba de suceder en Ecuador (22).
Argentina
es nuevamente un ejemplo digno de considerar en este punto. Allí, luego de
una primera reducción de su deuda externa a poco de introducida la
convertibilidad, ésta creció de una manera sostenida, incrementándose en
más de tres veces sobre los valores previos a la reforma monetaria, lo cual
ha conducido a reiteradas reprogramaciones de importantes tramos de su deuda
en el año 2001, una suerte de moratoria (default) disfrazada, que desembocó
en una moratoria abierta al finalizar el año.... Y
Panamá, con sus 13 renegociaciones con el FMI, entidad que ha asumido una
función de prestamista de última instancia, es otra muestra de la adicción
al endeudamiento externo propio de este tipo de rigideces cambiarias (23).
Tengamos presente que la misma dolarización a la postre dependerá del
equilibrio fiscal, que no la produce mecánicamente. Sin él, más temprano
que tarde, la propia dolarización no tiene muchas posibilidades de
sobrevivencia debido a que un déficit fiscal provocaría distorsiones en el
sistema y la consiguiente pérdida de credibilidad en el mismo, salvo que se
pueda recurrir continuadamente al endeudamiento externo. La solución, por
lo demás, no se conseguirá con un equilibro fiscal impuesto a raja tabla,
que a la postre terminará por hacer explotar las bases fundamentales del
aparato productivo, como la competitividad, que terminarán por ser
doblemente extranguladas por las rigideces cambiaria y fiscal.
Otro punto que no puede pasar desapercibido tiene que ver con los procesos
de descentralización y autonomía, que serán más conflictivos en una
economía sin prestamista nacional de última instancia, como el Banco
Central. Desde esta perspectiva, el esquema de dolarización complica el
establecimiento de estructuras descentralizadas con una adecuado grado de
solidaridad nacional y aumenta la tendencia concentradora en términos de la
apropiación del ahorro interno por parte de las regiones más ricas y más
integradas al mercado mundial. Esta rigidez monetaria potenciaría, de
facto, las presiones disociativas de la "globalización" y ahondaría
la concentración de la riqueza en los centros más desarrollados de los países
periféricos.
¿Es
la dolarización garantía suficiente para reducir las tasas de interés?
Es indudable que la utilidad potencial de la dolarización radica en la
posibilidad de crear un ambiente de mayor previsibilidad que favorezca el
ahorro a largo plazo, ante la ausencia del riesgo cambiario y también
debido a la aparente irreversibilidad de la dolarización. Sin embargo, con
esta sola medida no desaparece el riesgo país, ni las incertidumbres
devaluatorias frente a terceros países.
Si
por un lado hay que analizar las diferencias de las tasas domésticas con
las internacionales, sobre todo con las de los EE.UU., también hay que
tener presente, mucho más que antes, las enormes brechas en productividad y
tecnología existentes con la economía norteamericana. Para colmo, en
determinadas coyunturas críticas podrían ser necesarias tasas de interés
más altas para atraer aquellos capitales del exterior que son
indispensables para que funcione el esquema dolarizado; en este punto el
sistema financiero será otro elemento indispensable para la viabilidad de
dicho esquema.
Por
otro lado, si alguien considera que en situaciones de crisis se puede
recurrir continuamente a la banca internacional para obtener créditos, debe
saber que los potenciales prestamistas valoran la capacidad de pago, esto es
la posibilidad de servir la deuda externa y que nada tiene que ver con el
esquema cambiario. No todos los países tienen el mismo peso relativo como
la Argentina como para aspirar, en última instancia, a un "blindaje
financiero" destinado a proteger, en definitiva, a los acreedores
internacionales. Y aún esta gran economía llegó al final de lo que parecía
un endeudamiento interminable…
Para
lograr una reducción de las tasas de interés no se precisa esta medida
extrema, que conlleva muchos efectos colaterales poco conocidos y no
deseables. Para conseguir menores niveles de las tasas de interés existen
otras opciones menos perversas; recordemos solamente que Costa Rica, sin
dolarización, ha registrado tasas de interés más bajas que Panamá con
dolarización.
Este
asunto de las tasas de interés, por lo demás, debe ser considerado en un
contexto más amplio antes de creer que con su sola declinación se impulsará
la deseada reactivación productiva.
¿La
ausencia de las devaluaciones elimina la especulación?
Con la
dolarización no habría más presiones especulativas sobre el tipo de
cambio existente entre la moneda nacional y el dólar, pues ya no hay moneda
nacional. Pero de allí a esperar que la especulación en general sea
erradicada, es una equivocación. Esta no es producto exclusivo del manejo
económico de un país aislado y tampoco es causada solamente por los
repetidos vaivenes cambiarios. La especulación se nutre a gran escala en el
mercado financiero internacional, y en muchos países de América Latina y
del mundo empobrecido, como lo vemos a diario, se reproduce en forma de
caricatura. Con la dolarización tampoco desaparecerá el riesgo de corridas
bancarias, tal como se ha registrado en el caso panameño.
Como
si lo anterior fuera poco, con la dolarización se favorece el lavado de
narcodólares, tanto por las facilidades que brinda la renuncia a la moneda
nacional, como por la necesidad de establecer una “integración
financiera” que sea de alguna forma garante de la estabilidad macroeconómica.
Es fácil imaginarse cuáles serán las
repercusiones económicas y hasta políticas en sociedades frágiles,
cuando se registre un mayor ingreso de capitales provenientes de actividades
ilícitas.
Aquí
también cabe una mención sobre el impacto nocivo que tendrán los dólares
falsos (atados muchas veces también al narcotráfico), cuyo volumen crecerá
aún más rápido en las economías que dolaricen en forma atropellada y sin
tomar las adecuadas precauciones. Ecuador, como se sabe, se ha transformado
en un verdadero paraíso de los dólares falsos.
¿Es
la dolarización, en definitiva, la palanca esperada para impulsar el
desarrollo?
Como
se ha visto muchas veces en economías que entraron en esquemas cambiarios rígidos,
lo que se produce, al menos hasta que se logre reducir sustantivamente la
inflación, es un proceso de apreciación relativa de bienes y servicios
nacionales. Lo cual tendrá, como es obvio, un impacto sobre el aparato
productivo del país afectado por la rigidez cambiaria, en la medida que se
producirá una indudable pérdida de competitividad y aumentarán las
dislocaciones en la estructura económica afectada por el ajuste
fondomonetarista (24).
La
pérdida de competitividad relativa de las exportaciones resulta preocupante
en un mundo imperfectamente competitivo, dominado todavía por tasas de
cambio variables. De no existir la suficiente flexibilidad financiera o
laboral el resultado sería más desempleo, menor utilización de la
capacidad instalada y aún una significativa quiebra de empresas. Así, las
exportaciones se verían obligadas a mejorar su competitividad despidiendo
personal o reduciendo los
salarios, así como forzando a cualquier costo la renta de la naturaleza (25).
Para
economías productoras de bienes primarios la vigencia de un tipo de cambio
extremadamente rígido se convierte en un asunto de mucho cuidado (26).
En cualquier caso, un país dolarizado, sin el potencial de respuesta
adecuado, podría sufrir traumáticas repercusiones frente a una devaluación
de sus vecinos. Los productos del país que devalúa se abaratarían, con el
consiguiente encarecimiento de los bienes del país dolarizado: ventaja para
los consumidores del país dolarizado con capacidad de compra, pero grave
deterioro de la competitividad de su aparato productivo nacional. La
devaluación en Brasil en 1999 provocó un terremoto en la economía argentina,
cuyos bienes se encarecieron de tal manera que hasta se llegó a importar
carne brasileña... Y esto, a su vez, podría ocasionar, en consecuencia,
mayores presiones recesivas con un consiguiente alejamiento de los capitales
extranjeros, provocando aún el éxodo masivo de empresas, como ha sucedido
en Argentina.
Como
correlato de lo anterior, los dolarizadores esperan enfrentar el problema
del desempleo con una mayor flexibilización laboral, opción que no
necesariamente trae los frutos esperados. Panamá y Argentina demuestran que
el problema del desempleo no ha sido resuelto, por lo contrario en el
segundo caso el número de desempleados se ha estabilizado a un nivel alto,
nunca antes registrado. Es más, aún en el caso de que aumente el número
de empleos (muchos de los cuales serán de baja calidad), no hay como
esperar un incremento del ingreso real de los trabajadores: en Panamá (país
dolarizado desde hace un siglo y que nunca ha asumido el papel de modelo
económico de América Latina), si bien el ingreso real es estable en términos
de dólares, los salarios de los trabajadores no calificados, que son la
mayoría de la población económicamente activa, se mantienen en niveles de
subsistencia (Moreno-Villalaz).
De
facto, la combinación de tipo de cambio irrevocable y neoliberalismo
ahondará las tendencias concentradoras y excluyentes: basta ver lo que
sucede en Argentina. Además, con los planteamientos flexibilizadores, no
solo que se dificultan acuerdos equitativos entre empleadores y
trabajadores, sino que se ahondará aún más la conflictividad social.
En suma,
sin negar la importancia que tiene la estabilidad cambiaria para alentar la
inversión productiva nacional y extranjera, convendría conocer sus
potencialidades y sus repercusiones, teniendo presente que la inversión no
se mueve exclusivamente en función de las perspectivas devaluatorias. A más
de la estabilidad de la moneda hay otras condiciones importantes como la
rentabilidad de los respectivos negocios, la capacidad de pago del país y aún
su crecimiento, sin olvidar las condiciones de tranquilidad social y de
institucionalidad jurídica.
De
la experiencia panameña podemos concluir, que la construcción de una
amplia “integración financiera” asoma como un requisito indispensable
para evitar sobresaltos macroeconómicos mayores, requisito que no puede ser
improvisado. Esto implica que, muchas veces, los ajustes se harán a través
del portafolio de la banca, como mecanismo clave para el acceso al mercado
de capitales externo, que servirá como válvula de escape en los casos en
que falten o sobren recursos financieros (Moreno-Villalaz). De suerte que el
sistema financiero desnacionalizado e integrado aún más al exterior será
una banda de transmisión de recursos procíclica, sobre la cual debería
recaer gran parte de los ajustes en una economía dolarizada (27).
Todo lo cual redundará en la profundización de estructuras fragmentadas y
fragmentadoras.
Así, como
resultado de la nueva rigidez impuesta por la dolarización
aumentarán las tendencias para profundizar la heterogeneidad
estructural del aparato productivo, pues las mejoras de productividad de
pocos segmentos de la economía, en su mayoría considerados como modernos,
aumentarán con la intensiva importación de modernas tecnologías, muchas
de ellas ahorradoras de mano de obra, en detrimento de los sectores
productivos tradicionales con empleos precarios, de baja calificación y
pobres ingresos. De hecho, esto ya sucede con la introducción del modelo
neoliberal, que ha exacerbado aún más las diferencias de productividades
entre los segmentos moderno y tradicional, un asunto que ahondará las raíces
estructurales del subdesarrollo.
Los
requisitos expuestos por algunos estudiosos para que tenga "éxito"
la dolarización son múltiples: sistema financiero saneado e integrado
internacionalmente, sostenibilidad fiscal y fácil acceso al mercado
crediticio internacional, flexibilidad laboral y mayor disciplina social, así
como una batería de fondos y mecanismos de estabilización, dotados de
reglas adecuadas, para administrar los auges y enfrentar contracíclicamente
las crisis. Estos requisitos, que podrían haberse instrumentado aún con un
tipo de cambio flexible o con una unidad monetaria regional, no garantizan
en realidad la viabilidad de la dolarización, ni de ningún esquema económico,
en tanto se mantenga la institucionalidad dominante en casi todos los países
de la región, caracterizada por su paternalismo, autoritarismo, corrupción
y rentismo depredador de la misma moneda nacional…
A
contrapelo del discurso que favorece la dolarización, la simple introducción
del dólar no garantiza mejores condiciones de crecimiento, de ahorro, de
inversión y tampoco de fundamentos económicos (
6.
A modo de conclusión
La
dolarización, por último, es una decisión artificial y autoritaria que
reduce la capacidad de maniobra de un país. Con ella se elimina la gestión
cambiaria y monetaria en contradicción con lo que sería la fijación de
este importante precio a través del mercado. Se renuncia al control
monetario por parte de un Estado subdesarrollado para subordinarse al
control de un Estado más grande. ¿Será que los dolarizadores no son tan
liberales como dicen ser y que únicamente se refugian en el dólar para
completar o arraigar las reformas estructurales inspiradas por el WC,
cuando, apegados a la esencia de su ideología, más bien deberían apoyar
un sistema de cambios flexible? (29)
Lo que se demuestra, entonces, es que el mercado no está en juego sino
simplemente se está defendiendo es “la actividad privada en sí misma”
(de Sebastián 1999: 54).
A
despecho de la masiva propaganda en pro de la dolarización (30),
con su aplicación, como parte del modelo neoliberal, de hecho, se produciría
una claudicación oficial para impulsar un proyecto de desarrollo, al menos
desde una perspectiva incluyente para la sociedad nacional en su conjunto. Y
esto es grave, puesto que para gobernar en una economía globalizante, si es
que realmente se desea una inserción colectiva de la sociedad en el
contexto internacional, lo menos que se puede hacer es entrampar a un país
con un tipo de cambio rígido. Es preocupante que se recomiende abandonar el
uso de herramientas básicas de la política económica, como la monetaria y
cambiaria, atando aisladamente la economía a un sistema inflexible, que
puede gestar problemas insospechados. Una cosa sería adoptar un esquema
cambiario rígido cuando las principales monedas del mundo operan con un
modelo de cambios fijo; otra completamente distinta es adoptarlo en un mundo
en que las principales monedas fluctúan unas frente a otras.
La
dolarización, lejos de ser un piloto automático o si se quiere una
restricción estimulante como creen ciertos estudiosos (31),
equivale a un nuevo bloqueo, a la amputación voluntaria e innecesaria de un
dedo de la mano, con lo cual la tarea recaería en los otros cuatro, algunos
de los cuales también sufren severas limitaciones. Por ejemplo en el caso
ecuatoriano hay serios problemas en el sistema financiero, que fueron los
que, en definitiva, provocaron la estampida devaluatoria de los años 1998 y
1999 (32).
Es
más, un país dolarizado, con toda la carga de recortes en su soberanía,
prevalecientes hoy día, tendría menos capacidad de reacción y de gestión
(33). Debilitaría aún más su capacidad
para fortalecer y proteger el mercado interno, a la espera que los impulsos
para su desarrollo provengan cada vez más de afuera. Y aunque pueda
resultar paradójico, si se arrincona las políticas orientadas a favorecer
el mercado interno, disminuirá también en forma ostensible el campo para
el diseño y aplicación de una concepción estratégica que permita
participar en forma activa en el mercado mundial. De hecho, el complejo
proceso de reacomodo de la economía que provocará la dolarización ahondará
las tendencias reprimarizadoras y las presiones desindustrializadoras en el
aparato productivo, vigentes desde hace largo rato y que están procesando
un régimen social de acumulación acorde con la nueva división
internacional del trabajo, en la cual unos pocos países poderosos y sus
empresas transnacionales imponen las reglas de juego.
La
conflictividad social, al profundizarse las disputas distributivas e
incrementarse los reclamos de los grupos marginados y perjudicados,
encontrará nuevas expresiones cuando se configure con claridad la alianza
pro-dolarización y los grupos que se la oponen, cuyas composiciones variarán
en la medida que aparezcan las rigideces cambiarias y sociales que provoca
este matrimonio por interés entre la dolarización y el neoliberalismo (34).
A
fin de cuentas, los cambios requeridos para impulsar el desarrollo no surgirán
espontáneamente con la introducción del dólar y tampoco con esquemas de
apertura y liberalización a ultranza. En una economía dolarizada el desafío será
mayor, pues una alternativa de política económica deberá preparar
también la salida de la trampa que implica esta extrema rigidez
cambiaria, cuando las condiciones lo permitan. A viejos retos habrá que ofrecer remozadas respuestas, que sean viables en tanto beneficien a las
mayorías, con la participación activa de las propias mayorías
y en esquemas de mayor integración regional a nivel horizontal. Es tiempo, pues, de proponer respuestas que tengan en su mira la
superación del modelo neoliberal para al menos "civilizar la bestia:
el 'capitalismo'", en palabras de Günther Grass; respuestas que
ofrezcan renovadas opciones de política macroeconómica (35).
El asunto, visto desde una perspectiva integral del desarrollo, no se
reduce, entonces, a una simple resolución del tema monetario y cambiario. Dolarizar o no dolarizar, esa no es la cuestión.
1)
Ecuatoriano.
Economista, Universidad de Colonia, Alemania. Miembro del Foro Ecuador
Alternativo. Profesor universitario. Consultor Internacional y del Instituto
Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ILDIS-FES) en Ecuador. Asesor
de organizaciones indígenas y sociales. Dirección electrónica: alacosta@hoy.net
y alacosta48@yahoo.com Una
versión anterior de este artículo, con el título “El falso dilema de la
dolarización”, fue publicado en la revista Nueva Sociedad Nº 172,
Caracas, marzo-abril del 2001 y una versión resumida fue presentada en el
Seminario “Régulation du système international: quelle place pour le
FMI”, en la Asamblea Nacional Francesa, París, 22 y 23 de junio del 2001.
2)
El
dólar circula como moneda oficial en algunos territorios y colonias como
Guam, Islas Marshall, Islas Marianas, Micronesia, Palau, Samoa, Islas Vírgenes
e Islas Turks y Caicos. Otros pocos países y territorios, en diversas
partes de mundo, utilizan otras monedas como el dólar australiano (Kiribati,
Nauru, Tuvalu, Isla Norfolk, e Islas Cocos), el dólar neocelandés (Islas
Cook, Niue y Tokelau), la libra esterlina (Santa Elena), la lira turca
(norte de Chipre), o la corona danesa (Groenlandia).
3)
Su
independencia de Colombia estuvo relacionada directamente con el interés
norteamericano por asumir el control del canal interoceánico y en ese
contexto surgió como país con su economía dolarizada desde 1904.
4)
Este
país todavía no ha dolarizado oficialmente su economía, pero hay la
decisión gubernamental de moverse hacia allá.
5)
A
más de ver a la "globalización" como una opción ineludible, se
asume como que no hay alternativas en política económica. Hacer lo que la
teoría neoliberal plantea o quedar excluidos de la "globalización"
es un falso dilema, en la medida que -como demuestra Oscar Ugarteche- América
Latina, al menos fracciones mayoritarias de sus sociedades, están excluidas
casi estructuralmente de la "globalización".
6)
Los tres ejes de
poder mundial que se perfilan en la actualidad son los EE.UU., la Unión
Europea, así como Japón y China, con mayores posibilidades de que este último
país asuma el liderazgo asiático en poco tiempo. Estructura que podría
sufrir cambios como consecuencia de los ataques terroristas de septiembre
del 2001 y sus secuelas políticas, así como económicas.
7)
La reflexión sobre
de estas opciones monetarias, muchas de las cuales se inspiran en el
pensamiento de Silvio Gesell (1862-1930), han cobrado una inusitada fuerza
en plena "globalización" (Ver Schuldt 1997). Bastaría con
recordar la reciente emisión de "patacones" en la Argentina para
ratificar la importancia de este tipo de monedas alternativas.
8)
Aquí podemos
mencionar la convertibilidad en Hong Kong (1983), Argentina (1991), Estonia
(1992), Lituania (1994), Bulgaria (1997) y Bosnia (1998); así como la
dolarización en Timor Oriental (2000) y en los tres países
latinoamericanos mencionados: Ecuador (2000), El Salvador (2001) y Guatemala
(2001), a los cuales se suma Panamá (1904); recordemos que en Ecuador falló
en 1997 un intento por introducir la convertibilidad. Más allá de las
similitudes macroeconómicas y de las diferencias entre la convertibilidad o
caja de conversión y la dolarización, que
permiten comprender a la convertibilidad como una "dolarización minus",
hay que señalar que entre los mismos esquemas dolarizados hay distintas
características; para citar apenas un ejemplo, en Panamá no existe un
instituto emisor, mientras que en Ecuador el Banco Central no fue eliminado
y, es más, conjuntamente con el Ministerio de Economía, mantiene aún una
cierta capacidad como prestamista de última instancia.
9)
El tipo de cambio
libre rige en países como Brasil, Chile y México, que han logrado superar
de mejor manera los recientes choques externos que otros países con tipo de
cambio fijo, como la Argentina. Hay que anotar que en estos últimos años
países como México (1994-95), Tailandia (1997), Rusia (1998), Brasil
(1999), Chile (1999), Colombia (1999) y Turquía (2001) abandonaron regímenes
de rigidez cambiaria y se movieron a sistemas flexibles.
10)
Con el fin de
asegurar un tipo de cambio fijo y la libre movilidad de capitales, dentro de
las limitaciones derivadas del trilema macroeconómico, algunas economías
han sacrificado su política monetaria. De acuerdo al conocido trilema
macroeconómico, especialmente en economías abiertas y pequeñas, solo
pueden ir juntas dos de las tres siguientes variables: (1) libre movilidad
de capitales, (2) tipo de cambio fijo y (3) política monetaria
independiente, lo cual nos da las siguientes combinaciones: (1) + (2)
sacrifica la política monetaria: patrón oro (1870-1930/32) y
“globalización” (?); (2) + (3) sacrifica la libre movilidad de
capitales: Bretton Woods (1945-1971); (1) + (3) sacrifica el control del
tipo de cambio: regímenes vigentes de tipo de cambio libre (1971 - …). En
un mundo globalizante, en el cual juegan un papel preponderante las
transformaciones tecnológicas, hay que tener conciencia del potencial que
existe para el desarrollo de dineros electrónicos, que podrían transformar
aún más rápidamente el sistema monetario internacional, en el cual
actualmente se impone más el caos monetario que la tan prometida
autoregulación del mercado.
11)
Intentos
que no tienen a la moneda como su único eje, pues el poder norteamericano
se deriva no solo del dólar como moneda de uso internacional, tampoco basta
su potencial económico, sino que su poderío se basa en el poder militar y
político, así como en el cultural: el inglés como lengua franca es otro
elemento de su fortaleza.
12)
Joint
Economic Committee Staff Report (Office of the Chairman, Senator Connie Mack);
“Dollarization: A Guide to the International Monetary Stability Act”,
march 2000 (www.senate.gov/jec/dollaract.htm).
13)
En este punto
dejamos señalada la necesidad de analizar las diferentes posiciones que
tendrán los diversos sectores de la sociedad norteamericana, pues una podría
ser la posición prodolarización de determinados inversionistas, en
especial de las grandes empresas, y otra la de los sindicatos, por ejemplo.
14)
Curiosamente este
asunto preocupa a Milton Friedman, quien, en una entrevista en la revista
Forbes (3.5.1999), dijo que “la moneda es un símbolo muy importante de la
soberanía. Y a mí me parece que una nación, si quiere seguir siendo nación,
necesita tantos símbolos de soberanía como sea posible”.
15)
Estos
países estarían entre los candidatos "preparados" para
dolarizarse. Sobre los prerequisitos para la dolarización hay también una
controversia aparte, en tanto un grupo de tratadistas (Guillermo Calvo y
Ricardo Hausmann, por ejemplo) considera indispensable la introducción
previa de una serie de reformas, mientras que otro grupo no da importancia a
este asunto (Kurt Schuler y Robert Barro, para citar otros dos), pues creen
que las reformas necesarias se implantarían en forma automática con la
dolarización.
16)
En
este país, en pleno proceso de conformación de su Estado independiente,
luego de su liberación de Indonesia, el FMI presionó para que se adopte el
dólar como moneda de uso corriente.
17)
El
Tratado constitutivo de la Comunidad Europea contempló desde hace rato la
Unión Económica y Monetaria, ya el 5 de agosto de 1955 se suscribió el
Convenio Monetario Europeo. La primera fase práctica se inició en julio de
1990 y finalizó el 31 de diciembre de 1993, con la eliminación de los obstáculos
que se oponían a la libre circulación de capitales dentro de la Unión. La
segunda fase, que comenzó el 1 de enero de 1994, tenía como objetivos
crear el Instituto Monetario Europeo, predecesor del Banco Central Europeo y
evitar los desequilibrios fiscales excesivos. La tercera fase comenzó
el 1 de enero de 1999, con la transferencia de las competencias monetarias
nacionales al Eurosistema y la introducción del euro. Y desde el 1 de enero
del 2002, con la circulación oficial de los primeros billetes y las
primeras monedas, se completó la fase culminante de un proceso largamente
preparado, no exento de complicaciones y riesgos.
18)
El
Ecuador es el mejor ejemplo de la improvisación. Su experiencia, no hay
duda, ofrece una magnífica oportunidad para escribir un manual de cómo no
se debería dolarizar... Allí, como afirmó el economista brasileño Paulo
Nogueira Batista jr., "un gobierno de quinta categoría acaba de
anunciar la intención, de cometer suicidio monetario y dolarizar la economía
del país. Incapaz de enfrentar una seria crisis económica y amenazado de
destitución, el presidente ecuatoriano, Jamil Mahuad, que visiblemente no
tiene capacidad ni siquiera para ser el síndico de un edificio o presidente
de una asociación de barrio, se desesperó y optó por humillar a su país,
desistiendo de uno de los elementos centrales de soberanía"
("Suicidio monetario del Ecuador", Fohla de Sao Paulo, 13.1.2000).
Este
país llegó a la dolarización como resultado de una crisis compleja, en la
cual jugó un papel demoledor el interminable ajuste fondomonetarista y la
incapacidad de sus dirigentes políticos y económicos.
19)
Este
país logró vencer la hiperinflación gracias a la caja de conversión,
pero quedó entrampado sin capacidad para dar respuestas a los problemas de
su subdesarrollo, que se han agudizado en los últimos años, en tanto la
convertibilidad se transformó en el eje del modelo neoliberal, esto es
"un modo global de conducción de la economía" (Calcagno y
Calcagno). Y ahora se debate en medio de una hiperrecesión que ha terminado
por afectar la propia institucionalidad democrática.
20)
En
Ecuador se justificó la dolarización como vacuna para enfrentar una
inexistente hiperinflación, cuya proximidad, además, no era real al no
existir aquellas condiciones económicas y sociales que han desatado
normalmente los procesos hiperinflacionarios (ver Schuldt y Acosta 2000).
21)
Para
muestra basta el Plan Colombia y su creciente regionalización. En el caso
ecuatoriano la dolarización vino acompañada con el establecimiento de una
base militar norteamericana en Manta, la única existente en América del
Sur; una situación que se repite en El Salvador en el aeropuerto de
Comalapa y que podría darse en Guatemala en el Petén, en la frontera con
Chiapas. Esta política militar se sostiene con el argumento común (mejor
sería decir con el alibí) de luchar contra el narcotráfico y que encontró
en el "terrorismo", desde septiembre del 2001, una nueva razón de
ser...
22)
En
Ecuador se preparó el terreno con una renegociación atropellada y poca
beneficiosa de los Bonos Brady y los Eurobonos, transformados en Bonos
Global, así como de las deudas en mora dentro del Club de París. La
insostenibilidad del reciente arreglo de la deuda externa ecuatoriana (Ver
Marconi 2001) larva ya nuevas complicaciones, que se intentará reducirlas vía
privatizaciones.
23)
Este
país, durante las últimas décadas, ha recurrido más veces al FMI que
otras economías que han atravesado por severas crisis como Haití, Jamaica,
Argentina, Perú y Ecuador.
24)
Jorge Gallardo, uno
de los ministros de Economía del régimen dolarizador de Gustavo Noboa,
sucesor de Mahuad, cuando aún no era miembro del gobierno, en 1999, poco
antes de que se adopte la dolarización, anticipó lo que sucedería como
resultado de la rigidez cambiaria provocada por la convertibilidad o la
dolarización, que “transformaría la economía ecuatoriana en una economía
de alto riesgo, ya que estaría expuesta a choques externos sobre los cuales
no podría responder de manera independiente. Además, se introduciría un
sesgo antiexportador similar al que prevaleció durante la era de la
sustitución de importaciones, afectando al dinamismo del sector exportador
privado”.
25)
La opción oficial
de futuro en el Ecuador dolarizado se centra en el incremento masivo de la
producción y exportación de petróleo, una clara demostración de que lo
está en marcha es un esquema reprimarizado, una suerte de avance hacia el
pasado…
26)
La dolarización no
resulta nada recomendable al menos para países cuyas exportaciones son
extremadamente fluctuantes, como sucede con los países exportadores de petróleo.
Esa es la conclusión a la que llega un defensor de la dolarización como
Juan Luis Moreno-Villalaz, panameño, uno de los consultores internacionales
del gobierno ecuatoriano para aplicar la dolarización, quien afirma que las
“condiciones ideales para una eficiente dolarización son: (1) una
importante proporción de las exportaciones en la moneda de reserva (lo que
minimiza la necesidad de variaciones en la tasa de cambio real), y (2) que
los ingresos de exportaciones sean estables y diversificados, lo que
refuerza la estabilidad económica y que evita que haya cambios abruptos del
tipo de cambio real. Muchos países cumplen estas condiciones, con la
excepción de países con una alta proporción de exportaciones de petróleo”.
Este asesor económico del Ministerio de Economía y Finanzas de Panamá señala,
además, que “un régimen de cambio flexible es más conveniente para países
con grandes fluctuaciones de sus ingresos de exportación, o regiones muy
grandes, o donde una unión monetaria no es factible.”
27)
Por cierto que las
consecuencias de un choque externo dependerán de varios factores: duración
de la crisis, posibilidades de contratar nueva deuda externa, disponibilidad
de reservas financieras para enfrentar este tipo de eventualidades,
capacidad de reacción del aparato productivo, entre otros.
28)
Con
la dolarización se ofreció "una baja inmediata de las tasas de interés,
de la inflación y la entrada de capitales foráneos, dando paso a la
reactivación inmediata de los sectores productivos" (Foro Económico,
El Universo, 7.1.2000). ¿Cayó inmediatamente la inflación? No. En
promedio anual, ésta pasó de 52% en 1999 a 97% en el 2000, antes de
declinar lentamente a un 40% en el 2001; alcanzando en diciembre pasado un
22,5% ¡en dólares¡, la inflación más alta de América Latina, casi diez
veces el nivel inflacionario de los EEUU. Ni la relativa calma conseguida
por la ausencia de la devaluación se refleja en una sustantiva caída de
las tasas de interés en dólares, que superan el 20% y aún el 80% para
compras a plazos en establecimientos comerciales privados… ¿Se reactivó
de inmediato el aparato productivo? Tampoco. En el 2000, luego del bajón en
1999, la economía apenas frenó su caída. Y recién convalece en el 2001.
Las estimaciones hablan de 5,2%, sin que con esto el PIB alcance el nivel de
1998. Lo que interesa averiguar es de dónde salieron los dólares para esta
recuperación por lo demás desequilibrada. En el 2001 la economía se
apuntaló con las remesas de los emigrantes, con más de 1.450 millones de dólares
(superiores a las inversiones petroleras), y con las inversiones del nuevo
oleoducto, así como con los ingresos generados por las ventas de petróleo
en el mercado mundial hasta antes de los atentados terroristas del 11 de
septiembre, que provocaron una drástica caída del precio del crudo. Ya en
el 2000 las remesas de los emigrantes por 1.330 millones de dólares,
superiores a las exportaciones sumadas de banano, camarón, café, cacao y
atún (equivalentes al 20% del consumo nacional), habían salvado la
dolarización, al igual que los altos precios del crudo, que produjeron
ingresos mayores en 600 millones de dólares a los presupuestados. Y en
ambos años debe haber ingresado una cuantía importante de narcodólares y
dólares falsos, que
han inundado la economía ecuatoriana;
en estos dos casos sí apoyados por la dolarización. Ya casa dentro,
el consumo también se ha nutrido del descongelamiento de los depósitos
bancarios, pues muchos de los clientes de los bancos, atemorizados por la
experiencia del feriado bancario y el congelamiento de sus depósitos en
marzo de 1999, prefieren destinar esos recursos liberados al consumo de
bienes o a la construcción; sector que ha experimentado un crecimiento
importante, alentado también por el bono de la vivienda.
Este convalecimiento de la economía ecuatoriana ha venido acompañado
con una reducción de los índices de desempleo y subempleo, pero no por
efecto de un incremento de la actividad productiva que pudiera haber creado
nuevos puestos de trabajo, sino por la corriente indetenible de emigrantes. Casi
el 80% de la población económicamente activa está en situaciones
laborales precarias o desempleada: el subempleo afecta cerca de un 60% de la
PEA, el desempleo abierto a un 9% y más de un 10% se encuentra fuera del país
en calidad de emigrante. El salario básico unificado, con 128,8 dólares
mensuales, cubre menos de un 42% de la canasta básica familiar (para cuatro
miembros), que bordea los 310 dólares. No sorprende, entonces, que al
inicio del 2001, más del 45% de la población adulta ansíe fervientemente
salir de esta economía dolarizada.
En este punto, sin embargo, preocupa aún más que las exportaciones no
petroleras en el año 2000 hayan caído en -16,3% y que las exportaciones
totales hayan declinado en -8% en el 2001, mientras que las importaciones
crecieron en +61,8% en el 2000 y en +45% en el año 2001.
En
suma, el Ecuador, atrapado en la trampa cambiaria, ya enfrenta un déficit
comercial, mientras consolida un modelo aperturista que fomenta aún más
las importaciones.
29)
Uno
de los mayores exponentes del neoliberalismo, Friedrich von Hayek fue
partidario del “movimiento del dinero libre”, que encargaría a la
empresa privada la emisión del dinero sin la intervención del Estado. El
propio Milton Friedman se ha pronunciado en contra de
la dolarización, así como otros economistas de renombre: Amartya Sen,
Joseph Stiglitz, Jürgen Schuldt, Paul Krugman, Sebastián Edwards, Jeffrey
Sachs, Felipe Larraín, entre otros.
30)
Entre sus
principales promotores podemos mencionar a Kurt Schuler, Guillermo Calvo,
Ricardo Hausmann, Rudiger Dornbusch, Robert Barro.
31)
Ver por ejemplo los
criterios del politólogo ecuatoriano Julio Echeverría (2001).
32)
El
esquema dolarizador ecuatoriano, incluso para cuando la inflación descienda
a un solo dígito, no podrá garantizar un crecimiento económico sostenido
y una expansión sustantiva del empleo. El actual "modelo" sólo
podrá sobrevivir mientras se garantice el ingreso abundante de recursos
externos provenientes de exportaciones primarias, particularmente
petroleras, crecientes remisiones de ecuatorianos que viven el extranjero o
si se logra mendigar el financiamiento externo necesario para mantenerlo en
vida, a través de una mayor deuda externa, a más de los coyunturales
ingresos provocados por las privatizaciones y la inversión extranjera
directa (que en el caso ecuatoriano no tendrán una trascendencia mayor).
Con esto se profundizará el esquema primario-exportador de acumulación y
se profundizará la eterna genuflexión frente a los mercados foráneos.
33)
Recordemos
las presiones financieras que sufrió Panamá por parte de Washington para
derrocar al gobierno del general Manuel Antonio Noriega a fines de los años
ochenta, gobierno que no tenía un prestamista nacional de última instancia
para respaldarse.
34)
Una
aproximación sobre potenciales perdedores y ganadores de la dolarización
debería darse a través de un análisis detenido para cada caso,
procurando, particularmente, diferenciar a aquellos segmentos que puedan dar
un salto cualitativo en términos de competitividad de los que no podrán,
pues, como es obvio, ésta se construye pausada y sacrificadamente, no se
improvisa. Se puede asegurar que el grueso de las ventajas recaerá en el ámbito
de los servicios, en especial el financiero y en algunos servicios públicos
privatizados, con un marcado desmedro de muchas actividades productivas. Y
en este campo la selección técnica de los factores de producción
disponibles (racional en el corto plazo) profundizará las tendencias
reprimarizadoras que se sustentan en la generosa renta de la naturaleza y en
la sobreexplotación de una mano de obra barata y desechable.
35)
Vale
la pena dejar constancia que una salida ordenada de la dolarización (o de
la convertibilidad) no reviste mayores complicaciones técnicas, pues su
viabilidad depende de las decisiones políticas a ser ejecutadas con
responsabilidad, viables cuando la sociedad comprenda el significado de la
trampa que representa la rigidez cambiaria y el dogmatismo neoliberal. La
experiencia argentina demuestra, además, que es importante preparar
oportunamente una salida ordenada de esta trampa cambiaria, antes de que la
misma termine por estallar con condiciones impredecibles.
Bibliografía:
Acosta,
Alberto; “Dolarización y endeudamiento externo: ¿Un matrimonio por interés?”,
en Marconi R., Salvador (editor); “Macroeconomía y economía política en
dolarización”, ILDIS-FES, Universidad Andina Simón Bolívar y Abya-Yala,
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Enero
14 , 2002
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