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Humberto
Maturana (2), el destacado biólogo Chileno que ha
realizado diversas investigaciones en el ámbito de las ciencias cognitivas -
extendiendo sus conclusiones al área de las Ciencias Sociales - sostiene que
en el hacer político se puede observar un comportamiento de suyo engañoso.
Éste fenómeno se produciría porque los políticos, al postular sus programas
de gobierno, o al exponer ideas sobre cómo debieran construirse nuestra
sociedad, creen (de buena e ingenua fe en el mejor de los casos), que actúan
desde “el plano netamente racional”, cuando en verdad, están operando desde
su emocionar. Aun más, desde un emocionar íntimamente ligado al estado de
embriaguez anticipada que produciría la posibilidad de adquirir, ejercer,
estar en el poder.
Por otra parte,
cuando nos movemos en el plano político, hacemos preferentemente,
(y muy
preferentemente), distinciones que pertenecen a la esfera del valor, la ética,
lo moral, hecho que agrega subjetividad a nuestro ya subjetivo estar en el
mundo.
Cómo mantenerse
consciente del hecho que ideas y opiniones, son precisamente eso, ideas y
opiniones, sistemas de creencia que se validan en nosotros, es decir, desde
nuestra experiencia y circunstancias de vida particulares, psicológicas,
culturales, sociales, ¡Tantas formas de decirlo, y siempre el riesgo de la
ausencia de sentido!. En todo caso, siempre es más fácil decir lo que
no son nuestros mapas de mundo y sus contenidos: no son verdades objetivas que
existen con independencia del “observador”. ¿Qué quién es el
observador?, nosotros, el yo entero, el que entra en un darse cuenta
particular, y es impresionado, alterado (en el mejor sentido:
llamado a vivir el mundo) por dicho darse
cuenta. ¿Qué dónde está ubicado el observador en relación al fenómeno que
observa? En el mismísimo fenómeno, ya que la lectura que él hace del fenómeno
en cuestión, lo crea, lo genera, en un acto de apropiación de “lo que está
allí”, del cual el observador, casi nunca-nunca, es conciente.
Atrapado
como estamos todos, y por tanto, también el Doctor Maturana en esta suerte de
Casa de los Espejos (valió la pena leer a Borges) los teóricos de la
Escuela de Santiago nos dicen que en la vida podemos operar desde dos
paradigmas fundamentales diferentes: a) desde la objetividad sin paréntesis, y,
b) desde la objetividad con paréntesis.
En este juego
semántico, una disquisición más de las muchas que nos regala el habla para que
juguemos a entender lo que escapa al entendimiento, el camino de la
objetividad sin paréntesis sería aquel en que nos relacionamos con el mundo y
con los demás, como si la realidad
existiera con independencia de nosotros, los sujetos
cognoscentes, y por lo tanto, al conocerla, realmente creemos develarla con
nuestro intelecto, de manera objetiva e inequívoca, lo que nos lleva a pensar
que aquello que sabemos es “lo verdadero”, es decir, que posee una cualidad de
veracidad en sí mismo, con independencia de nosotros.
Si volvemos al
tipo de sujeto que inauguró estas reflexiones, la clase de los políticos,
podríamos ejemplificar suponiendo (una hipótesis es una hipótesis, es una…,
también es bueno haber leído a F. Perls) que quien detenta el poder se
confunde, se distancia, aumenta la brecha perceptual. El poder es el espejo
en el que el discurso propio rebota y se nos devuelve para apoyar nuestro
“sistema de decodificación”. Conjeturo, más bien levanto desde el discurso de
nuestros políticos, que lo que resuena en el espacio en el que actualizan su
quehacer, dice más o menos así: - “Esto es así, siempre ha sido así, nos guste
o no/ es lo que espera la gente/ es lo que quiere la gente/ es lo más que se
puede hacer por la gente/ porque la gente no entiende otras cosas/ espera
demasiado y hace poco/ espera y espera, y se aprovecha/ además, hacemos lo que
podemos/ y quizá algunos necesitan aún más refuerzos, y la voz recursiva
continúa: ¿Sí o no?, Se hace lo que se puede, y merecemos respeto, merecemos el
poder porque nos ha sido otorgado por la gente, y, además…”
Pero, el
imaginario imaginado de un señor de la política es muy largo y me atrevo a
decir que bastante tedioso. Y, si podemos imaginar el imaginario de un
político es porque éste se les cuela en el discurso. Y escuchamos en mi país,
Chile, en el noticiero televisivo, nada menos que a la máxima autoridad,
haciendo alguna referencia a quien fuera su brazo derecho, hoy en apuros. Y
la loca urdiembre de dendritas y axones del lado diestro del cerebro perpetró
la loca analogía, y Pilatos se presentó con blanca túnica. Dios mío, ¡quién se
atreve a ser responsable de los desvaríos del hemisferio derecho!
En
otra geografía, Venezuela se desangra (y aplique toda la polisemia de que sea
capaz a la afirmación “se desangra”), y toda la irracionalidad
del poder, del poder establecido y del poder opositor se derrama en la caótica
secuencia de hechos, en la ciega trayectoria de los peones de la verdad, todos
premunidos con sus creencias como baluartes, todos sumergidos en sus escuálidas
certezas, puntuando hechos de manera errática (también es bueno haber leído a
Watzlawick)
Los
neurocientistas afirman que nosotros no nos hacemos responsables de nuestras
opiniones, porque sentimos que no dependen de nosotros. Es más, desde
este camino de la objetividad sin paréntesis, dicen, nos podemos explicar la
intolerancia, el racismo, la xenofobia, la violencia en general de grupos de
personas que convencidas de poseer la Verdad, visualizan al otro que “dice otro
mundo” como un peligro: gente que está equivocada. Gente que amenaza “su
modelo de sociedad”.
Por otra parte –
este marco de referencia- dice que, desde el camino de la objetividad entre
paréntesis u (objetividad), uno tiene conciencia de que nuestro conocer
acontece dentro del campo de nuestras limitaciones biológicas, culturales y
sociales. Reconocer la imposibilidad de conocer el mundo tal cual es y
percibir un panorama acabado y objetivo de aquello que conozco, con toda su
complejidad y riqueza, es ¿o me equivoco? El mejor antídoto contra la
tentación de “empoderarse” del mundo, de los otros. Digamos que de lo que
estamos hablando es de hacernos responsables de nuestras ideas, creencias y
conductas, ya que lo que digo y hago, es aquellos que yo creo que es correcto
desde mi experiencia, pero no por eso creo que quienes disienten de mí, están
en el error y la oscuridad absoluta. Es decir, si nuestros (o sus) políticos
actuaran así, otro presente nos cantaría.
Fue mientras estas
reflexiones se urdían a su antojo en mi cabeza, que el último
publicitario de OMO (un detergente) apareció en pantalla de la televisión para
bajarle el tono a mi alegato interno a favor de la lealtad, la ética, la
autorresponsabilidad y otros asuntos, y me dejé conquistar por el que considero
el mayor acierto publicitario y, en general, la mejor frase de lo que va del
2003, que dice:–“ y aquí estoy yo, todo vestido de blanco, ¡y bien bonito que
me veo!” - En donde blanco, claro, es nuevamente una metáfora, y así….
1. María Eugenia
Fontecilla Camps es optimista, pese a todo.
Ph.D. en Ciencias y
Artes de la Comunicación, Inglaterra. Semióloga, Investigadora y Catedrática
Universitaria en Chile. Asesora organizaciones Educación, Empresas.
2. Maturana y
Varela, “El Árbol del Conocimiento”, Editorial Universitaria, Santiago, Chile,
1995
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Enero 12, 2002
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